No es incesto, es abuso de poder

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El problema del abuso sexual de menores emerge con fuerza y la sociedad va tomando conciencia de sus dimensiones y de las graves consecuencias que puede tener para las víctimas.

Recientemente ha provocado un gran escándalo en Francia la divulgación de casos de abuso intrafamiliar, a partir de la publicación de un libro de Camille Kouchner, hija del exministro de Relaciones Exteriores y Europeas Bernard Kouchner, en que se relataban los abusos que sufrió su hermano cuando tenía 14 años, cometidos por su padrastro, el famoso politólogo Olivier Duhamel. Tras el escándalo se ha abierto un encendido debate sobre lo que en muchos medios se ha denominado “incesto”.

Hablar de incesto es una mala manera de abordar la cuestión. Incesto es la relación sexual entre personas unidas por vínculos de consanguinidad, lo cual infringe un poderoso tabú, bien conocido por la antropología.

En algunas legislaciones ciertas relaciones incestuosas son definidas como delito, pero un principio básico de un derecho penal democrático establece que el Estado tan solo debe intervenir en las relaciones entre ciudadanos cuando uno de ellos ha resultado lesionado en un bien jurídico esencial.

Si dos o más sujetos practican actividades sexuales como personas libres e iguales prevalece la libertad y toda intromisión del Estado es ilegítima. La situación es bien distinta si uno fuerza a otro o bien saca ventaja de una situación de superioridad.

Esto sucede cuando alguien mantiene relaciones sexuales con una persona que no tiene las condiciones biológicas o psíquicas necesarias para comprender la trascendencia de los hechos o para decidir libremente. En tales casos nos encontramos ante un abuso sexual.

El abuso sexual es una forma de abuso de poder. Afirmaba Oscar Wilde que todo va de sexo menos el sexo, pues el sexo va de poder. La hipérbole nos ayuda a percibir el problema. En el abuso sexual lo esencial es el abuso, no el sexo.

Es el abuso lo que daña, lo que no es tolerable. A la sociedad no solo le ha costado tomar conciencia sobre la gravedad del abuso sexual a causa de la pesada herencia del puritanismo (el sexo como tabú), sino también a causa de una reacción emancipadora que a veces no ha sabido distinguir el sexo del abuso de poder.

El abuso de poder

En el poder habita el abuso como potencia. Que la potencia lleve al acto depende de las circunstancias concurrentes. La criminología estudia los factores de riesgo y los factores de protección que impiden que el poderoso dañe a otros.

Cuesta hablar de abuso sexual. Es todavía un tabú, especialmente cuando ocurre en el ámbito intrafamiliar, porque aparece asociado a otro tabú que nos resistimos a cuestionar, el mito de la familia feliz.

Queremos pensar que la familia es el oasis de paz y bienestar que nos protege de los peligros del mundo. Sin embargo, hoy la ciencia nos permite saber que la familia está lejos de esta expectativa para muchas personas. Esta constatación es especialmente dolorosa cuando pensamos en personas que se encuentran atrapadas en relaciones abusivas, como sucede con los niños víctimas de los abusos de sus padres, padrastros, abuelos, hermanos o tíos, entre otros.

Cuando no se denuncia

Para muchas personas es difícil entender por qué la mayoría de víctimas no denuncia y, si lo hace, por qué muchas luego no son capaces de mantenerse firmes. La investigación con víctimas de abuso sexual infantil ha mostrado que hay una serie de barreras que estas tienen que superar.

Ante todo están las barreras intrapersonales. Las personas abusadas pueden no recordar los hechos, a causa de amnesia disociativa, o pueden no ser capaces de reconocerlos. El carácter crónico de los abusos y la adaptación a la realidad dificulta la comprensión.

En un estudio basado en entrevistas a adultos que habían experimentado abuso sexual infantil algunos explicaron que les costó tiempo poner nombre a lo que habían vivido. Vemos de nuevo la importancia de hablar del abuso sexual y utilizar el lenguaje adecuado para elaborar y contar la experiencia.

No menos relevantes son las barreras de carácter interpersonal. El abuso sexual frecuentemente surge en un entorno familiar en que concurren otros problemas. Además de los abusadores puede haber encubridores, personas que anteponen sus necesidades y miedos al deber de proteger a sus hijos menores.

Los abusadores prohíben hablar a sus víctimas y tejen una red de manipulación y mentira en torno a ellas, en la que pueden participar otros miembros del grupo. Romper el orden familiar construido sobre esta red persistente exige una inteligencia y una valentía que pocas personas tienen en estas situaciones.

Una víctima nos contaba el conflicto de lealtad que su madre tenía entre protegerla y proteger a su hermano abusador de la justicia. Las propias víctimas pueden estar atenazadas por dilemas semejantes y sentir la necesidad de proteger a sus abusadores.

Las barreras institucionales

Finalmente, existen las barreras institucionales. El sistema de justicia penal no ha sido diseñado para hacer frente a la victimización intrafamiliar y resulta un espacio hostil para las víctimas, especialmente las menores de edad.

Son necesarias reformas y una mayor formación y sensibilización de los profesionales para proteger a las víctimas, tanto del abuso sexual y sus consecuencias como del sistema de justicia.

También hay que reclamar una mayor concienciación de todos quienes tienen contacto con los menores. La justicia penal es solo el último remedio y un mal remedio. Hay que hablar del abuso sexual, conocerlo y reconocerlo, para poder reconocer y proteger a las víctimas y diseñar intervenciones profesionales adecuadas con las familias que necesitan apoyo.

