¿Cuándo comienza a entrar en funcionamiento este modelo que ahora demuestra habernos privado de una herramienta fundamental en la lucha contra el Covid?

Por David Benayas Sánchez

Con sorna expresaba Isabel Díaz Ayuso, presidenta de una Comunidad Autónoma consumida por la segunda ola de contagios, que Madrid no dispone de médicos, ofreciendo unos precarios contratos laborales como incentivo para poner en peligro la propia vida y la del entorno de un personal sanitario que lleva años sufriendo la externalización y los ataques continuos al servicio público de salud. Pero ¿Cuándo comienza a entrar en funcionamiento este modelo que ahora demuestra habernos privado de una herramienta fundamental en la lucha contra el Covid? ¿Cómo llegamos a tragar ese sapo? 

EL RENACIMIENTO EUROPEO DE POSTGUERRA 

El pensamiento económico neoliberal se constituyó como una respuesta al marco de consenso keynesiano que imperó en Europa Occidental tras la Segunda Guerra Mundial. El mundo del trabajo y las diferentes patronales nacionales llegaron a un entendimiento tras el fin de la conflagración mundial. Debido a una situación de profunda inestabilidad, los ecos de una guerra de clase que amenazaba desde abajo y la pujante popularidad (manifestada en los resultados electorales) que había adquirido el comunismo tras la “liberación” de Europa del Este y la caída del nazismo, Europa vivía un clima convulso en el que era imperativo llegar a la consolidación de un nuevo pacto social, hacia un capitalismo embridado que permitiese la supervivencia del sistema. Este nuevo orden se consolidó alrededor de la construcción de un neo-corporativismo basado en 3 actores fundamentales: Los sindicatos (como representantes de los intereses de los trabajadores), las patronales (como representante de los intereses de los empresarios) y los Estados (estos últimos como mediadores entre ambos mundos). 

Con la llegada al poder de los laboristas en Reino Unido en 1945, comenzaba una etapa de la Historia de Europa que, a día de hoy, parece un sueño lejano y trasnochado. La constitución de unos sindicatos fuertemente movilizados y con herramientas de actuación permitió llegar a una serie de consensos con el mundo de la empresa en cuanto a regulación laboral: salarios y jornadas laborales fundamentalmente. La construcción simultánea de los sistemas del bienestar (wellfare states), nacidos a la luz de los escritos de William Beveridge (1943), permitió que surgiera una nueva clase media, cuyo sustento educativo y sanitario ya no dependía de ellos mismos y de los sistemas asistenciales basados en la caridad, sino de un Estado que encontraba en la solidaridad y el “common weal” el pilar de la construcción del contrato social. 

En los países europeos occidentales la memoria de estos años está muy presente. En Francia, por ejemplo, se recuerdan como los “30 gloriosos”. La construcción memorial de esta etapa se consolidó gracias al desarrollo de un modelo social más equitativo, en el que la cohesión social era un elemento sustantivo de la buena salud democrática. Además, suponía una tercera vía frente al Socialismo de Estado de la URSS y el modelo capitalista estadounidense. 

DE LA ESTANFLACIÓN A UN NUEVO MODELO

Durante la década de 1970 se produjo una grave crisis, producto del estancamiento económico generado tras el bloqueo de la OPEP y la crisis del petróleo 1973. Es lo que se dio en llamar la “estanflación”, ya que el estancamiento económico vino acompañado de una inflación de los precios. Esto provocó la caída del consumo, junto a un incremento del paro, y, por ende, nuevas dinámicas en la relación entre los sindicatos y el mundo empresarial. Parecía que los consensos alcanzados 30 años antes comenzaban a resquebrajarse por arriba. 

Junto a esta situación, el think tank de la Universidad de Chicago, los famosos Chicago Boys, comenzaban a hacer virar, con una poderosa financiación privada, los vientos hacia nuevas corrientes económicas y sociales. Un pensamiento económico marginal como el de la Escuela Austriaca (cuyos máximos representantes habían sido Ludwig Von Misses y Friedrich Hayek) estaba empezando a encontrar su espacio, desde la militancia activa. Sus cultivadores se habían preocupado de mantener vivas las ideas, a través de la Sociedad Mont Pelerin (fundada en 1947), para iniciar una ofensiva de los de arriba contra los de abajo, todo presentado como una aséptica «ciencia» económica, argumentando que sus ideas eran puramente técnicas y estaban desprovistas de cualquier consideración política. Al mismo tiempo, el modelo soviético experimentaba un momento de pérdida de apoyos en Occidente: las revoluciones de Hungría (1956) y Checoeslovaquia (1968) habían provocado la ruptura con los partidos comunistas occidentales, que desarrollaron la fórmula del Eurocomunismo, ideada por Enrico Berlinguer. 

