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¿Por qué es tan difícil curar la migraña?

Shutterstock / Alona Siniehina

Nunca se ha puesto tanto empeño y talento como ahora para buscar no solo la curación sino un cambio sustancial en la discapacidad que provoca la migraña. Sin embargo, sigue siendo difícil de curar.

Al tratarse de una enfermedad tan común, las dudas sobre su curación se multiplican. Pero ¿por qué no logramos encontrar la llave? ¿Qué mecanismos esconde el cerebro que no nos deja abrir la puerta a un tratamiento eficaz?

Pues bien, hay tres causas fundamentales para que el recorrido sea tan largo: el conocimiento que tenemos sobre la patología, los tratamientos empleados y la asistencia.

Descomponer pieza por pieza una compleja red cerebral

Todo lo que rodea a la migraña y los síntomas que la caracterizan es difícil de explicar. Tanto el dolor que la caracteriza como las extrañas sensaciones que tienen algunos pacientes antes de padecerla, la resaca que la sigue, las sensaciones de mareo, molestia abdominal o especial sensibilidad a estímulos que acompañan al dolor.

Es cierto que vamos comprendiendo la causa de las auras (síntomas irritativos, visuales o de lenguaje que preceden al dolor en algunos pacientes), de los síntomas premonitorios y del dolor mismo. Incluso somos capaces de localizar estructuras cerebrales implicadas en estos fenómenos o neurotransmisores cuya producción provoca la activación secuencial de estas estructuras.

Pero al final no terminamos de entender el cerebro migrañoso. No estamos seguros de cuáles son los mecanismos genéticos que hacen que un cerebro hiperexcitable, quizá incluso desadaptado, responda con dolor a cambios propios o del entorno. Y tampoco entendemos del todo las causas por las que este cerebro termina generando un “ataque de migraña sin fin”, dando lugar a dolor diario o casi diario.

Pero, sobre todo, nos falta entender que el cerebro no es solo una concatenación de grupos neuronales, sino que funciona como una red. Nuestro cerebro, igual que la compleja red de tráfico aéreo, no se entiende únicamente como enumeración de aeropuertos, sino que nos exige conocer los nodos regionales y las conexiones a larga distancia. Por eso, con la colaboración de ingenieros y matemáticos, debemos intentar entender esta red cerebral.

Tratamientos útiles casi ‘por casualidad’

Hasta hace pocos años, el tratamiento de la migraña se basaba en la serendipia. De esta forma se encontraron tanto los que estaban destinados a controlar los ataques de dolor, como los preventivos, que buscaban disminuir el número de ataques de cefalea.

Usábamos fármacos diseñados para otras indicaciones que parecía que podían ser útiles en migraña. Por ejemplo, los antiinflamatorios, antihipertensivos, antiepilépticos o antidepresivos eran nuestro arsenal terapéutico. Incluso fue así con el fármaco que a principios de la pasada década comenzó a cambiar la vida de un buen número de pacientes, la toxina botulínica: fuimos antes conocedores de que funcionaba que de cómo lo hacía.

Pero los últimos años han visto un enorme cambio, quizá incluso de era. Se descubrió que un neurotransmisor llamado ‘péptido relacionado con el gen de la calcitonina’, y generalmente conocido por su acrónimo en inglés CGRP, estaba implicado en bastantes pasos de la génesis y mantenimiento de la migraña.

Por eso, se comenzaron a diseñar fármacos que actúan sobre este neurotransmisor. Y, gracias a esta familia de fármacos, los presentes y los que están próximos a llegar, conseguimos y conseguiremos mejorar a un buen número de pacientes con migraña.

Sin embargo, los médicos que atendemos a estos pacientes sabemos que la migraña no es simplemente una “CGRP-patía” y que nos quedan muchas cosas sobre las que actuar. Hay otros neurotransmisores y otros lugares sobre los que influyen. Además, hay conexiones en las situaciones de dolor, sobre todo con la corteza cerebral, en las que aún no somos capaces de actuar.

Si la migraña consiste, cómo dijimos antes, en un cerebro desadaptado que responde a los cambios con dolor, habría solo dos posibilidades decisivas de curarla: o modificar ese comportamiento cerebral o aislar al paciente en una burbuja; de lo primero no somos aún capaces y lo segundo no es posible.

Falta de asistencia multidisciplinar

Por último, la asistencia sería, en mi opinión, la principal dificultad; o al menos la más frustrante para muchos investigadores. De poco sirve que acumulemos conocimientos y tratamientos para aliviar a los pacientes con migraña si no somos capaces de aplicarlos; si no conseguimos que, no solo en las unidades especializadas en cefaleas, sino en cualquier consulta de neurología, de atención primaria o de cualquier otra especialidad se conozcan y apliquen.

Hay que trabajar por la mejora de las estructuras asistenciales, por reducir las barreras que impiden a los pacientes ser atendidos por los profesionales que necesitan y recibir los tratamientos que requieren. Y, finalmente, hay que trabajar para convencer a los pacientes con migraña de la necesidad de pedir ayuda.

No debemos ser pesimistas. Quizá no tardemos en acercarnos más a la curación de la migraña. Hay muchos científicos buscando aumentar el conocimiento de la misma y muchos médicos interesados en ayudar a estos pacientes. También necesitamos a los propios pacientes como aliados para mejorar la asistencia. Ellos, afortunadamente, ya han empezado a moverse.

The Conversation

Ángel L. Guerrero Peral does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

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