Solo detectando los casos y actuando a tiempo con mecanismos adecuados podrá impedirse que los patrones de abuso instaurados en ciertas familias se sigan reproduciendo.

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Josep-Maria Tamarit Sumalla no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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El reconocimiento nacional de Gibraltar: ¿Un efecto inesperado del Brexit?

Celebración del _Gibraltar National Day_ en 2013. Wikimedia Commons / InfoGibraltar, CC BY-SA

Atrás quedó la posibilidad de un Brexit duro. El comienzo de 2021 ha traído un escenario sorpresa que tal vez muchos no habían imaginado. La verja de Gibraltar podría desaparecer. No porque se vayan a revertir los efectos del Tratado de 1713. Tampoco porque Gibraltar se incorpore al Estado español. La sorpresa es la permanencia de este territorio británico de ultramar (BOT por sus siglas en inglés) en el espacio europeo.

Las diplomacias británica y española decidieron el último 31 de diciembre aplicar una solución específica a Gibraltar. En eso, el Peñón se distinguiría de otros BOT, que quedan en una delicada situación tras el Brexit.

El ministro principal de Gibraltar celebraba en su discurso de Año Nuevo la esperanza de un principio de acuerdo. Las representaciones diplomáticas tienen como límite el inicio del verano para la firma de un tratado. Según parece, la cuestión de la desaparición del límite fronterizo está sobre la mesa.

Ni española ni exactamente británica

La cuestión de la soberanía siempre ha estado presente en las vidas de la ciudadanía gibraltareña. El discurso anacrónico de reivindicación de la soberanía española ha ignorado que, en el Peñón, se ha ido conformando una comunidad nacional durante más de tres siglos. Una comunidad no española…y británica a su manera.

Esta comunidad ha reivindicado y conseguido tener voz política propia. De hecho, cuando se la ha tenido en cuenta es precisamente cuando más se ha avanzado en el desarrollo de la región a ambos lados de la Verja. Para una lectura transfronteriza completa de esta cuestión, remitimos al necesario trabajo de Juan José Téllez.

Gibraltar es especial, como también lo es la comarca andaluza a la que da nombre. Y, dentro de esta, el municipio vecino de La Línea de la Concepción.

Un ejemplo lo encontramos en el dictamen encargado por su ayuntamiento a Antonio de Cabo de la Vega. En este informe se recomienda la conversión de La Línea en ciudad autónoma, sobre la base del artículo 144 de la Constitución. El mismo que se aplicó para la creación de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla.

El cambio de estatus vendría precisamente de su situación de ciudad fronteriza. También de su dependencia económica con Gibraltar. En el actual contexto pos-Brexit, la atribución de una mayor entidad política a La Línea le permitiría tener una relación más fluida con Gibraltar. Ambas partes serían más independientes para administrar el día a día.

Gibraltar nunca fue colonizado

Más allá de la cuestión jurídica, la existencia de una frontera entre el Peñón y el istmo ha sido clave en la conformación de una identidad gibraltareña. El historiador Stephen Constantine subraya que las autoridades de Reino Unido tuvieron la idea inicial de colonizar el Peñón con población británica.

Esa estrategia fue contrariada por el número constante de personas de origen mediterráneo que se establecieron en el lugar. Esa población era menos británica de lo que las autoridades de Londres habrían deseado. Procedía de migraciones voluntarias de personas atraídas por el comercio y las oportunidades de trabajo que ofrecía la base militar establecida en un principio. Sus efectivos se han ido reduciendo progresivamente desde 1991. A día de hoy, estos son solo unos cientos y su función parece ser más de índole geoestratégica.

El estatus oficial del territorio terminó siendo el de colonia, pero su historia no es la de un pueblo «sometido» o «colonizado», sino la de una nueva identidad mestiza formada bajo el paraguas común de la britaneidad. Como afirma el profesor Andrew Canessa, se trataría de una identidad británica específicamente gibraltareña. En ese sentido, Gibraltar comparte recorrido con otros territorios que alcanzaron un grado de autonomía completa con respecto a la metrópoli.

Un ejemplo sería el de Malta, que autores como Keith Azopardi y David Arrigo han comparado con el Peñón.

Frente al exterior, dos han sido las amenazas con más peso a la hora de construir esa identidad. Por un lado, la reivindicación permanente de España. Por el otro, los momentos de acercamiento entre las diplomacias de los dos Estados en conflicto. Este acercamiento ha supuesto un riesgo para los gibraltareños de que no se escuchase suficientemente su voz.

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Gibraltar: un microterritorio con entidad nacional

Es necesario recordar una serie de elementos de la realidad nacional de Gibraltar en su etapa ya poscolonial. Entre ellos podemos citar que cuenta con su propia Constitución y con una organización parlamentaria y judicial específica. Dispone igualmente de unos límites geográficos y de unos rasgos identitarios y lingüísticos claros.

Estos hacen de él un microterritorio, como muchos de los que existen en el mundo. Los microterritorios tienen formas diversas de personalidad jurídica. Sin embargo, lo que los caracteriza es su dimensión social, cultural e histórica.