Pero estos nuevos vientos comenzarían soplando en el ecuador del planeta. En 1973 estallaba el golpe de Estado del general Pinochet en Chile, momento en el que se articuló un proyecto de implantación del nuevo modelo económico desarrollado por los Chicago Boys, con Milton Friedman, discípulo de Hayek, a la cabeza. Las reformas económicas venían parejas al establecimiento de un sistema dictatorial, que proponía el endurecimiento del orden público y la guerra abierta contra la izquierda política. El neoliberalismo nacía, de esta manera, como modelo económico aplicable alumbrado a la sombra de un golpe militar y una operación de limpieza política a través del terror. 
Naomi Klein lo explica a través de la doctrina del shock, en el sentido de que la ofensiva era tan radical que los shocks permitirían acometer cambios profundos, tal y como sucedió en Chile (1973), Rusia (1991) o Irak (2003). Los cambios se comenzaron a operar primero en la “periferia global”, para después implantarlos en Europa tras el progresivo desmantelamiento del estado del bienestar y los servicios públicos ofrecidos por el mismo. La crisis financiera de 2008 supuso una ocasión magnífica para ahondar en estos campos, a través, incluso, de dudosas operaciones de rescate que ocultaban una suerte de neocolonialismo económico, incluso dentro de la propia Unión Europea, como demostró el caso griego. La todavía desconocida, aunque segura, profundidad de la crisis del COVID traerá operaciones de este tipo al tablero de juego, aunque aún no sabemos ni cómo ni con qué rotundidad. 


LA GUERRA CONTRA LOS SINDICATOS: EL FIN DEL CONTRATO SOCIAL; LAS NUEVAS RELACIONES LABORALES Y LA PRECARIEDAD. 

Ahora bien, eso pasó hace mucho tiempo y en una tierra lejana… ¿Cómo conecta con nuestro día a día, con la experiencia cotidiana del neoliberalismo? Bien, para contestar a esa pregunta tenemos que remontarnos al final de la década de 1970, a Reino Unido, cuando Margaret Thatcher accedió al poder a la cabeza del Partido Conservador Británico en 1979. Comenzaba entonces la contrarrevolución liberal, orquestada por el tándem Thatcher-Reagan. Thatcher, tal y como afirma Tony Judt, era una mujer que provenía de la clase media, pero que encarnaba los valores del pensamiento neoliberal. Durante su mandato desarrolló todo un vuelco moral y de perspectiva en cuanto al orden social. Si durante años se había tejido un entramado de protección social en el que la solidaridad era la base moral del mismo, Thatcher insufló en la descontenta sociedad inglesa un espíritu individualista, en el que destacarse sobre el resto, en el que ver los impuestos como una carga y a aquellos que caían en el paro o la pobreza como una lacra. Pero para ello, su objetivo primordial fue desarticular el equilibrio de la balanza del pacto social a favor del mundo de la empresa, lo cual pasaba fundamentalmente por el derribo del sindicalismo. 

Una sociedad en la que la cooperación es sustituida por la competición implica la lucha frontal contra los órganos fundamentales de asociacionismo obrero. Si bien es cierto que la teoría neoliberal minimiza la intervención del Estado en el mercado, no aboga por su desaparición en otros ámbitos. Unos de los sectores fundamentales en los que el Capitalismo neoliberal busca la intervención estatal es la organización del orden público y político. Esto se vio, por ejemplo, muy claramente en la guerra contra los sindicatos mineros de Reino Unido durante la época Thatcher, un período que pasó a la Historia por la profunda huella que dejó en la sociedad inglesa. Si bien es cierto que en aquel momento se optó por el empleo del poder coercitivo del Estado, la dominación de los gobernados no proviene sólo del uso de la violencia, la legitimidad es algo que hunde sus raíces en el consentimiento, incluso la benevolencia y la colaboración. La guerra de las Malvinas vino a demostrar que el nacionalismo podría funcionar como el impulso a un segundo mandato de Thatcher, y, de hecho, así fue. Después de la guerra localizada, las políticas neoliberales de Thatcher recibieron el “go on” de los ingleses a través de un segundo mandato de la Dama de Hierro, que seguía prometiendo bajadas impositivas que, a priori, parecían ventajosas. 

