Niñas y disciplinas STEM: «Si no están, será porque no les gusta»

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El futuro cercano se presenta con infinitos retos que necesitan de la acción de la ciencia y la tecnología, como ha dejado claro esta pandemia. Uno de estos retos es el impacto que supone dejar a mujeres y niñas (la mitad de la población) al margen de procesos y decisiones. Esto es algo que nos encontramos en el ámbito de la Ciencia, la Tecnología, la Ingeniería y las Matemáticas (CTIM) o Science, Technology, Engineering, Mathematics (STEM, por sus siglas en inglés).

Los sesgos en inteligencia artificial o en investigación para la salud hacen que resulte paradójico que todavía se considere esta cuestión como una “conversación de ascensor” sin relevancia.

Por ello, la celebración del día de la mujer el 8 de marzo sirve para recordar la importancia de las iniciativas que reivindican a la mujer como protagonista de la tecnología y buscan referentes cercanos a niñas, niños y familias.

La paradoja de la igualdad

Se asume que las chicas eligen libremente y que si no están en las disciplinas STEM es porque no quieren. Esta afirmación se ha visto reforzada por la “paradoja de la igualdad”, que señala que incluso en países con mayor igualdad de género las niñas acceden menos a las disciplinas STEM.

Esta paradoja ha sido cuestionada recientemente. Sin embargo, este tipo de ideas erróneas impactan rápidamente en la sociedad. Permanecen en los medios y en el tiempo, aumentando la brecha de género existente.

Pero ¿es real esta libertad de elección? El desconocimiento afecta a los intereses de niñas y niños, a sus opciones y a su libertad de elección. No se trata de imponer, se trata de informar y de dar opciones.

Ellas se consideran menos brillantes

Es difícil distinguir si una elección es libre o depende del contexto, pero existen estudios que indican que las niñas se consideran menos brillantes desde una edad muy temprana. Esta autopercepción se relaciona con referencias culturales del entorno y afecta a las decisiones futuras.

Las mujeres optan en mayor proporción por estudios que tienen que ver con los cuidados, la salud o la docencia. En general, se desconocen las aplicaciones sociales de las STEM, como la impresión 3D de prótesis para personas sin recursos o el uso de robots para mejorar la calidad de vida de personas mayores, por poner algunos ejemplos.

Es necesaria su representación en el mundo digital

La baja representación de las mujeres en las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) sí debe preocuparnos. La inteligencia artificial y los sistemas de comunicaciones avanzados como el 5G están transformando profundamente el mercado laboral.

Las mujeres no están presentes. Mejorar las desigualdades del campo TIC es un elemento transversal imprescindible para conseguir una participación efectiva de la mujer en la futura Sociedad Digital.

Para evitar en el futuro próximo una mayor brecha laboral de género hay que visibilizar las vocaciones científicas y tecnológicas ya desde la escuela primaria, colaborando entre distintas entidades.

En ocasiones, ante estas iniciativas surgen voces que señalan como un aspecto negativo la dificultad de mantener un puesto profesional en el área TIC y conciliar la vida familiar y laboral. Sin embargo, las carreras profesionales del área de la salud tienen obstáculos similares y cuentan con una mayoría de mujeres.

Queda mucho por hacer y es necesario no detenerse. Se deben desarrollar estrategias que velen para que las generaciones actuales lleguen a sus puestos de trabajo con mejores condiciones.

Una línea de acción pasa por cambiar la carrera profesional, que sigue basándose en un modelo muy competitivo en el que priman la cantidad y los resultados a corto plazo frente a la calidad y el impacto a largo plazo. Mejorar el futuro de niñas y niños también pasa por reformar este modelo.

¿Qué referentes se les ofrece?

Otro eje fundamental de este cambio sería ampliar los referentes que se les dan a niños y niñas y ofrecer experiencias positivas y realistas.

Además, es necesario reconocer la importancia de los cuidados y ser conscientes de que es labor de todas/os. De esta manera se romperían los estereotipos que afectan a la libertad de elección de las niñas, pero también de los niños.