Refuerzan esta personalidad propia, distinta a la española y la británica, elementos como la moneda (la libra gibraltareña), una bandera o una selección nacional de fútbol. Tienen dos himnos: uno oficial en inglés y otro oficioso en español, que evoca una historia compartida de sufrimiento (la evacuación tras la Segunda Guerra Mundial). ¿Los hace esto españoles? En absoluto. Si acaso les recuerda y refuerza su unión como comunidad también frente a los intereses británicos, que no siempre han coincidido con los suyos.

¿Debe Gibraltar convertirse en otro Estado?

¿Estamos queriendo decir que Gibraltar debería convertirse en otro pequeño Estado del sur de Europa, como San Marino? La cuestión de la soberanía nos resulta fuera de lugar cuando se trata de pensar la realidad de los microterritorios. Como Zbigniew Dumieñski, pensamos que lo que define a estas entidades no es solo su superficie o su población. Estas son magnitudes cuyos límites son difíciles de establecer. Lo que define a los microterritorios, en este caso, es la mayor o menor protección que terceros Estados pueden ejercen sobre ellos. Esto implica una concepción variable de la soberanía.

Andorra es un Estado soberano y miembro de la ONU y dispone de la vacuna de la COVID-19 gracias a los convenios firmados con Francia y España. Seguramente sola no habría podido conseguirla. ¿Y España? Dispondrá de vacunas gracias a negociaciones efectuadas por la Comisión Europea. La soberanía, a estas alturas, es un concepto muy relativo.

Parece que la permanencia de Gibraltar como microterritorio con una realidad nacional propia cada vez depende menos de las relaciones Londres-Madrid y más del contexto multilateral y abierto de la Unión Europea. Con todo, la diplomacia de los despachos no puede ignorar la realidad de los fenómenos sociales que se vienen desarrollando en ese rincón de la Península Ibérica desde hace ya siglos.

No hay postura más colonial que la de pretender decidir el destino de una población sin contar con su voluntad. Parece que, al fin, en una mayor sintonía con el siglo, la diplomacia española está en condiciones de empezar a asumir que Gibraltar, antes que nadie, se pertenece a sí mismo.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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Los nuevos lazos sociales en la ‘era Zoom’: el valor de la presencia

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Un año después del inicio de la pandemia, podemos aventurar algunas hipótesis acerca del futuro poscovid.

La primera, que el “acontecimiento covid-19” no ha sido un paréntesis en nuestras vidas. No se trata de una interrupción temporal a partir de la cual seguir con la vieja normalidad.

Lo calificamos de acontecimiento porque, como sindemia, no solo supone una crisis sanitaria, también el agravamiento de desigualdades ya existentes.

Tampoco debemos olvidar la aceleración de importantes cambios en nuestras prácticas y en nuestros lazos sociales. Esos que ahora son más virtuales que nunca.

Una situación así tiene un efecto traumático y disruptivo. Al fin y al cabo, desencaja los marcos existentes. Introduce novedades cuya subjetivación individual, pero también colectiva, requiere de un tiempo. Además, incluye algunos duelos especialmente dolorosos.

¿Qué cambios podemos esperar de esta pandemia del siglo XXI? El precio, hasta la fecha, ya lo conocemos: más de 2,5 millones de fallecidos, miles de secuelas físicas y psicológicas, crisis económica de largo alcance y un aumento de los conflictos sociales, que perdurará.

Respecto a los cambios que darán forma a ese mundo poscovid propongo tres, desarollados en El mundo pos-COVID. Entre la presencia y lo virtual.

La vida algorítmica y la efervescencia de lo virtual

Desde el teletrabajo hasta el sexo online, las fronteras entre la presencia y lo virtual se modificarán notablemente.

Podremos viajar en experiencias de realidad virtual sin movernos del sofá, libres de virus y de contagios. También satisfacer nuestras fantasías sexuales en formas no vistas hasta ahora. Incluso confundir el sueño y la vigilia con imágenes recibidas a través de chips corporales. Todo ello en compañía o en la más estricta soledad.

Dispondremos, en mayor cantidad y funciones, de todo tipo de robots: de cuidados, de información, de ocio, domóticos, terapéuticos… Hasta el punto de realizar cualquier terapia sin salir de casa.

Las compras, la educación, la salud, el ocio, el trabajo, el sexo, los intercambios profesionales y amistosos, la participación política… Ahora todo es susceptible de virtualizarse.

La pandemia ha supuesto un acicate para ese salto virtual. Por ende, un gran negocio para muchas empresas tecnológicas y de logística online.

La cuestión es hasta qué punto queremos limitarnos a esa “vida que nos conviene según los algoritmos”. Hasta qué punto queremos “confinarnos” voluntariamente, rodeados de objetos sin presencia. Sí, es una elección personal, pero también colectiva.

El odio (y sus burbujas), base de la polarización social

La pandemia nos ha mostrado cómo las tecnologías, en su lógica algorítmica de “más de lo mismo” –que aleja de nosotros lo diferente, que no concuerda con nuestras ideas–, crean las burbujas de comunicación que serían lazos de odio.

Nos proporcionan una ilusión identitaria. Un último refugio en un mundo globalizado donde cada uno cuenta sólo como una cifra o un código. Ahora bien, también puede ser nuestra peor prisión, por su carácter de identificación segregativa.

Ante el sentimiento de desarraigo, generado por el anonimato propio de la globalización, surgen los discursos de odio. Estos alimentan la nostalgia de un pasado mítico y un sentimiento de pertenencia, agrupados en un “Nosotros”, pero segregados y confrontados a “los otros”.

