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Flores con olor a cadáver para atraer a las moscas del desierto

Explosión floral de proteáceas (Leucospermum patersonii) en el fynbos cerca de El Cabo (Sudáfrica).
grootbos.com

Durante el otoño boreal, mientras que en Suráfrica es primavera, en los invernaderos en los que se custodian los ejemplares más sensibles de las colecciones del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá, aparecen olores a carroña tan desagradables a nuestro olfato como atractivos para las moscas carroñeras.

Vivir en las zonas áridas de clima mediterráneo de Suráfrica, en el bioma del fynbos, y en los desiertos costeros de Namibia no es nada fácil. Los inviernos son más fríos que en cualquier otra zona baja africana, las heladas son frecuentes durante la estación de lluvias entre junio y agosto, y la estación seca supera los ocho meses con precipitaciones que a veces no se producen durante años.

Las estrategias que han desarrollado las plantas para sobrevivir en esas condiciones son muchas y no en vano algunas de las plantas más extraordinarias del mundo, incluyendo más de 6 000 especies endémicas, viven alrededor de la región de El Cabo y en la costa occidental desértica de Namibia.

Hoy voy a ocuparme de unas curiosísimas plantas de la familia Asclepiadáceas que han desarrollado sendas estrategias para realizar los dos grandes procesos que afectan a los seres vivos: crecer y reproducirse.

Para sobrevivir y crecer en un ambiente donde el agua escasea, las asclepiadáceas surafricanas han desarrollado la misma estrategia vital que otras plantas de zonas áridas: la suculencia. En las plantas suculentas algún órgano o tejido está modificado para permitir el almacenamiento de agua en grandes cantidades, lo que les permite sobrevivir en entornos áridos y secos inhabitables para otras plantas. Además, las reservas de agua se economizan gracias a una ruta fotosintética especial.

El ejemplo más típico de suculencia es el de los tallos de las cactáceas del Nuevo Mundo y el de algunas euforbiáceas cactiformes africanas que tienen representación en los cardones canarios.

Otro tanto ocurre con algunas apocináceas de los géneros Huernia, Orbea, Piaranthus o Stapelia que he incluido en la composición de las fotografías de la Figura 1.

Figura 1: Flores de cuatro asclepiadáceas malolientes de la colección del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. A: Stapelia hirsuta. B: Huernia schneideriana. C: Orbea variegata. D: Piaranthus geminatus. Fotos de Beatriz Díaz.

Cada año, durante la primavera austral, Sudáfrica es el escenario de un fenómeno asombroso: el florecimiento, tan repentino como espectacular, del fynbos, una vasta extensión cubierta de plantas silvestres con matices multicolores. Unas gotas de lluvia bastan para transformar el árido paisaje en una enorme alfombra de arbustos y herbáceas cuajados de flores: ciento de especies diferentes, millones de individuos, abren sus flores en una explosión vital que busca atraer a los insectos polinizadores.

La oferta es extraordinaria y los insectos, aunque no falten, son incapaces de atender la demanda. Ese es el momento de las plantas especialistas capaces de realizar una oferta diferenciada.

Las apocináceas que habitan en las zonas áridas surafricanas compiten con otras plantas en lo que se refiere al colorido y la belleza de sus flores, pero eso no basta cuando tras las lluvias se despliega un inmenso tapiz de plantas a cual más llamativa. Las asclepiadáceas desdeñan al enorme despliegue de insectos de todas clases y se concentran en unos pocos, escasos pero eficaces: las moscas carroñeras.

Sus flores engañan a las moscas por la vista y el olfato. La superficie de colores atractivos y textura carnosa de los pétalos imita a un animal muerto en descomposición. La flor emite un intenso hedor a carne putrefacta que atrae a las moscas que se alimentan de los cadáveres de animales.

Los olores a carne podrida que producen unas moléculas orgánicas de nombres tan rotundos como cadaverina o putrescina no son raros en el mundo vegetal.

Como producen flores a nivel del suelo que parecen y huelen a tejidos orgánicos en descomposición, esas asclepiadáceas, como hacen también unas curiosísimas orquídeas que conviven con ellas, son un extraordinario reclamo para las moscas necrófilas, que, movidas por el irresistible imperativo biológico de la reproducción, no discriminan entre un cadáver putrefacto y una flor que huele a cadaverina.

Ese es el truco. Las moscas aterrizan en la flor pensando que han encontrado un lugar para poner sus huevos. Se mueven dentro de la flor y recogen o depositan polen en el proceso. Desgraciadamente para ellas, sus larvas están condenadas: aunque las madres encuentren néctar en abundancia, no hay comida para que se alimenten las larvas una vez que las flores se marchitan.

Una bolsa de polen

Las flores de las asclepiadáceas son muy complejas y características. A diferencia del polen en la mayoría de las flores, que se libera de las anteras mientras aún están adheridas a la flor, en las asclepiadáceas el polen permanece dentro de una bolsa (polinia) hasta que entra en contacto con el estigma de otra flor de la misma especie. Entre las más de 250 000 plantas con flores, solo las orquídeas, otras plantas con flores extraordinariamente complejas, empaquetan su polen de manera similar.

Figura 3: La flor estrella, Orbea variegata, una apocinácea originaria del cinturón costero árido de la región de El Cabo, es una planta suculenta carente de hojas y con tallos cactiformes que apenas se despegan un palmo del suelo y flores muy vistosas en forma de estrella, blanquecinas o amarillas densamente moteadas de granate, que pueden alcanzar hasta ocho cm de diámetro.

La única forma de que las polinias escapen de sus cámaras es que las extraigan los insectos. Las asclepiadáceas son entomófilas, lo que quiere decir que su polen lo trasladan diferentes especies de insectos. La mayoría de los insectos buscan néctar, que encuentran en abundancia gracias a las glándulas nectaríferas del fondo de las flores. En el caso de las asclepiadáceas polinizadas por moscas (dipterófilas), además de néctar, los dípteros que las visitan también buscan un lugar apetitoso en el que poner sus huevos y criar sus larvas.

Busquen lo que busquen, mientras se mueven sobre una flor los insectos van de nectario en nectario hasta que sacan todo el polinario (el viscoso corpúsculo, dos brazos trasladadores y dos polinias) de la cámara floral en la que estaban encerrados (Figura 3). Una vez liberado, el insecto no escarmienta y continúa su búsqueda de flor en flor, por lo que muy frecuentemente acumula múltiples polinarios, a veces enganchados en cadenas de diez o más de ellos, colgando de la pata del animalito.

¿Qué pasa con las polinias? Muchas se caerán a medida que el insecto se mueve. Algunas encontrarán su destino en otra flor. En este caso, la polinización constituye un maravilloso proceso. Por simplificar, la polinia actúa como una llave que se introduce en una hendidura que, a modo de cerradura, impide la entrada hasta la cámara estigmática donde esperan los óvulos. A medida que el insecto se agita, el brazo del trasladador se rompe y la polinia queda dentro de la cámara.

Cuando la polinia penetra en la cámara comienza a hincharse. En unas pocas horas se abre por una cresta de germinación de la que salen múltiples tubos polínicos cada uno de ellos procedente de un grano de polen. Los tubos crecen y penetran en uno de los dos ovarios de cada flor, cada uno de los cuales puede contener hasta 200 óvulos, que serán fecundados por el gameto masculino transportado dentro del tubo polínico.

Los óvulos fertilizados se transformarán en semillas que aseguran la descendencia en uno de los ambientes más hostiles de la Tierra.

The Conversation

Manuel Peinado Lorca es responsable del Grupo Federal de Biodiversidad del PSOE:

The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico

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