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¿Han enfermado menos los niños en este año de pandemia?

Shutterstock / FamVeld

En los últimos meses, hemos vivido una crisis sanitaria sin precedentes. Un microorganismo desconocido apareció entre nosotros y nos vimos obligados a tomar medidas drásticas para combatirlo. La situación nos ha llevado a adoptar una nueva forma de vida de la que todavía estamos aprendiendo.

A pesar de la gravedad de los cuadros provocados en los adultos y la elevada contagiosidad de la COVID-19, los niños, uno de los focos de preocupación durante esta pandemia, tienen menos tendencia a contagiarse y padecen formas menos graves de la enfermedad.

Sin embargo, la situación generada por la pandemia no les ha dejado indiferentes en lo que a la salud se refiere.

Menos bronquiolitis y más miedo

Diversos estudios indican que durante estos meses de pandemia se ha observado una disminución de la actividad asistencial en los servicios hospitalarios de Pediatría. En nuestro centro, el Hospital Universitario Central de Asturias, el número de niños atendidos en Urgencias se redujo en un 46% entre los años 2019 (prepandemia) y 2020 (pandemia). Lo mismo ocurrió con el número de ingresos en planta, que pasaron de 1 113 en 2019 a 699 en 2020.

Otros datos reflejan también menor actividad asistencial pediátrica en otros hospitales españoles, como el Hospital Son Espases de Palma de Mallorca o el Hospital Universitario La Paz de Madrid. Y extranjeros, por ejemplo, en Alemania, Italia o Estados Unidos.

Esta reducción de la asistencia sanitaria en pediatría puede atribuirse a diversas causas. Por un lado, las medidas dirigidas a controlar la expansión de la COVID-19 (uso de mascarilla, lavado de manos y distanciamiento social) han reducido también el contagio de otras enfermedades infecciosas que tradicionalmente afectan a los niños, como pueden ser la gripe o la bronquiolitis. Por otro lado, con el confinamiento domiciliario se ha reducido la posibilidad de traumatismos y accidentes en la infancia.

Pero no todo son buenas noticias. La baja disponibilidad de los servicios de atención sanitaria durante la pandemia, unida a una tendencia a evitar visitas a centros sanitarios por miedo al contagio, también podrían haber influido. Estas dos circunstancias, lejos de ser positivas, suponen factores de riesgo para la salud de los niños. Especialmente de aquellos con necesidades especiales.

La salud mental de los niños

El temor al contagio, la incertidumbre económica y la falta de relaciones sociales han provocado un incremento de la ansiedad y estrés en la población. La situación aumenta el riesgo de maltrato infantil y de negligencia en el cuidado de los más pequeños. Con el agravante de que, por el confinamiento, cuesta más identificar los casos por la ausencia de relación con otros familiares o amigos y la limitación del contacto directo con profesionales educativos o incluso sanitarios.

Los factores señalados también pueden ejercer efectos negativos sobre la salud mental de los niños. En unos casos empeorando problemas psicológicos previos y en otros dando origen a trastornos emocionales en niños previamente sanos. Sin ir más lejos, se ha demostrado un aumento de síntomas depresivos y ansiosos en niños en relación con la reducción de interacción social y la menor realización de actividades fuera de domicilio durante la pandemia.

Por otro lado, el cierre de las escuelas ha impactado notablemente en el rendimiento académico de la población pediátrica. No hay que olvidar que el aprendizaje, especialmente en los primeros años de vida, se basa sobre todo en la imitación, que precisa interacción interpersonal.

Con los métodos educativos a distancia se han perdido también otros aspectos importantes de la formación. Concretamente la regulación emocional, la convivencia con normas y reglas, y el desarrollo de habilidades sociales.

La obesidad infantil, una preocupación

Es conocida la mayor tendencia de los niños que permanecen en las ciudades a ganar peso durante las vacaciones de verano. Se atribuye a la adopción de un estilo de vida menos saludable con reducción de ejercicio físico, aumento de consumo de alimentos procesados o altamente calóricos, más tiempo de videojuegos y pantallas, ruptura de rutinas, alteraciones de ciclo de sueño, etc.

Estos factores adversos se han reproducido en el confinamiento, lo que ha provocado un aumento de la prevalencia de obesidad entre la población infantil, demostrada en varios estudios.

Otros impactos negativos de esta pandemia en la población pediátrica vienen derivados de la separación de los niños de sus seres queridos por medidas de aislamiento domiciliario o ingreso hospitalario. Se observó que confinar a los padres y separarlos de los niños generaba en éstos reacciones ansiosas, tristeza e irritabilidad.

Entre los niños que sufrieron confinamiento, uno de cada 4 presentó síntomas depresivos o de ansiedad. Es más, un 30% cumplieron criterios de estrés postraumático. Los niños que se confinaron junto con sus familiares tuvieron menor repercusión psicológica que aquellos que fueron separados de sus padres.

Una encuesta sobre el efecto del confinamiento en los niños reveló que lo que mayoritariamente echaban más de menos era jugar en espacios abiertos y pasar tiempo con sus amigos y otros familiares.

Asimismo, se mostraron nerviosos y preocupados por la posibilidad de infectar a sus abuelos, con sentimientos de culpa. Se sentían tranquilos y seguros en sus casas pero añoraban pasar tiempo en el exterior y convivir con otros seres queridos.

Podemos concluir que los niños han enfermado de la COVID-19 menos frecuentemente y con formas menos graves que los adultos. Asimismo, las medidas preventivas tomadas para minimizar la propagación del virus han causado secundariamente una disminución de las enfermedades infecciosas pediátricas.

Pero estos datos positivos no deben de hacer olvidar el profundo impacto adverso de la pandemia sobre la salud y el bienestar de los más pequeños.

The Conversation

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