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Lo que ocurre cuando las patentes se convierten en una batalla sin tregua

Shutterstock / vchal

A lo largo de años de actividad en el área de estudio de las enfermedades cardiovasculares y varios registros de propiedad y patentes, he aprendido que la invención científico-tecnológica a veces puede tener una vertiente “poco amable” o “incómoda”. Sin ir más lejos, la patente del teléfono, la radio, la invención del láser y la obtención del aluminio por electrolisis permanecieron en litigio durante décadas.

¿Qué es una patente?

Según la Oficina Española de Patentes y Marcas, una patente es un título otorgado por el Estado que da a su titular el derecho de fabricación y explotación por sí mismo o a través de otra persona o empresa autorizada por él de la invención protegida.

Puede ser objeto de una patente cualquier procedimiento, método de fabricación, máquina o producto. A cambio, el titular se ve obligado a compartir la descripción de su invención para que otro experto en la materia también pueda ejecutarla. Su explotación debe realizarse dentro del plazo de cuatro años desde la fecha de presentación de la solicitud, o de tres años desde la fecha de publicación de la concesión (suele aplicarse el plazo que expira más tarde). En caso de que la patente no termine siendo objeto de explotación, su licencia caduca.

De 1900 a 1982, el número de patentes en EE.UU creció alrededor de un 140 por ciento. A partir de entonces, alcanzaron un asombroso 400 por ciento en 2014. No obstante, estos datos han generado mucha controversia debido a que también se permite el registro de conceptos e ideas con escasa o nula aplicabilidad real.

La batalla por iluminar Nueva York

Si leer se encuentra entre las aficiones de quienes leen este artículo, aconsejo disfrutar de La Luz de la noche de Graham Moore. Se trata de una novela que narra la conocida como “guerra de las corrientes” que tuvo lugar a finales del siglo XIX. De forma brillante (nunca mejor dicho), Moore recoge la contienda legal y de ingenio protagonizada por Nikola Tesla y Thomas Alva Edison por las patentes de la bombilla y la corriente eléctrica.

En aquellos años emergió la posibilidad que la electricidad sustituyese al vapor como elemento esencial para el funcionamiento de cualquier tipo de motor. Se trataba de una segunda revolución industrial que provocó que, a ambos lados del Atlántico, no dejara de crecer el número de centrales eléctricas.

Edison fotografiado en 1878 por Levin C. Handy. Wikimedia Commons

La de Pearl Street, establecida por Edison en Nueva York en 1882, fue la primera instalación de producción eléctrica de tipo comercial del mundo y abastecía una pequeña área de Manhattan mediante corriente continua. Posteriormente la demanda de electricidad llevó a construir centrales eléctricas cada vez más grandes para recorrer distancias mucho mayores. Además, la rápida distribución de motores eléctricos industriales provocó una fuerte demanda por un voltaje distinto al que se usaba para la iluminación (110 V).

Tesla fotografiado en 1896. Wikimedia Commons

Fue entonces cuando el científico de origen serbio Tesla, contratado inicialmente por la empresa creada por Edison (Edison General Electric Company), demostró la ineficacia de las potencias de corriente continua. Como alternativa, propuso su sustitución por otro tipo de corriente: la corriente alterna.

Este cambio minimizó la pérdida de energía durante la distribución de electricidad a grandes distancias. Tras el desarrollo de un sistema de generadores polifásicos alternos y otros tipos más eficientes de motores y transformadores, la corriente alterna terminó siendo adaptada a lo largo y ancho de EE.UU.

Esto dió lugar a que el socio de Edison, J.P. Morgan, dejara de apoyar su sistema de corriente continua y lo apartase de su propia compañía (la cual cambió su nombre a General Electric).

No obstante el gran error de Tesla fue hacer donación de todas sus patentes a su principal socio inversor, Westinghouse. Más adelante, J. P. Morgan y Westinghouse acordarían dejar de lado a ambos inventores. Tesla terminó completamente arruinado y olvidado en los libros de historia, mientras Edison se quedaba con el título de “el padre de la electricidad” en exclusiva.

La batalla por el “cortar-pegar” de los genes

Mucho más reciente ha sido la lucha por el control de la técnica CRISPR-Cas9, que permite de forma fácil, rápida, barata y altamente precisa modificar a voluntad el genoma y así cambiar el destino escrito en nuestro ADN. Y es que estamos, según algunas estimaciones, ante una auténtica mina de oro de casi 50 000 millones de dólares sólo en aplicaciones en biomedicina.

Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna. Wikimedia Commons / Bianca Fioretti / Duncan.Hull / The Royal Society., CC BY-SA

En el año 2014, el laboratorio de Emmanuelle Charpentier, en colaboración con el de Jennifer Doudna, descubrió cómo una molécula conocida con el nombre de Cas9 podía hacer cortes e insertar, suprimir o modificar el ADN de cualquier tipo de célula. Aún así, las tijeras moleculares de Charpentier/Doudna son poco precisas porque, aunque consiguen “cortar-pegar” correctamente, a veces lo hacen de manera impredecible.

Feng Zhang fotografiado en 2017. Wikimedia Commons / PuppyEggs, CC BY-SA

Con el objetivo de aumentar su precisión, investigadores del Broad Institute del Massachusetts Institute of Technology (MIT), liderados por Feng Zhang, mejoraron su función y aplicabilidad mediante la obtención de una nueva variante.

Poco después se registró la primera de varias patentes por parte del grupo del MIT que cubrían el uso de esta técnica revolucionaria. Para ello, Zhang presentó ficheros con los datos originales de sus investigaciones como pruebas que, según él, confirmaban que tenía la tecnología en funcionamiento antes de que sus competidores publicaran sus propios resultados y solicitaran sus propias patentes. Se sumó a la controversia generada por este descubrimiento el hecho de que el tiempo de obtención de dicha patente fuera inferior a los 6 meses (lo normal son 21 meses). Posteriormente se demostró que el MIT había pagado muy discretamente para que toda la documentación, estimada en más de mil páginas, fuese revisada en tiempo récord.

Una vez se obtuvo la patente, una empresa emergente fundada por el propio Zhang compró la licencia de uso al MIT. Para complicar aún más las cosas, existen otras dos empresas con parte de la propiedad intelectual o derechos sobre CRISPR-Cas9 pendientes de resolución y se ha promocionado legalmente la presentación de un procedimiento de interferencia en Estados Unidos. De prosperar dicho recurso, sus promotores podrían hacerse con la exclusividad de esta patente.

Actualmente, aunque se puede usar CRISPR-Cas9 en los laboratorios de medio mundo, su aplicación ha entrado en recesión debido a tantas dudas y cuestiones legales. En consecuencia, un gran número de investigadores están regresando a los métodos clásicos de manipulación genética que, aún siendo más laboriosos, son también eficaces.

Salta a la vista, por tanto, que la necesidad de proteger la propiedad intelectual e invenciones mediante el registro de patentes ha ido ganando importancia estratégica para muchos centros de investigación y universidades. Es esencial, no obstante, que aquellas invenciones o tecnologías que muestran más impacto sobre el bien común no queden a merced de restricciones o conflictos legales y pasen rápidamente a disposición de la sociedad.

The Conversation

Santiago Roura Ferrer recibe fondos dedicados a la investigación de las enfermedades cardiovasculares por parte del Ministerio de Ciencia e Innovación y del Instituto de Salud Carlos III. Asimismo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico

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