Las fake news serían así la buena nueva de este retorno de la religión (re-ligare) como consuelo ante el desamparo subjetivo y social. Al tiempo, la clave de una polarización social cuya brecha no hace sino crecer.

El valor de la presencia

Es un hecho que, a medida que las pantallas están más presentes en la vida de los pobres, desaparecen de la vida de los ricos, que prefieren la interacción humana.

En el mundo poscovid, el contacto cuerpo a cuerpo, cara a cara, en condiciones saludables, será un lujo al que muchos no podrán acceder. La presencia quedará sólo al alcance de unos pocos que puedan pagarla.

Para la mayoría de la población, lo digital se convertirá en su sustituto low cost.

La buena noticia es que los lazos sociales entre nosotros, cuerpos hablantes, requieren algo más que palabras e imágenes retransmitidas.

No olvidemos que la presencia es apostar por un futuro poscovid donde el deseo y el encuentro con los otros siga siendo la causa que propicie los intercambios. Donde también haya lugar para el vacío y el aburrimiento. Eso inútil e improductivo, cuya única razón de ser es la búsqueda del lazo con el otro y las invenciones que de ese vínculo puedan surgir.

Decía el filósofo Santiago Alba Rico que el riesgo cuando hay implicados dos
cuerpos no es tanto el de contagiarse, sino “el de condolerse, el de amarse, el de entenderse o, al menos, el de escucharse y a veces el de discutir. Solo entre cuerpos ocurren esas cosas”.

El mundo poscovid encontrará, sin duda, sus buenas fórmulas para el híbrido presencia-virtual.

Eso requiere de una conversación permanente que, a partir de la presencia –sin ignorar lo virtual– incluya la sorpresa, el humor y el sinsentido como ingredientes básicos que preservan nuestra singularidad. Aquello que nos define como seres hablantes.

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José Ramón Ubieto Pardo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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‘Goyas’ con máscara

Proceso de elaboración de las estauillas de los premios Goya. Premio Goya / ©Alberto Ortega

El presidente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, Mariano Barroso, reconoce en la web oficial de la institución que los premios Goya serán “especiales, distintos, responsables”. Pero es que no queda otra en el año de la Covid, que tanto daño ha infligido al propio cine español, con rodajes aplazados o ralentizados y, sobre todo, con aforos reducidos o clausura de pantallas. A fin de cuentas, estas son el lugar finalista en donde las películas aspiran a simpatizar con sus espectadores, razón de ser de la industria audiovisual de un país.

No es adagio, pero podría serlo: “Un país sin cine es un país muerto”. Por eso estaremos más que nunca junto a los Goya del próximo 6 de marzo en el malagueño Teatro Soho Caixa Bank. Será una ceremonia, añade Barroso, “extremadamente contenida y extremadamente responsable”.

Las circunstancias obligan y la simbólica alfombra roja se limitará a tener en sus butacas a nominados y entregadores de premios, ejerciendo como presentadores la periodista María Casado y el actor Antonio Banderas, quizá el que más razones tenga para odiar al virus por haberle chafado la gala en su propia ciudad. Todas y todos embozados: otro calvario para quienes tienen el rostro como principal sostén de su popularidad, aunque sean legión los restantes, aquellos cuyos nombres y oficios jalonan los títulos de crédito.

Otra jugarreta de la covid es que profesionales en particular, y público en general, tendremos de seguirlo desde el variado espectro de pantallas a nuestra disposición, excluyendo, paradójicamente, la única a la que aspiraban los equipos implicados en todos los filmes candidatos: la pantalla grande. Esa que en 2020 apenas ha podido acoger estrenos. Para buena parte de los títulos que han logrado acceder a una sala, fue a cambio de taquillas irrisorias. Realmente un panorama desolador. Aunque siendo pragmáticos, nunca tan fácil lo puso Hollywood al ceder su dominante cuota de mercado a otros cines nacionales, el nuestro sobre los demás.

Un año más español que nunca

Con todo, tampoco conviene olvidar que –como instituciones semejantes por el mundo adelante, que anualmente también conceden sus premios– la Academia de Cine española es un club privado. Como tal, sus miembros eligen según sus gustos, no siempre coincidentes con quienes estamos al otro lado, sentados en las butacas aguardando a que las luces se apaguen y los proyectores emitan su fulgor.

Primero fueron los Oscar, allá por 1929, y años después sus ondas se expandieron a otros países, casi como clones inmutables. Y aunque los tiempos fueron cambiando y con ellos las costumbres y los hábitos de consumo audiovisual, el esquema permanece casi inalterable en lo esencial.

Por eso, quizá sea llegado el momento de solicitar que a los votos emitidos por los insignes académicos se sumen también los del público soberano, e incluso los de la crítica. Mecanismos hay, sobrados y con garantías suficientes. No se entiende de otra manera que galardones ya asentados entre nosotros, como los premios Forqué y más recientemente los premios Feroz, sean ya, más que precedentes de los Goya, realmente sus competidores. Eso, sin añadir los otorgados por las asociaciones profesionales de cada comunidad autónoma, en buena parte surgidas para superar lo que pareciera –quizá sin pretenderlo– un veto centralista a sus aspiraciones.