En España, por su parte, estas dinámicas afloraron de manera un poco más tardía durante los gobiernos socialistas de Felipe González, cuando la desindustrialización, la liberalización de sectores clave y la deslocalización de empresas provocaron una situación laboral más precarizada e incierta para miles de personas. Figuras como la de González, Blair o François Hollande, bien demostraron que no hacía falta pertenecer a una élite conservadora para implantar las medidas económicas neoliberales. Esto no ha hecho sino agravarse a lo largo del tiempo en un proceso común que se vive a nivel global. En EEUU la era Reagan supuso una inversión estatal desorbitada en el programa espacial (la famosa Guerra de las Galaxias), que desplazó un presupuesto inmenso de la sanidad o la educación, una suerte de keynesianismo militarizante. En Suecia, el Estado sufrió también una merma importante debido a las políticas de desregulación y lucha contra los sindicatos… 

La clave del proceso reside fundamentalmente en la desvertebración del pacto social de postguerra (principalmente en el caso de Europa Occidental), o bien la implantación de políticas económicas neoliberales a través del neocolonialismo y los órganos de gobernanza económica mundial: El Banco Mundial y El FMI. Como pasó en Argentina, durante los gobiernos primero de Menem y posteriormente de Kirchner, el recibo de ayudas económicas estuvo condicionado por la aplicación de medidas de flexibilización y desregulación, que finalmente acababan afectando con virulencia a ras social. Un proceso similar, que en ocasiones se llevó a cabo de manera “incruenta”, pero que en otras muchas (como tras la caída del Muro de Berlín y la desintegración del bloque soviético) implicó una autentica depredación por medio del shock (como afirma Naomi Klein) y, en determinados contextos, incluso llegó a suponer el auge de una suerte de neofeudalismo: como sucedió durante los años 90 en la República Rusa de Boris Yelstein, una situación que posteriormente “se corrigió” gracias a la recentralización del poder en la figura de Vladimir Putin y la implantación de la “democracia iliberal”. 

ORDEN, VIGILANCIA E INTERIORIZACIÓN DE LA CULPA EN EL ESTADO NEOLIBERAL 

En 1984, George Orwell afirma que “Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro”. Tal vez en los discursos culturales sobre la Segunda Guerra Mundial o el Bloque Soviético veamos un destello de este pensamiento. El modelo de control social que inspira 1984 se basa en un Estado totalitario, que por medio de la violencia y la represión controla a sus gobernados. Sin embargo, es más fácil identificar muchos de los elementos de nuestra sociedad contemporánea con la obra Un mundo feliz, de Aldous Huxley. En esta segunda distopía, Huxley presenta el soma, una droga que inhibe al sujeto de la realidad en la que vive, que acomoda a este a una realidad que le es hostil. El soma es una claudicaciónante una lucha que ni siquiera se sabe que existe, ante un mundo complejo e incomprensivo, en el que el orden del mismo exprime física y psicológicamente a sus individuos. 

El Estado neoliberal tiene un poco de Orwell y un poco de Huxley. La desarticulación de las certidumbres del pasado, como afirma Bauman, ha provocado una profunda crisis en la que el individuo se siente solo ante el mundo. El sindicato como medio de asociación y reivindicación de las demandas sociales ya no supone un espacio de comunidad como antes lo hacía. Si bien es cierto que no han dejado de existir los sindicatos, ahora se busca desde la individualidad la respuesta a problemas que son de orden sistémico, y que afectan en lo más profundo a la persona: “lo personal es político”. El coaching y la terapia se han convertido en las respuestas comunes de una sociedad cada vez más descohesionada, en la que la pobreza, la precariedad y la ansiedad ante un mundo en el que la posibilidad de vivir dignamente se desvanece, se han materializado en la espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas. 

Y, sin embargo, como afirma Byung Han, la sociedad del clickbyte y las interacciones es consciente de esta situación sin capacidad de articular una respuesta coherente y unívoca. La biopolítica foucaultiana se ha transformado en una psicopolítica en la que la culpa se interioriza como respuesta y explicación a una situación que no se puede concebir más allá del fracaso individual. Lo sistémico se esconde tras un manto fantasmal, que señala de manera furtiva los modelos a imitar (Amancio Ortega, Steve Jobs, Elon Musk…), mientras criminaliza y expulsa de la sociedad a aquellos que han caído del carro. La sociedad del 70-30%, como afirma Joaquín Estefanía, ha consolidado la criminalización del extraño, del otro, que encarna nuestros miedos más profundos y velados: el miedo a la pobreza, el miedo a la precariedad, el miedo a una vida sin dignidad… Algo que se manifiesta incluso en el entramado de las ciudades, en la disposición del mobiliario urbano y en la aporofobia que trasluce del mismo, incluso en épocas de supuesto gobierno progresista como es el caso de la alcaldía de Manuela Carmena. 

