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Menos blablablá y más filosofía

Manifestación de estudiantes con motivo de la COP26 (Milán, 1 de octubre de 2021). Shutterstock / r Gioele Mottarlini

Bla, bla, bla. A la juventud todo le suena a blablablá, a discurso vacío, interesado y, sobre todo, interminable. Detestan la sofística casi tanto como Platón, ese agotador ruido de palabras que solo trae división social y la parálisis política, ese lenguaje del gusano, el blablablá, les molesta especialmente porque pudre por dentro la sociedad y, ahora también, la propia tierra.

La juventud viene con sed de filosofía, pero el parlamento acaba de aprobar la ley LOMLOE, que la degrada. ¿Cuál es el sentido de recortar la filosofía justo a la generación que ya ha identificado el blablabla como SU problema?

¿Qué hizo filosofar al joven Platón?

El primer enemigo conocido del blablablá fue Sócrates y, como sabemos, Atenas lo ejecutó. Para Platón, dedicarse a la filosofía era simplemente eso, una ayuda para comprender lo que había pasado: ¿por qué Atenas, la ciudad más justa, había matado a Sócrates, la persona más bondadosa? Su estimada ciudad, su gente más querida, tomó una decisión injusta y brutal. La naturalidad con la que Atenas mató a Sócrates condujo a Platón a la filosofía.

De igual manera, nuestra juventud necesitará grandes dosis de filosofía para comprender cómo, por ejemplo, la humanidad más científicamente preparada no es capaz de tomar las decisiones que sabe debe tomar para abordar la crisis climática. ¿No es razonable pensar que Greta Thunberg siente el mismo tipo de dolorosa perplejidad que Platón?

La buena filosofía se enfrenta al blablablá

La juventud nos exige menos ruido y más música, siente que necesita herramientas para pensar filosóficamente su realidad, pero es obvio que la enseñanza de la filosofía sigue perdiendo terreno. El último hachazo se lo dio la llamada Ley Wert en 2015, eliminando prácticamente la asignatura Historia de la Filosofía de segundo de bachillerato. La nueva ley LOMLOE recupera la asignatura, cierto, pero reduciéndola a la mitad, con tan solo dos horas a la semana.

La LOMLOE también elimina la optativa de Filosofía de cuarto de la ESO y hace desaparecer tres de las cuatro horas de la asignatura Valores Éticos. Una auténtica escabechina que desinfla la ESO de todo debate filosófico. Ahora el control de daños está en manos de las autonomías, que pueden decidir hasta el 50 % del currículum en algunos casos, pero es difícil ser optimista.

De las intenciones a la realidad

Hace tres años, todos los partidos políticos acordaron reforzar la asignatura de Filosofía.

Ya con la LOMLOE en la mano, aquel acuerdo suena a blablablá. Esos grandes titulares hacen de condimento de otros excelentes textos, como el nuevo currículum de la ESO, que sigue agrandando la distancia entre esas buenas intenciones y la ley aprobada. El texto recoge ocho “competencias clave” tanto en el perfil de salida al término de la enseñanza básica como en el perfil competencial de Bachillerato, y dos de las ocho son filosóficas: “Competencia personal, social y de aprender a aprender” y “Competencia ciudadana”.

Pues bien, aunque el 25% de las competencias clave sean filosóficas, tan solo suponen entre el 0.55 y el 0.83% de las horas lectivas de la ESO. ¿Es posible impartir el 25% de las competencias clave en menos del 1% de las clases? ¿El currículum es blablablá? Otro dato: la religión cuenta con más horas lectivas en la ESO, con un 3.32%. Defienden la filosofía como un discurso hecho, pero incluso en Bachillerato su presencia real se establece en un improductivo 5%.

Desdén hacia la filosofía

Ese diseño curricular genera un problema docente: ¿cómo se trabajan esas dos competencias clave en tan poco tiempo? Es imposible. Pero el problema cultural es incluso peor, porque el alumnado no tardará en llegar a la conclusión contraria: la filosofía no es una competencia clave en nuestra sociedad.

Hasta los 18 años solo van a encontrársela en tres cursos y siempre como una asignatura maría de una o dos horas semanales. Su nota en la prueba de selectividad ni siquiera pondera en la mayoría de los grados universitarios. Ese diseño curricular tiene un efecto adicional que el alumnado capta inmediatamente: la filosofía no es una asignatura importante ni para la escuela, ni para la universidad y, generalizando, ni para la sociedad. Sin pretenderlo, quizá, se fomentará un caldo cultural que mira a la filosofía desde la ignorancia y con desdén.

Si no se corrige, esta ley conseguirá lo contrario de lo que predica, pondrá al profesorado de filosofía en una tesitura docente imposible y confundirá al alumnado con mensajes estructuralmente incongruentes.

Hay futuro

Llevamos décadas escuchando sonar varias alarmas y apagándolas de manera negligente. Debido a nuestra falta de reacción, es probable que la generación que ahora entra a la ESO tenga que enfrentarse a problemas existenciales realmente gordos. No es solo la multiamenaza de la emergencia climática, piensen también en la robotización, la inteligencia artificial, los dilemas bioéticos o las desorbitadas desigualdades de capital y poder, en un contexto de crisis de representación democrática. ¿Es posible lidiar todas esas nuevas realidades sin una mínima formación filosófica?

La juventud nos reclama menos blablablá y más filosofía. Haríamos mejor si siguiéramos el ejemplo de otros países europeos y diéramos a nuestro futuro las herramientas filosóficas que seguro va a necesitar.

The Conversation

Ekai Txapartegi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico

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