En fin, que el tema da para mucho debate, siempre desde el afán de dotar de credibilidad a Goyas y otros galardones ante un público que –reconozcámoslo de una vez–, todavía no está en condiciones de sucumbir fascinado a su reclamo. Entre otras razones, porque muchos de los filmes premiados o ya han desaparecido de cartel o regresan tímidamente a la pantalla grande.

Las cinco finalistas

Vayamos ahora con una valoración sobre los aspirantes a la categoría reina, el Goya a la mejor película, a la postre el más apetecible y el que acaba haciendo historia. Son cinco finalistas con la calidad por bandera y avalados por una buena acogida crítica ya que la pandemia les vetó la taquilla.

Junto a su incuestionable acabado formal, se cobijan por derecho propio bajo el paraguas del cine social, invitando a la reflexión más allá de sus afanes por entretener. El drama de la inmigración se afronta en Adú, de Salvador Calvo, con 13 nominaciones. Nueve nominaciones reúne la delicada mirada sobre la infancia y la adolescencia de Las niñas, de la debutante Pilar Palomera. El tragicómico retrato de mujer, La boda de Rosa, de Iciar Bollaín, aspira a ocho.

Se les suman las cinco de Ane, con el terrorismo de ETA como fondo a cargo del debutante David P. Sañudo, y de la inteligente comedia Sentimental, de Cesc Gay. Claro que, si a este crítico le preguntasen sobre a cuál ve como ganadora, apostaría por la ópera prima de Palomera, que ya trae en su zurrón la Biznaga de Málaga y el Forqué, además de ser una sobresaliente introspección en el universo femenino a través de la memoria personal.

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Miguel Anxo Fernández Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Ecocidio: justicia para las víctimas del crimen ambiental

Protesta para exigir responsabilidades por el desastre de Bhopal (India). Bhopal Medical Appeal / Flickr, CC BY-NC

El número de víctimas de desastres ambientales está aumentando y se espera que lo siga haciendo en el futuro. Sin embargo, el ecocidio como crimen internacional ha permanecido invisibilizado. La oposición de ciertos estados, movidos por intereses económicos y por lobbies empresariales, han postergado su reconocimiento.

Es necesario reconocer el ecocidio como crimen. Se trata de la respuesta de la comunidad internacional a la defensa del planeta y a la justicia universal.

Miles de desplazados y enfermos

Los desastres ambientales no han dejado de sucederse. Han producido innumerables daños humanos que se perpetúan y afectan a generaciones presentes y futuras.

El accidente químico de 1984 en Bhopal (India) provocó el desplazamiento de más de 200 000 personas. Además, causó 20 000 muertos y 500 000 damnificados. El desastre continúa debido a la saturación del suelo con productos químicos.

Una zona de 30 000 kilómetros en Chernóbil (Ucrania) permanece todavía deshabitada y contaminada desde 1986. La Unión Soviética evacuó a 335 000 personas. La contaminación radiactiva tiene una media de vida de 25 000 años.

En 1989, en Alaska, el vertido de la petrolera Exxon Valdez provocó contaminación a muy largo plazo. La alteración de la cadena alimentaria y el ecosistema de las costas aún persiste.

En España, entre 1965 y 2002 se han sucedido los vertidos de buques en la costa gallega. El hundimiento del Prestige en 2002 causó una marea negra en alrededor de 3 000 kilómetros de costa. Hubo que esperar al 2018 para obtener una sentencia definitiva.

Voluntarios limpiando las playas gallegas tras el vertido del Prestige. Stéphane M. Grueso / Flickr, CC BY-SA

En 2010, se produjo el hundimiento de la plataforma Deepwater Horizon de la petrolera británica British Petroleum. Causó pérdidas humanas y efectos irreversibles en la flora y la fauna en el Golfo de México. La recuperación económica y social de la zona aún está lejos de alcanzarse.

Tras el accidente nuclear de 2011 en Fukushima (Japón), 99 000 personas continúan desplazadas. El riesgo de la radiación es una preocupación en áreas donde las órdenes de evacuación del Gobierno han terminado.

En China, 80 millones de personas fueron desplazadas por megaproyectos (represas, embalses) entre 1950 y 2015. En la India, 65 millones entre 1947 y 2010.

Desde que Bolsonaro asumió el poder, la Amazonía brasileña ha perdido más de 3 000 kilómetros cuadrados de bosque. Se han reducido y eliminado los esfuerzos para combatir la tala, minería y explotación ganadera ilegales.

En 2020 se produjo el vertido de más 20 000 toneladas de combustible en el círculo polar ártico. La causa: el derrumbe de un depósito de combustible de la central termoeléctrica en la ciudad de Norilsk. La escala del desastre es comparable al accidente del Exxon Valdez de hace 30 años.

Imágenes de satélite que muestran el derrame de unas 20.000 toneladas de diésel en Norilsk. ESA.

Las víctimas

Los desastres ambientales no afectan a todos por igual. Sus consecuencias son proporcionales a la vulnerabilidad de las comunidades y territorios. El escaso desarrollo socioeconómico limita la capacidad de resistir. Por eso ciertos grupos de personas o regiones del mundo son más vulnerables.

Las víctimas se enfrentan a dificultades similares a las que padecen las personas afectadas por los conflictos armados. El desastre ambiental incide directamente en los derechos humanos. Pierden su grupo familiar, vivienda, territorio, documentación y propiedad. Se amenaza su vida, integridad, libertad y seguridad personal.