Y, sin embargo, el sueño sigue operando: lo onírico del mundo empresarial sigue siendo un modelo a imitar, el emprendimiento se constituye como materia educativa en la LOMCE wertiana y una de las competencias fundamentales y transversales de la ley se erige en el concepto de “espíritu emprendedor”. El funcionalismo educativo trabaja a toda máquina, en un modelo social en el que el emprendimiento supone un sueño, en el que el mundo de la empresa y los negocios se constituye como horizonte laboral desde la más tierna infancia, y en el que la culpa y la criminalización por el fracaso es la penitencia a sufrir por no cumplir las expectativas. 

Y en contradicción extrema a estos principios fundamentales: “el funcionariado, los reguladores, los parásitos que chupan de la manguera impositiva que esquilma a los buenos ciudadanos”. Pero la realidad no es otra que la consolidación del egoísmo y la individualidad como ethos del neoliberalismo; la caridad como principio rector de las relaciones verticales de la sociedad; el darwinismo social como elemento vertebrador de la justificación de la desigualdad. “No hay médicos en la Comunidad de Madrid” exclama sorprendida Isabel Díaz Ayuso, mientras enarbola una pomposa escenografía nacionalista y una soflama de arengas a la libertad. La cuestión es, ¿Se puede ser libre con el agua al cuello? 

LA SOCIEDAD DESCOHESIONADA 

Stiglitz o Varufakis, economistas de los que escasean en estos tiempos bárbaros, afirman que una sociedad desigual es una sociedad en la que pueden aflorar una caterva de peligros. La globalización capitalista ha supuesto la desarticulación del entramado productivo de muchos países para que las empresas desplazaran su producción a lugares en los que las legislaciones laborales son mucho más laxas. Esto, unido a la desaparición de las fronteras financieras ha generado una fuga de capitales a paraísos fiscales en los que los Estados nacionales no pueden intervenir. La soberanía económica se ha diluido frente a organismos transnacionales como el Banco Mundial, la Unión Europea o el FMI. Ante este mundo global, la maniobra de acción que tienen los ciudadanos es bastante limitada. Hoy día los ciudadanos adquieren el rol preferente de consumidores, y sus decisiones cotidianas se toman en base a la elección: ¿Estos o aquellos cereales de chocolate, esta u esta otra marca de leche, la chica rubia de Tinder o la chica morena de Tinder? Nuestras decisiones cotidianas se articulan alrededor de una lógica de consumo, en la que todo es efímero, en la que se desarticula cualquier tipo de elección consciente, porque la oferta es tan amplia que hay infinidad de decisiones posibles y nunca hay ninguna definitiva, siempre hay opciones, de manera sugerente aparecen constantemente ante nosotros. 

Esto no hace sino acentuar la soledad de los individuos en la sociedad neoliberal, en la que las relaciones con los demás son cada vez más frágiles, más superficiales, más “líquidas”. Cuando los lazos comunitarios se desarticulan se tiende a un proceso de guetificación, tal y como sucede en muchas ciudades. Las sociedades desiguales son sociedades descohesionadas, en las que las experiencias compartidas van desapareciendo poco a poco. 

En muchas ocasiones este proceso viene acompañado de un racismo y un clasismo sistémicos. Las palabras de Ayuso sobre el crecimiento de la delincuencia, la “ocupación” y la inmigración ilegal como consecuencia de la crisis sanitaria, encuentran ecos distantes en el tiempo y el espacio más allá del océano Atlántico. Durante la década de los años 70 Richard Nixon pudo llevar a cabo su agenda económica no porque fuera un proyecto de élites, sino como parte de la retórica de la guerra cultural y racial por el alma de América. A finales de los años 60 se creó el mito de que el Estado del Bienestar era la quinta columna soviética para destruir América y que ayudaba sólo a la población negra. Esta filosofía se filtraba también en el pensamiento de personajes como Thatcher o Clinton, que incluso remontaba a épocas aún anteriores, a los escritos sobre economía política de Bernard Mandeville (1732): “No tienen nada que le induzca a ser útiles más allá que sus necesidades, que es prudente mitigar, pero absurdo eliminar”. Si los trabajadores no están desesperados, ¿Por qué van a trabajar? Las palabras de Ayuso esconden un clasismo y un racismo que resuena en el tiempo y que quedan sancionados, entre otras cosas, con la educación. En el neoliberalismo todo se concibe como una elección desde la libertad. La escuela concertada y privada y sus defensores muestran con virulencia esta incoherencia democrática. 

