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¿De verdad hay que aprenderse las reglas sintácticas?

Shutterstock / Giordano Aita

En estos tiempos en los que, quien más y quien menos, todo el mundo se permite hablar de la ciencia y sus avances, llama la atención la crítica que se dirige hacia ciertos sectores profesionales conectados de manera muy directa con la ciencia, como son los médicos y los profesores, cuando incorporan avances científicos.

Hay algunos ejemplos clarísimos que a todos nos resultarán cercanos: el pescado azul, con sus abundantes grasas, era un alimento muy poco recomendado por los médicos hace solo unas décadas. Los avances en el campo de la nutrición han mostrado que algunas de esas grasas, como el omega-3, contribuyen a disminuir los niveles del LDL (para los profanos en la materia como nosotras, el colesterol malo) y aumentan los de HDL (colesterol bueno).

Todavía se escucha, no obstante, aquello de que “pues a mi abuela no le dejaban comer pescado azul, esto son cosas de la moda”. Y con estas palabras, la recomendación del médico de cabecera se pone en entredicho.

Algo parecido pasa en las aulas, de manera más frecuente en las disciplinas de la rama científica, pero también en disciplinas humanísticas, como la Lengua, según vamos a mostrar.

¿Plutón es un planeta?

Entre las primeras, quién no ha tenido la oportunidad de mofarse con aquello de si Plutón es o no un planeta. Lo fue durante décadas, de 1930 –cuando fue descubierto– hasta 2006; en ese año, la IAU modificó la definición de planeta, de modo que un planeta ha de ser un cuerpo celeste redondo o casi redondo que orbite alrededor del Sol y, atención, que despeje su entorno alrededor de su órbita; el asunto era que Plutón no despeja su entorno porque su órbita se superpone con Neptuno.

Así, los libros de texto tuvieron que modificarse para eliminar a Plutón de sus listas (las razones eran lo de menos, al parecer). Pero, para volvernos a todos un poco más locos, a los astrofísicos se les ocurrió seguir investigando y encontrar otros planetas, como Eris, más grande incluso que Plutón, lo que abrió de nuevo el debate, de modo que ahora mismo los ciudadanos de a pie no sabemos si Plutón es o no es planeta.

¡Con la ciencia hemos topado! Y con los padres y madres, que repetimos aquello de “pues cuando yo lo estudiaba no era así”, como si este fuera un argumento de peso para demostrar cómo es la realidad y barrer de un plumazo los avances de la ciencia que el profesorado de secundaria y bachillerato deben transmitir.

La Lingüística es una ciencia

Algo parecido sucede en Lingüística, disciplina que alcanza la categoría de ciencia a principios del siglo XX y cuyos estudios avanzan de manera vertiginosa. Todos los que estudiamos secundaria hace, al menos, 30 años repetimos hasta la saciedad que la lengua es un instrumento de comunicación cuyas reglas (las sintácticas) había que aprender para poder expresarnos mejor.

En esta tesitura estudiamos los verbos, los nombres, los adjetivos, las preposiciones (que, como Plutón, van cambiando cada poco tiempo), los pronombres y los determinantes. Estos últimos tenían multitud de clases: artículos, demostrativos, posesivos, indefinidos y, ¡atención!, numerales; y los numerales se clasificaban en dos tipos: cardinales y ordinales. Es probable que todo aquel que esté leyendo este artículo se sienta cómodo con esta clasificación, ¿para qué cambiarla?

Sin embargo, ahora sabemos que la lengua no es solamente algo que utilizamos para comunicarnos, sino que es un objeto interno a la mente humana. Nacemos con una facultad, la facultad del lenguaje, que nos hace humanos (homo loquens). Esta facultad nos permite adquirir una lengua en la infancia.

La lengua, por tanto, no es un objeto externo a la mente humana, sino interno; y no tenemos que “aprender” las reglas sintácticas porque las adquirimos de modo inconsciente gracias a la facultad del lenguaje. Esto modifica de manera radical la perspectiva con la que ha de ser estudiada la lengua desde un punto de vista científico, similar al que se adopta para estudiar otros objetos del mundo natural.

Entendemos ahora que el estudio de la lengua es en último término el estudio de la mente humana y que el estudiante no ha de aprender y memorizar unas reglas externas, sino conocer cuáles son las características de los diferentes elementos que conforman su lengua para poder reflexionar sobre ellas y extraer conclusiones válidas; como en cualquier otra ciencia, vaya.

Y volvamos sobre los determinantes (sobre los numerales, en particular), que nos sirven como ejemplo (aunque hay otros muchos). Cuando los gramáticos han estudiado las características de los determinantes, han observado que estos preceden al nombre y restringen su extensión fijando su referencia o su cantidad.

Esta característica permite a los determinantes legitimar sujetos antepuestos, esto es, lo que hacen los determinantes es permitir que un nombre aparezca en la posición de sujeto preverbal (Niños tienen hambre es agramatical vs. Los/Dos niños tienen hambre, que es una oración bien formada).

Por tanto, cualquier elemento lingüístico que haga esto debe ser clasificado como determinante y debemos excluir de esta lista (como le pasó al pobre Plutón con los planetas) a aquellos que no lo hagan.

Ilustremos este comportamiento: parece que casi todos los determinantes “tradicionales” legitiman sujetos preverbales. Comparen el grado de gramaticalidad de Los niños sonreían encantados, Algunos niños sonreían encantados, Aquellos niños sonreían encantados o Mis niños sonreían encantados frente a Niños sonreían encantados, oración agramatical precisamente porque el sujeto preverbal no lleva determinante.

Veamos ahora qué pasa con los numerales: los cardinales, que expresan número, legitiman, como otros determinantes, los nombres en posición de sujeto preverbal: Tres niños sonreían encantados. No sucede lo mismo con los ordinales (que expresan orden): Tercer niño sonreía encantado no es una oración bien formada, precisamente porque no hay determinante en el sujeto (El tercer niño sonreía encantado es perfecta).

Parece, por tanto, que los ordinales no pueden ser clasificados como determinantes sino, más bien, como adjetivos modales (como último, verdadero, presunto y otros que aparecen siempre delante del nombre dentro de su sintagma).

Los contenidos lingüísticos deben ir cambiando

Así pues, los contenidos lingüísticos, y específicamente gramaticales, impartidos en las enseñanzas medias deben ir cambiando a medida que avanza el conocimiento por parte de los lingüistas.

Evidentemente, no es necesario introducir un cambio cada vez que se publica un nuevo artículo, pero, de manera crucial, la Real Academia Española publicó en 2009 una obra consensuada con el resto de Academias de la Lengua (ASALE) del mundo hispanohablante, que supone una descripción exhaustiva de nuestra lengua desde un punto de vista descriptivo y científico; los contenidos de esta obra están plenamente aceptados entre la comunidad científica, de modo que, desde nuestro punto de vista, no hay razón alguna para no introducirlos en las aulas de secundaria y bachillerato.

Por tanto, si nos permiten un consejo, cuando estudien con sus hijos y vean cambios, ya sea en gramática o en física, no piensen, más o menos desdeñosamente, aquello de “cuando yo lo estudiaba no se llamaba así”; provoquen que el pescado azul, Plutón y la sintaxis no compartan nada más, a priori, que ser un objeto de estudio de distintas disciplinas científicas; y agradezcan que sus hijos aprenden ciencia gracias al trabajo de reciclaje continuo de sus docentes.

The Conversation

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