El daño se perpetúa, impide el ejercicio de sus derechos a las generaciones presentes y futuras. Nos encontramos ante una victimización difusa, oculta incluso. Muchas de estas víctimas no han nacido todavía.

El daño, el peligro, se produce de forma lenta, gradual y no inmediata. La víctima tiene un carácter colectivo e intergeneracional. No solo es humana, abarca ecosistemas y otras especies. El impacto se produce en detrimento de la toda la colectividad, sobre bienes comunes a la humanidad.

Reconocimiento del ecocidio como crimen

El Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, que entró en vigor en 2002, reconoce cuatro crímenes internacionales: genocidio, crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y agresión. La justicia universal cerraba las puertas a las víctimas del crimen ambiental. No se incluyó el crimen ecológico internacional.

El borrador del Estatuto de Roma, en su redacción original, incluía los delitos medioambientales como quinto crimen. Contó con el voto favorable de 50 países. Se suprimió por la oposición de países como Francia, Holanda y Estado Unidos.

En el presente siglo, Polly Higgins defendió la primera definición legal de ecocidio ante la ONU en 2010. Su propuesta originó el movimiento social End Ecocideon Earth en Europa.

En 2012, surgió la iniciativa Acabemos con el ecocidio en Europa: una iniciativa ciudadana para dar derechos a la tierra. Su objetivo: proponer una directiva sobre el ecocidio y lograr una normativa uniforme en el ámbito europeo. El proyecto no prosperó.

El ecocidio reconoce que los graves daños medioambientales no son un problema local, sino que afectan a la comunidad internacional e inciden en los derechos humanos. Ante la debilidad de los derechos nacionales para sancionar a las empresas multinacionales y corporaciones públicas o privadas, debe actuar la justicia penal internacional.

La justicia universal

La justicia penal internacional actúa sobre la base del principio de complementariedad con las jurisdicciones nacionales. En los casos en que los estados no ejerzan su competencia, o no estén en condiciones de hacerlo.

Las víctimas ambientales buscan la no impunidad y la justicia. Se enfrentan a un problema de graves y grandes dimensiones: su supervivencia y la de los ecosistemas. Negarles la justicia universal supone cerrar su visibilidad y reconocimiento. Es no reconocer el carácter global y la dimensión del conflicto.

Nos encontramos ante una dimensión jurídico-supranacional, lo que obliga a la intervención del derecho penal internacional. Ya sea desde tribunales nacionales o internacionales, debe aplicarse, en suma, una justicia universal.

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Margarita Trejo Poison does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

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¿Pueden las personas vacunadas transmitir el coronavirus?

Los vacunados se preguntan si pueden relajar el distanciamiento social y el uso de la mascarilla. AP Photo/Darko Bandic

¿Previene completamente las infecciones la vacunación? La respuesta corta es no. Usted aún puede infectarse después de haber recibido su vacuna. Pero sus posibilidades de enfermar gravemente son casi nulas.

Mucha gente piensa que las vacunas funcionan como un escudo, impidiendo que un virus infecte las células por completo. Pero en la mayoría de los casos, una persona que se vacuna está protegida contra enfermedades, pero no necesariamente contra infecciones.

El sistema inmune de cada persona es un poco diferente, por lo que cuando decimos que una vacuna tiene una efectividad del 95% eso solo significa que el 95% de las personas que se han vacunado no enfermarán.

Estas personas podrían estar completamente protegidas de la infección, o podrían estar infectadas pero permanecer asintomáticas porque su sistema elimina el virus muy rápidamente. El 5% restante puede infectarse y enfermar, pero es muy poco probable que esas personas sean hospitalizadas.

La vacunación no evita las infecciones al 100%, pero en todos los casos le confiere al sistema inmune una gran ventaja frente al coronavirus. Ya sea una protección completa contra la infección o, si desarrolla algún nivel de enfermedad, siempre estará mejor después de recibir su dosis de vacuna que si no la hubiera recibido.

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Las vacunas previenen enfermedades, no infecciones. National Institute of Allergy and Infectious Diseases, CC BY

¿Infección significa siempre transmisión?

La transmisión se produce cuando suficientes partículas virales de una persona infectada se introducen en el cuerpo de otra persona no infectada. En teoría, cualquier persona infectada podría transmitir el virus. Pero la vacunación reducirá la posibilidad de que esto suceda.

En general, aunque la vacunación no prevenga completamente la infección, reducirá significativamente la cantidad de virus que sale de la nariz y la boca y acortará el tiempo en que se elimina el virus.

Este parece ser el caso de las vacunas contra el coronavirus. En un reciente estudio previo que aún no ha sido revisado por pares, investigadores israelíes evaluaron a 2 897 personas vacunadas en busca de signos de infección. La mayoría no tenía virus detectable, pero las personas que estaban infectadas tenían una cuarta parte de la cantidad de virus en sus cuerpos que las personas no vacunadas a las que se les hizo la prueba en momentos similares después de la infección.

Menos virus del coronavirus significa menos posibilidades de propagarlo, y si la cantidad de virus en su cuerpo es lo suficientemente baja, la probabilidad de transmitirlo puede llegar a casi cero.

Sin embargo, los investigadores aún no saben dónde está ese límite para el coronavirus, y, dado que las vacunas no brindan una protección del 100% contra la infección, los expertos recomiendan que las personas continúen usando mascarillas y manteniendo medidas de distanciamiento social incluso después de ser vacunadas.