Siguiendo el silogismo: Si la educación se convierte en un mercado competitivo, aquellos productos que mayor precio tengan deben sin duda alguna ofrecer una mejor formación, más eficiente y competitiva, que garantizará unas mejores oportunidades para aquellos que la cursen. Un infalible ascensor social. 

Nada más lejos de la realidad: La compartimentación educativa en un sistema público, uno semi- público (concertado) y otro privado no hace sino alejar a la comunidad de un sentido de identidad basado en la solidaridad y las experiencias comunes. Este segregacionismo suele mostrar a aquellos que optan libremente (a través de su inflado poder adquisitivo) por el sistema privado que pertenecen a una suerte de casta aristocrática. Esta experiencia desigual de la educación implica asimismo una experiencia desigual ante las normas comunes de convivencia social y la experiencia en diversidad que ofrece la escuela pública. 

Esto no sólo es nocivo en el sentido de que vaporiza cualquier pretensión de crear una sociedad diversa y plural en la que inculcar valores cívico-sociales en un marco de convivencia y cooperación entre personas procedentes de lugares, realidades sociofamiliares y económicas diferentes; sino que ataca principios básicos de la convivencia democrática. La descohesión social es un terreno fértil en el que puede aflorar la otredad y el odio al extraño, que, como en la novela de Orson Scott Card, El juego de Ender, se basa en el desconocimiento y la alterización de un enemigo sin rostro. 

COMMON SENSE NEOLIBERAL 

Nuestros deseos y esperanzas, anhelos y aspiraciones nos han sido impuestos no por la fuerza, sino por la seducción. La “racionalidad” objetivista del neoliberalismo plantea que no hay otra vía, que “es lo que hay que hacer”, que es el camino idóneo por el que transitar la vida. Las operaciones de cirugía social y económica se aceptan, con mayor o menor reticencia, gracias a un proceso de colonización del pensamiento, como afirmaba Gramsci, que ha sancionado una serie de modus vivendi y un ethos social común. Una forma de ver la sociedad y la economía que incluso llega a colonizar el pasado a través de visiones edulcoradas y estéticas del mismo. ¿Cuántas veces hemos escuchado que de manera escatológica el comunismo estaba destinado a desaparecer como modelo socio-político? ¿O hemos asociado los tonos grises y decadentes que vemos en el cine hollywoodiense con los regímenes de la Europa del Este?

A día de hoy, las facultades están inundadas de alumnos que guiados por las promesas de una vida de emprendimiento deciden estudiar economía y administración de empresas. Se ha generado un habitus social (Bourdieu) en el que la eficacia, la productividad y la autodisciplina se han convertido en valores compartidos. El mundo de la empresa ha colonizado las experiencias sociales, llegando incluso a aplicar lógicas empresariales a las relaciones humanas, deshumanizándolas e instrumentalizándolas. Esta ética neoliberal ha llegado incluso a plantear que todos podemos ser empresarios, emprender, arriesgar y ganar. El capitalista ya no precisa, como afirma Javier Díez Gutiérrez, de arriesgar su capital: “Sé tu propio jefe y define tu horario” es el mantra de compañías como Uber, Cabify o Deliveroo, que han impuesto un modelo laboral basado en la hiper-precariedad y el autodisciplinamiento. Isabel Díaz Ayuso planteaba en una de sus disparatadas intervenciones la alternativa: 

“Cuando la gente habla de empleo basura me parece que es ofensivo para esa gente que come basura o que es, efectivamente, una basura. Hay gente que es basura absoluta y que preferiría que habláramos de la basura como de algo bueno. Es verdad que, si efectivamente son gente que es una basura, pues que les den mucho por culo. Pero vaya, que empleo basura- basura no hay. ¿Quién pagaría a alguien por fingir que es una bolsa de basura? Nadie, o muy poca gente”. 

Cuando la alternativa a una vida precaria es una vida sin dignidad, la respuesta parece evidente. Arriesgarse a perder la fina cornisa a la que uno se aferra parece una conducta suicida. Quién sabe qué nos deparará el futuro… Sólo espero que nuestros hijos no escriban en sus redacciones escolares: “Yo de mayor quiero ser como Amancio Ortega”, sólo para descubrir que el mito del emprendimiento deja miles de cadáveres espirituales a su paso.

 

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