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Encuentros TELOS: Acción ciudadana frente a la emergencia climática

Alejandro Rodríguez, Fernando Valladares y Lorena Sánchez durante el Primer Encuentro Intergeneracional por el Futuro. Telos

La politóloga y profesora de Sociología en la Universidad de Zaragoza Cristina Monge, nos resume en esta crónica la cuarta sesión del Primer Encuentro Intergeneracional por el Futuro organizado por TELOS y Talento para el Futuro, con Fernando Valladares –doctor en biología, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y profesor asociado en la URJC–, y Alejandro Rodríguez –cofundador y coordinador de conocimiento en materia de Sostenibilidad, Innovación y Tecnología en Talento para el Futuro–, junto a Lorena Sánchez, periodista especializada en divulgación científica.


Se nota que Lorena Sánchez sabe de lo que habla. Por eso no da puntada sin hilo y comienza la mesa con el prestigioso investigador del CSIC Fernando Valladares y el responsable de sostenibilidad de Talento para el Futuro Alejandro Rodríguez, con una pregunta que parece inocente, pero que encierra una enorme carga de profundidad: ¿Cuándo escuchasteis hablar de cambio climático por primera vez?

Fernando Valladares no era ya ningún niño cuando esto ocurrió. “Estaba haciendo mi tesis, en los 90. Fue alrededor de la Cumbre de Río en 1992. Sabíamos de temas ambientales pero no se escuchaba mucho sobre cambio climático. A partir de entonces no he dejado de oír hablar de ello. Entonces en la atmósfera había 360 partes por millón de CO₂. Hoy, más de 400.”

En su respuesta, Alejandro Rodríguez muestra lo rápido que todo ha cambiado: “¡Yo nací en el 92! Empecé a oír hablar de cambio climático mucho antes de empezar la carrera, lo que me generó inquietud, que me llevó a formarme para poder investigar tanto en la parte técnica como después en la económica y social”.

Aunque en entornos científicos la cuestión del clima venía de lejos, tardó más en saltar al debate ciudadano. De ahí que Fernando Valladares reconozca que en esos círculos ya se tenía información de que la quema de combustibles fósiles iría cargando la atmósfera de CO₂, aunque algunas petroleras lo negaran. De hecho, hasta los 90 o principios del 2000 no había conciencia de lo que estaba ocurriendo más allá de estrechos círculos científicos.

Es curioso comprobar cómo la conciencia ha ido creciendo al ritmo de los cambios, que no son ya graduales, sino acelerados, como describe a la perfección el científico: “Nos preocupa que estamos llegando ya a ciertos puntos de inflexión, algunos incluso traspasados, que traen consigo incertidumbre y alerta porque son dinámicas incrementales. Uno de ellos es el famoso problema del permafrost, es decir, el fenómeno que se produce cuando, a consecuencia del incremento de temperaturas, se funden los suelos congelados liberando gases de efecto invernadero, lo que acelera el calentamiento, que a su vez incrementa la fusión, etc. Cada vez ocurren más cambios en menos tiempo, lo que provoca que haya que correr más para quedarse en el mismo sitio”.

Ilustración de Enrique Flores.

Existe un mayor consenso en la ciudadanía pero sin cambios apreciables

Si la conciencia está acelerándose de esta manera, ¿significa que ha desaparecido el negacionismo?, pregunta con acierto Lorena Sánchez, que no tarda en rebajar su optimismo cuando Alejandro Rodríguez recuerda que Trump no está tan lejos, o cuando Fernando Valladares apunta que hay formas de negacionismo que se reinventan, porque intentan mantener la vida tal como está sin asumir la necesidad de cambio. El científico dice haber detectado hasta ocho tipos distintos de negacionistas. El que es “a la mayor” como Trump casi no cuela porque es muy frontal, pero hay formas sutiles, como decir que “como no se puede hacer nada porque es un problema global, no hagamos nada”, o quien decide que es una cuestión en manos de gobiernos y empresas y que él no está interpelado.

En cualquier caso, advierte Fernando Valladares, aunque no existan negacionistas radicales, tampoco hay una disposición mayoritaria a tomar las decisiones drásticas que hay que tomar. “El consenso se alcanzaría mejor con una situación que permitiera contemporizar economías, formas de producir energía, etc. Sin embargo, sabemos que la dinámica está acelerada y esas formas tibias de poquitos ahora no son suficientes. Hay que prepararse para lo peor y trabajar para lo mejor”. Es decir, con no ser negacionista ya no basta, ahora es necesario tener la voluntad de tomar decisiones drásticas.

Alejandro Rodríguez, asintiendo, advierte que si se ha llegado hasta aquí es porque no se ha aplicado de forma coherente el principio de cautela. “El consenso científico te lleva a escenarios donde no se reflejan las opciones más dramáticas, pero con el cambio climático no se negocia”, advierte el joven. De hecho, apunta, “el sexto informe del IPCC que se filtró hace poco dibuja escenarios en situaciones mucho peores, como el doble de lo anunciado hasta ahora. Si el principio de precaución se hubiera aplicado, podríamos haber evitado esto”.

Valladares, en el mismo sentido, recuerda que los científicos y científicas que componen el panel gubernamental de expertos sobre cambio climático que asesora a NNUU –IPCC – trabajan asignando probabilidades de que ocurran cosas, lo que es un buen método para explicar lo que está pasando. Además, recuerda que hay 25.000 científicos que han firmado un llamamiento donde piden tomar medidas más drásticas, así que cada vez hay no solo más evidencia, sino también mayor disposición. ¡Tal ha sido el cambio en la percepción de la importancia del cambio climático, apunta Valladares, que hoy se filtra a la prensa un informe científico sesudo que hace unos años pasaba desapercibido!