A family wearing masks walking past a sign about social distancing, mask-wearing and hand-washing.
Las variantes nuevas, más infecciosas, podrían limitar la eficacia de las vacunas actuales. AP Photo/John Raoux

¿Qué pasa con las nuevas variantes del coronavirus?

Han surgido nuevas variantes de coronavirus en los últimos meses, y estudios recientes muestran que las vacunas son menos efectivas contra algunas, como la variante B1351 identificada por primera vez en Sudáfrica.

Cada vez que el SARS-CoV-2 se replica obtiene nuevas mutaciones. En los últimos meses, los investigadores han encontrado nuevas variantes que son más infectivas, lo que significa que una persona necesita inhalar menos virus para infectarse, y otras variantes que son más transmisibles, lo que significa que aumentan la cantidad de virus que desprende una persona. Y los investigadores también han encontrado al menos una nueva variante que parece tener más facilidad para evadir el sistema inmune, según los primeros datos.

Entonces, ¿cómo se relaciona esto con las vacunas y la transmisión?

Para la variante de Sudáfrica, las vacunas aún brindan más del 85% de protección contra una enfermedad grave de covid-19. Pero cuando se cuentan los casos leves y moderados, las vacunas brindan, en el mejor de los casos, solo alrededor del 50%-60% de protección. Eso significa que al menos el 40% de las personas vacunadas todavía tendrán una infección lo suficientemente fuerte y suficiente virus en su cuerpo como para sufrir al menos una enfermedad moderada.

Si las personas vacunadas tienen más virus en sus cuerpos y se necesita menos cantidad de virus para infectar a otra persona, habrá una mayor probabilidad de que una persona vacunada pueda transmitir estas nuevas cepas del coronavirus.

Si todo va bien, las vacunas reducirán muy pronto la tasa de enfermedades graves y muerte en todo el mundo. Sin duda, una vacuna que reduzca la gravedad de la enfermedad también, a nivel de población, reducirá la cantidad de virus que se transmite.

Pero debido a la aparición de nuevas variantes, las personas vacunadas todavía tienen el potencial de diseminar y transmitir el coronavirus a otras personas, estén vacunadas o no. Esto significa que probablemente las vacunas tardarán más en reducir la transmisión y en favorecer la inmunidad de rebaño que si estas nuevas variantes nunca hubieran surgido.

El tiempo que durará este proceso será resultado del equilibrio entre la eficacia de las vacunas contra las cepas emergentes y lo transmisibles e infecciosas que sean las nuevas cepas.

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Deborah Fuller recibe fondos del Instituto Nacional de Salud y de la Agencia de Reducción de Amenazas de Defensa, en Estados Unidos.

The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico

La protección del lobo es una oportunidad para las zonas rurales

Foto de Alejandro Aparicio, Author provided

El lobo ibérico (Canis lupus signatus), una subespecie endémica de la península ibérica, fue incluido el pasado 3 de febrero en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial (LESPRE). La inclusión, que equipara el estatus del animal con el existente en prácticamente toda la UE, excluye la actividad comercial y deportiva por ser incompatible con su sostenibilidad como especie.

Es decir, el lobo no será considerado sujeto cinegético. Esto no significa que sus poblaciones no puedan ser reguladas ni que algunos ejemplares puedan ser controlados y cazados, pero siempre siguiendo medidas de gestión de poblaciones debidamente justificadas y autorizadas.

Una polémica tan antigua como la civilización

Una vez más, la decisión adoptada ha abierto toda la polémica que arrastra la convivencia del lobo con humanos desde al menos el neolítico. En Europa ya no existen especies de mamíferos que pongan en peligro la vida de las personas, como sí hay en otras zonas del mundo. Todas las grandes especies depredadoras o peligrosas europeas ya están extinguidas. Las que sobreviven son algunas susceptibles de generar daños en la actividad económica.

Si una de las regiones más ricas del mundo, la Unión Europea, no logra conservar los pocos depredadores que quedan, qué lecciones podremos dar a los países pobres que conviven con una naturaleza mucho más diversa y problemática.

Ancestro de nuestros perros domésticos, el lobo ha logrado resistir a duras penas el avance de la civilización. Su progresiva desaparición en toda Europa desde el siglo XIX hasta finales del XX provocó la extinción de la especie en gran parte de su área de distribución, que quedó prácticamente reducida a las zonas más inhóspitas de todo el continente.

En los dos censos globales que se han efectuado en España, los de 1987 y 2014, el número de manadas (294 y 297) ha permanecido prácticamente estable. Esta estabilización poblacional es similar a la de Portugal, donde el número de manadas durante una década ha permanecido en torno a sesenta. Salvo en casos puntuales, hablar de “manadas” es un eufemismo: las manadas ibéricas tienen densidades extremadamente bajas, de apenas cuatro ejemplares.

Aunque se afirme lo contrario, eso significa que el lobo ibérico no está en franco avance ni existen datos objetivos que permitan sostener que sus poblaciones han crecido de manera desorbitada.

A grandes rasgos, lo que ha ocurrido es que en algunas zonas se ha detectado de nuevo después de muchos años, mientras que en otras se ha extinguido, como ocurrió con las poblaciones andaluzas y extremeñas, desaparecidas definitivamente a finales de los años 90. De hecho, la especie encuentra grandes dificultades de extenderse hacia el este, a través de las comunidades de Aragón, La Rioja o Castilla-La Mancha.

