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¿Por qué condenamos la conducta suicida?

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Mire el reloj. Por favor, levántese y beba un vaso de agua. A continuación, retome la lectura de este artículo. Han pasado unos 40 segundos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), es el tiempo necesario para que se produzca una muerte por suicidio en el mundo.

Pero no piense en el mundo como ese lugar abstracto y alejado de nosotros. En España, por término medio, 10 personas mueren cada día por suicidio. Una cada 2,5 horas. Lo que dura un buen almuerzo con sobremesa.

Históricamente, América Latina ha tenido tasas de suicidio inferiores al promedio mundial, pero se desconoce si ello podría atribuirse a la falta de regularidad en la recolección de los datos o a diferencias en la notificación de las muertes.

Más allá de esta particularidad, en la Región de las Américas, y de acuerdo con el último informe de la Organización Panamericana de la Salud, el suicidio supone la muerte anual de casi 100 000 personas. En este caso, una cada siete horas. El tiempo necesario para viajar desde Quito a Guayaquil.

Estas cifras convierten al suicidio en la principal causa de muerte externa en los adultos y la segunda causa de muerte entre los más jóvenes. Pero aún hay más: no estamos hablando solo de las muertes por suicidio, sino de todo el espectro de conductas suicidas que englobamos bajo el problema del suicidio. Y esas conductas son aún mucho más frecuentes.

Se estima que hay 20 intentos por cada suicidio. Y por cada intento, muchas personas atrapadas y acosadas por un tipo de pensamientos al servicio de un objetivo común: dejar de sufrir o de sentir un dolor que es vivido como inescapable, intolerable o interminable.

¿Por qué las personas piensan en el suicidio?

Nos enfrentamos, por tanto, a un problema conceptualmente complejo y desconocido para la mayoría de la población general, motivo por el que presentamos tres reflexiones iniciales:

  1. El suicidio es un fenómeno que hay que comprender desde la vulnerabilidad de la condición humana. Ha estado presente en todas las épocas y culturas y transita los temas de la libertad, el sufrimiento, la soledad, la muerte y el sentido de la vida.

  2. El suicidio es una realidad plural de naturaleza existencial-contextual, y de carácter interactivo y dinámico. No es una realidad única, natural o estática. Encajaría, por tanto, no solo en la figura de problema clínico, sino también en la de drama vital y personal.

  3. El suicidio y las conductas suicidas no son un trastorno mental ni síntomas de las (erróneamente llamadas) ‘enfermedades’ mentales. Tampoco es un problema del cerebro. La muerte por suicido tienen lugar tanto en personas con diagnóstico de trastorno mental como sin él.

Se trata de un fenómeno humano complejo, multidimensional y multifactorial, en el que participan simultáneamente diferentes realidades, tanto culturales como sociales, institucionales, psicológicas y biológicas. Cualquier reduccionismo implica disolver la esencia misma del fenómeno.

En el año 2014, la OMS elaboró un informe para hacer frente a lo que denominó “un gran problema de salud pública que ha sido un tabú durante demasiado tiempo”.

En muchas ocasiones, el suicidio se vive como un suceso incomprensible contra lo que parece el principio ‘elemental’ de conservación de la vida. Sin embargo, las personas que se suicidan o intentan hacerlo, por lo general, no quieren dejar de vivir, sino dejar de sufrir. Y los mitos y tabús en torno a la conducta suicida suponen importantes barreras para que puedan pedir ayuda.

¿A qué nos enfrenta el suicidio?

Entre diversas razones culturales, antropológicas y religiosas, el suicidio supone un desafío ante preguntas incómodas y trascendentales relacionadas con el sentido de la vida o si la vida merece la pena o no ser vivida.

La falta de debate público y privado ha contribuido al estigma de la conducta suicida, lo que a su vez constituye una barrera para su prevención y la búsqueda de apoyo profesional. Buena parte de esos mitos se basan en la errónea idea de que las ‘personas normales’, quienes quiera que sean, no se suicidan.

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Las conductas suicidas se pueden prevenir

La buena noticia es que el suicidio es prevenible. Hay que decirlo alto y claro. De hecho, nos enfrentamos a un problema que –por su propia naturaleza– solo puede ser abordado desde la prevención.

Incluso la Comisión Europea ha incorporado la prevención de la conducta suicida dentro de las cinco áreas de actuación prioritaria. En todo caso, tal y como ha señalado la OMS, la prevención del suicidio requiere un enfoque innovador, integral y multisectorial.

En España, una ley nacional de prevención de suicidio permitiría aunar las buenas iniciativas fragmentadas de nuestro país y vertebrar ese enfoque demandado por la OMS a toda la comunidad internacional.

Las estrategias de prevención de suicidio incorporan niveles de intervención en el ámbito social, sanitario, comunitario, interpersonal e individual.

Algunos ejemplos de intervenciones universales incluyen campañas de concienciación y programas educativos, limitar el acceso de la población a materiales y lugares potencialmente letales, formar a los medios de comunicación para que ofrezcan información responsable o regular leyes para abordar las crisis económicas.

Hay otras estrategias dirigidas a personas de alto riesgo o particularmente vulnerables que pasarían por facilitar su acceso a los servicios de salud mental y a los tratamientos psicológicos basados en la evidencia científica.

¿Qué puedo hacer yo al respecto?

Tengamos siempre presente que el suicidio rara vez se debe a una única razón. Está en nuestras manos dejar de simplificar el fenómeno y seguir susurrando falsos mitos. Por ejemplo, preguntar a una persona si está pensando en suicidarse no le incitará a hacerlo, sino que seguramente aliviará su tensión. Debemos hablar y preguntar.

Es razonable que nos dé miedo, pero la persona que piensa en suicidarse también está asustada y atrapada, ambivalente hacia la vida, y agradecerá tener la ocasión de encontrar un espacio seguro para hablar de esos pensamientos que le acosan y liberar la vergüenza y el temor. A veces, pequeños gestos pueden comenzar a inclinar la balanza hacia la vida.

Cada muerte por suicidio supone un golpe para la sociedad y un sufrimiento inconmensurable para las personas del entorno. Mitigar este fenómeno dependerá de la implicación de todos y cada uno de los agentes sociales y sanitarios, incluyendo a los investigadores y académicos.

No podemos mirar hacia otro lado. Recuerde: los pensamientos de suicidio son pasajeros; pida ayuda u ofrézcala. Prevenir la muerte por suicidio es un asunto de corresponsabilidad entre todos.

The Conversation

Eduardo Fonseca Pedrero ha recibido fondos de la Fundación BBVA.

Susana Al-Halabí no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico

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