Si cada vez hay más evidencia científica y mayor consenso al respecto, ¿qué falta por hacer?, se pregunta Lorena Sánchez, leyendo la mente del auditorio.

Rediseñar el camino para cambiar el rumbo

Fernando Valladares apunta al centro de la cuestión: “La reducción de emisiones no es una cuestión científica, sino de ambición política. La misión de la ciencia es suministrar evidencias y conocimiento, y eso ya se ha hecho; ahora se trata de tomar decisiones”. No obstante, advierte, “se ha iniciado una especie de competencia entre países a ver quién reduce más CO₂, y eso es estupendo! China, Reino Unido… han ido anunciando metas más ambiciosas.”

Dicho lo cual, Valladares apunta hacia visiones mucho más integrales, entre otras, el modelo de “Economía de la rosquilla” de la economista británica Kate Raworth, que plantea dos límites en cuyo intersticio está la zona de seguridad de la vida: la salud del planeta y la redistribución del bienestar. “Seguramente no será perfecto, pero supone un desafío de reparto igualitario de la riqueza, medir bien la huella ambiental de las actividades económicas… Se trata de ampliar el learning by doing porque no hay tiempo que perder.”

Coincide en el mismo sentido Alejandro Rodríguez, que incide en que ya no se trata de debatir sobre si existe o no cambio climático, sino cómo actuar para hacerle frente. Hay que pasar del “qué” al “cómo”. Y en ese “cómo” reivindica que los jóvenes formen parte de procesos de cocreación. “Tenemos una mirada donde los temas de sostenibilidad o lo digital ya los tenemos más incorporados”, apunta antes de abordar una de esas preguntas incómodas, esta vez planteada por Lorena Sánchez: ¿qué pasa con los cambios de hábitos, de modos de vida?, porque cuando se desciende a lo concreto las cosas empiezan a complicarse. Se nota que no es la primera vez que Alejandro Rodríguez se enfrenta a este dilema y lo tiene meridianamente claro: “Estamos por la vía de rediseñar, no tirar todo por tierra, sino hacer las cosas de otra manera. Por ejemplo, empezar a medir el retorno de las inversiones no solo por las cuentas de resultados clásicas o por indicadores como el PIB, sino incorporando aspectos como el capital cultural, natural, social…”

Fernando Valladares se suma a la propuesta e introduce un elemento que puede parecer ajeno al debate pero que está en el centro del mismo: “Cada vez somos menos felices y seguimos acelerando en una dirección que puede llevarnos al colapso. Llevamos este rumbo y ni siquiera somos felices: las enfermedades mentales van creciendo, nos alejamos de aspectos naturales… Nos alejamos de la felicidad. Por lo tanto, podemos estrellarnos por empeñarnos en ir cada vez más rápido en una dirección en la que ni siquiera somos felices”. Algunas sociedades lo han tenido claro hace tiempo y en sitios como Bután ya llevan años midiendo la felicidad. En Occidente se han hecho un montón de estudios al respecto y el tema empieza a entrar ya en la agenda.

Profundizando en qué hacer, Lorena Sánchez plantea otra cuestión crucial: ¿Qué papel debe tener y va a tener la tecnología? Nuevamente las visiones de ambos ponentes coinciden: “Hay que encontrar la forma de que la tecnología sea un acelerador de la sostenibilidad” porque, como recuerda Valladares, “tenemos más tecnología de la que estamos usando. Los límites en la mejora de la huella ambiental no son tecnológicos, es la reticencia a usar tecnología ya disponible. Hay muchas alternativas viables que no estamos usando y seguimos desarrollando nuevas, que bienvenidas sean, pero el cuello de botella es social”, aspecto este del que se habla mucho a raíz de la pandemia. ¿Servirá la Covid para convencernos de la necesidad de cambiar de modelo y actuar en consecuencia?

En este asunto es difícil concluir nada claro. Si bien, como se apunta en la mesa, durante el confinamiento se vio un cambio de conciencia bastante coral, en estos momentos hay indicadores que nos invitan a pensar que estamos saliendo igual que hemos salido de otras muchos crisis desde hace 4.000 años: “Apretando el acelerador”, dice gráficamente Valladares. Y añade: “El problema es que ahora somos 7.700 millones de personas y, si hoy se acelera, podemos ir al colapso”. No obstante, como advierte, “quedan razones para el optimismo porque se ha aprendido cosas, pero no sabemos si vamos a aplicarlas o dejarnos llevar por el corto plazo”.

Alejandro Rodríguez confirma su disposición a pasar a la acción. “Necesitamos encontrar símbolos”, dice, y apuesta por iniciativas como las Misiones dirigidas por Mariana Mazzucato, para unificar esfuerzos públicos, privados, sociales y del mundo del conocimiento en torno a un desafío común. ¿Y qué mayor desafío común que el cambio climático?

Para terminar, una invitación no solo a soñar sino a diseñar el futuro deseable. ¿Qué titular os gustaría leer en la prensa un día cualquiera del año 2030? “El cambio en la relación humana con la naturaleza ha permitido alcanzar la neutralidad climática antes de lo esperado”, afirma Valladares. Y Rodríguez sintetiza: “Conseguimos cambiar el rumbo”.


La versión original de este artículo fue publicada en la Revista Telos, de Fundación Telefónica.


The Conversation

Cristina Monge es colaboradora de Telos, la revista que edita Fundación Telefónica.

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