Querida hija,

Hace tiempo que deseo escribirte estas palabras. Una carta pendiente que no sabía por dónde empezar. Son tantas las cosas que me gustaría contarte. Son tantos los consejos que te quiero dar. Son tantos los sentimientos que quiero transmitirte que no puedo evitar sentir miedo a que esta carta se quede corta, pero espero que la vida y Dios nos dé la oportunidad de compartir mucho tiempo juntas para poder aprender, equivocarnos y querernos.

Siguiendo el curso normal de la naturaleza, nuestra historia vería la luz en el momento que supe que vendrías al mundo para llenar mi vida de alegría. En una carta típica de madre primeriza a hija te explicaría la ilusión y ternura que me producía sentirte dentro de mí. Sentir tus volteretas y patadas era un chute de energía y amor eterno. Podría alargar este episodio de nuestras vidas hasta el infinito, pero esta carta no es una carta tradicional porque nuestra historia empieza mucho antes de todo esto, antes incluso de que yo existiera.

“LAS TRABAS ADMINISTRATIVAS Y LA DISCRIMINACIÓN NO TARDÓ EN ENCASILLARLOS COMO “LOS MOROS”. UNA ETIQUETA QUE NUNCA QUISIERON ACEPTAR PORQUE NOSOTROS HIJA, NO SOMOS MOROS, SINO QUE DEBIDO A LA HISTORIA COLONIAL Y RACISTA DE LA GRAN TIERRA DE LOS SUEÑOS NOS CONVIRTIERON EN ESO”

Hace aproximadamente 69 años en un pequeño pueblo del Rif, esas montañas tan bonitas para aquellos/as que vienen a visitarlas pero que son tan duras y crueles con sus habitantes.  Esas montañas en las que se crió tu abuelo y que tuvo que abandonar para embarcar rumbo a una nueva vida, lejos de su familia y amigos. Una aventura que años después compartiría con tu abuela con la ilusión de darme un futuro mejor.  Sin embargo, las circunstancias no se lo pondrían fácil. Las trabas administrativas y la discriminación no tardó en encasillarlos como “los moros”. Una etiqueta que nunca quisieron aceptar porque nosotros hija, no somos moros, sino que debido a la historia colonial y racista de la gran tierra de los sueños nos convirtieron en eso que llaman moros. Esta condición nos atrapó en la eterna incivilización y marginalización que se hizo más fuerte cuando llegó la selva del capitalismo más feroz.  Y para que brillen las doce estrellas se tienen que apagar unas miles más, ahogando a cientos de miles de sueños frustrados en un estrecho maldito. Maldito no sólo porque se ha llevado innumerables vidas humanas inocentes sino porque ha sido la herramienta perfecta para condenar a la humanidad a una eterna separación de “ellos” y “nosotros”. Sentenciándonos/as a cargar con la mochila del racismo desde el primer día de colegio. Logrando que tristemente nos sintamos avergonzados de nuestros nombres, que tenemos que deletrear hasta la saciedad o aceptar escucharlos mal por el resto de nuestras vidas, de nuestra piel, de nuestra fe y de nuestra gente.

Las montañas del Rif / Cedida por la autora del texto a Es Racismo

Esta guerra del racismo, silenciosa para los que no la sufren, no es fácil. Espero que esté equivocada y que cuando puedas leer esto sólo sea una etapa mala en la historia de la humanidad de la que aprendimos a respetarnos y querernos. Tampoco mi intención es crearte odio o pesimismo, sino que quiero que sepas que el racismo existe, que es nuestra carga impuesta, que lo estoy viviendo y lo estoy combatiendo para que tú no lo conozcas y mucho menos lo sufras, pero si la guerra sigue, hija mía, combate con la bondad y la dignidad que nos enseñaron tus abuelos.

La bondad de tu abuelo en dar todo por los suyos y por la sonrisa de la gente sin esperar nada cambio. La dignidad de tu abuela que nunca dejó que nadie la llamase “sumisa” porque nos enseñó a que no dejásemos que alguien lo insinuara porque nacimos libres como el aire y bravas como el viento. Lucha con el conocimiento y la paz que yo como tu madre sigo buscando todavía a día de hoy. No dejes que nadie te haga de menos o te discrimine porque recuerda: tú no eres “mora” sino que te han hecho “mora” con su racismo. No dejes que te hagan sentir una “Fátima” más, sumisa, analfabeta y sucia porque no lo eres y no lo fuimos. No permitas que ningún hombre te minusvalore o dirija porque eres hija de tu padre, un “patriarca moro” del amor, el respeto y la igualdad. No te avergüences de que como buenos moros somos muchos porque tus tíos y tías son batallones de ayuda, sonrisas y abrazos porque la cultura de tus abuelos cree en los cuidados, la solidaridad y la misericordia entre los seres humanos. Recuerda que tu madre se llama Fátima, posiblemente como muchas que fueron conscientes  que eran únicas y que valoraron que su nombre no podía pasar desapercibido en la historia como Fátima Zahra, hija del profeta y signo de misericordia o Fátima al Fihri, fundadora de la primera universidad del mundo árabe; o Fátima Mernissi, signo del feminismo y la rebelión contra los cánones establecidos o como tu bisabuela Fátima que consoló a tu abuelo y no le dejó rendirse cuando quiso abandonar la batalla del emigrante porque ella no había criado a débiles que se rinden al odio y la pobreza. Así que, si un día alguien “inocentemente” te llama Fátima porque todas nos llamamos así, explícale por qué. Enseña al mundo que ya no somos esos/as moros/as que crearon, sino que desde hace tiempo somos los/as moros/as que queremos.

“ACTÚA COMO TU NOMBRE, NISRÍN, QUE SIGNIFICA FLOR. UNA FLOR PARA COMBATIR LA GUERRA Y EL RACISMO. UNA FLOR QUE UNE A LAS PERSONAS Y QUE ES EL MAYOR SÍMBOLO DEL DETALLE DEL AMOR Y LA GRATITUD”

Sonríe, disfruta, ama, combate y resiste porque no hay peor enemigo del odio que la paz, la generosidad y el amor. Actúa como tu nombre, Nisrín, que significa flor. Una flor para combatir la guerra y el racismo. Una flor que une a las personas y que es el mayor símbolo del detalle del amor y la gratitud. Si has venido al mundo es porque a través de ti queremos transmitir y prolongar ese amor y paz que buscaba tu abuelo en las áridas montañas del Rif donde las flores no crecen por su dureza. Y si un día desistes recuerda que tu madre estará allí para levantarte y que hasta que conserve el último aliento cogerá e intentará destruir esta maldita mochila para que tú no la tengas que cargar nunca más. Y siempre, y por encima de todas las cosas recuerda que mamá te quiere.

Con todo mi amor

Fátima Tahiri Simouh, tu madre.

Es Racismo

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