Cuando se superpone el mapa de la llamada España Vaciada con los censos del lobo, se observa que la presencia del cánido nada tiene que ver con el abandono del medio: provincias con grandes problemas de despoblación como Teruel, Soria o Cuenca no tienen lobos y siguen perdiendo población. Elaboración propia a partir de: INE. Estadística del padrón continuo por municipio del año 2014. MITECO. Inventario Español de Especies Terrestres (Datos de 2011). MITECO. Censo Nacional de Lobo (Datos de 2014).

Al margen de los fraudes, y aunque los daños causados por los lobos son mínimos y apenas afectan a un 0,04 % de la cabaña ganadera, en total unos dos millones de euros (una cantidad muy inferior a la prevista por el Gobierno para la protección de la especie), el verdadero quid de la cuestión es contrastar si la presencia del lobo es perjudicial para los habitantes rurales. Y si así fuera, qué se podría hacer para revertir la situación.

Proteger al lobo no es un problema, es una oportunidad

Es obvio que la protección de la biodiversidad no puede recaer exclusivamente sobre los hombros de los ganaderos, por lo que el enfrentamiento entre ganadería y lobos no debería ser irresoluble en una sociedad moderna.

Las soluciones pasan por aplicar métodos tradicionales de pastoreo como los mastines y la recogida nocturna del ganado, y otras medidas más modernas que controlen al ganado a lo largo del día. En la zona de España con mayor densidad de lobos, Sanabria, la Sierra de la Culebra y la montaña palentina, donde se aplican esas medidas preventivas, los ataques son muy escasos.

Además, la presencia de lobos puede ser una oportunidad para las zonas “loberas”. El considerado «el experimento ecológico más celebrado de la historia», la recuperación del lobo en Yellowstone es una demostración empírica de las ventajas no ya biológicas, también económicas, de la introducción del animal. En otro estudio desarrollado en el Parque nacional de Denali se estimó que las posibilidades de ver lobo suponían un incremento potencial del gasto de cada turista de unos 300 dolares.

El desarrollo del turismo ligado a osos y linces en España indica que son factores que incrementan significativamente el desarrollo turístico de las zonas en las que viven. En 2017, la Secretaría de Estado de Turismo elaboró un estudio que indica que más de 3 000 turistas acudieron a la Sierra de la Culebra (Zamora) con el objetivo de ver lobos en libertad, lo que supuso entre 600 000 y 700 000 euros anuales de ingresos directamente relacionados con la presencia de la especie en la zona.

Este tipo de turismo, que deja unas rentas casi diez veces superiores a las que se obtienen por la caza, ya está funcionando en algunas regiones de España y puede exportarse a los territorios loberos de la península.

El desarrollo del ecoturismo que pueden generar unas poblaciones loberas sanas y estables, que, además, controlen las poblaciones de corzos y jabalís muy crecidas en los últimos años, parece incontestable. El tema más polémico es como compaginar la cabaña ganadera con las poblaciones de lobos.

Canis lupus signatus.

Ayudas para los ganaderos

En la mayoría de los países europeos la caza solo está permitida en casos de daños severos y las administraciones indemnizan a los ganaderos que han sufrido daños, como se hace en España. En este esquema, cada ganadero que sufra efectos negativos sobre su cabaña debería ser compensado por las pérdidas, sin que la presencia del lobo provoque ningún efecto económico negativo sobre su explotación.

La inclusión de la especie en el listado puede ayudar a regular institucionalmente las ayudas, generar mecanismos de control de daños, intercambiar experiencias para que la presencia de lobos en cualquier territorio resulte beneficiosa para el equilibrio ecológico del mismo sin merma para los ganaderos. Estos objetivos se están cumpliendo en el caso del lobo y de otras especies en otros países como Francia, y no deberían ser difíciles de alcanzar.

En realidad, la relación entre agricultura, ganadería y conservación debe redundar en beneficio mutuo. Los agricultores y ganaderos que convivan con especies o hábitats de interés deben tener un beneficio claro sobre el resto del sector primario en la Política Agraria Común (PAC). Ellos son los que conviven diariamente con la fauna silvestre y son los que de verdad convierten al sector primario en un beneficio al conjunto de los ciudadanos y mantienen una naturaleza equilibrada y un medioambiente limpio y diverso.

En definitiva, el lobo es un elemento más del territorio rural y su gestión se debe incardinar no solo en la conservación de nuestro patrimonio natural, sino también dentro de la política territorial de desarrollo rural. Por ello, hay que demandar la incorporación para las zonas loberas de la figura del contrato territorial de explotación como base jurídica para contemplar la totalidad de las acciones y compromisos públicos y privados en relación con la gestión de la especie.

La recuperación de nuestro patrimonio natural es una palanca para construir futuro. No se construye el futuro utilizando demagógicamente argumentos del pasado. El lobo hace mucho tiempo que dejó de ser un rival, un enemigo, para convertirse en una posibilidad, una capacidad y un argumento. Cuanto antes lo veamos así, antes empezaremos a rentabilizarlo.

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Juan Luis Aguirre dirige diferentes proyectos financiados por la Unión Europea relacionados con el cambio climático y el medio ambiente.

Manuel Peinado Lorca es responsable del Grupo Federal de Biodiversidad del PSOE

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