Para liderar estos cambios, se han de crear propuestas en el ámbito de la educación reglada. Por ejemplo, mediante actividades que favorezcan la interacción de estudiantes con expertas profesionales STEM. Incluyendo, además, a profesorado, familias y empresas.

La incorporación progresiva de la igualdad y diversidad de género garantizará una educación de calidad que impulse el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Desde la iniciativa Girls4STEM de la Universitat de València, que ha sido financiada por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades a través de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), queremos fomentar las vocaciones STEM a través de actividades de divulgación.

La educación es el camino para que las niñas y niños del presente cambien la sociedad del mañana. Así, se tendrá un futuro más sostenible en términos de equidad, inclusión, diversidad, prosperidad y justicia.

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Emilia López-Iñesta como miembro del proyecto Girls4STEM recibió fondos de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT).

Anabel Forte Deltell como miembro del proyecto Girls4STEM recibió fondos de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT)

Carmen Botella-Mascarell como miembro del proyecto Girls4STEM recibió fondos de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT).

Paula Marzal Doménech como miembro del proyecto Girls4STEM recibió fondos de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT).

Silvia Rueda Pascual, como coordinadora de Girls4STEM, recibió fondos de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT).

The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico

Mujeres mayores y pandemia por covid-19

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Con la pandemia del COVID-19 como telón de fondo, el 8 de marzo es un buen momento para preguntarnos cómo la enfermedad afecta de diferentes formas a hombres y mujeres. Son muchos los estudios que han explorado la intersección entre el género y la salud, y este es uno de los campos más susceptibles de mostrar discriminación por razón de género.

En este caso nos interesa centrarnos en el grupo de personas mayores y, concretamente, en las mujeres. Ya sabemos que este grupo de edad está sufriendo de manera muy aguda los efectos de la pandemia. Sin embargo, no se puede caer en la trampa de la homogeneización, pues lo social está condicionado por la diferencia y la heterogeneidad.

Los datos han ido variando y difieren entre países. Sin embargo, parece que, especialmente al inicio de la pandemia, las mujeres presentaban una mayor prevalencia de COVID-19 que los hombres, aunque ellos tuvieran una tasa de letalidad mayor y más posibilidades de hospitalización.

Analicemos dos de los aspectos que pueden vertebrar la incidencia de la COVID-19 en las mujeres mayores en las residencias: la feminización de los cuidados y de la vejez.

La feminización de los cuidados

En primer lugar, es importante destacar que los cuidados, formales e informales, han recaído tradicionalmente en las mujeres. Esto, por un lado, podría afectar al riesgo por la exposición al virus en los lugares de trabajo (residencias y hospitales). Por otro, conllevaría un mayor riesgo de contagio también en los hogares.

En definitiva, la pandemia ha puesto de relieve cómo la organización social de los cuidados involucra y afecta a las mujeres de manera específica. Esto arrastra consecuencias en distintos ámbitos, como el de la salud.

Desde que comenzó la crisis sanitaria sabemos que los profesionales de la salud han estado más expuestos al virus que otros sectores y grupos de población. En España se han contagiado casi 50 000 sanitarios, una población en la que el 66 % son mujeres, según datos recientes del Instituto de la Mujer.

Por otro lado, la atención de las personas dependientes recae en gran medida en las familias. Particularmente en las mujeres, algo que resulta preocupante si pensamos en la cantidad de cuidados que se han demandado como consecuencia de la pandemia.

Esta posibilidad de ser infectadas en mayor medida que los hombres ya se vio en epidemias anteriores como la del ébola y el zika, debido al rol protagonista que tienen en los cuidados familiares y por estar en primera línea de los servicios asistenciales.

Además, la OMS también publicó un informe en 2007 en el que exponía cómo a principios de los 2000, entre los casos de SARS que se registraron, más de la mitad se dieron entre mujeres. Esto no tendría por qué repetirse, pero que sirve como orientación con respecto de las dinámicas de infección y exposición que se han ido sucediendo en el mundo.

El informe también señaló que las diferencias entre mujeres y hombres adultos se daban en términos de exposición, es decir, en el plano de los patrones de actividades e itinerarios sociales que los diferencian. De esta forma, se sugiere que los hombres tendrían mayor riesgo de contagio en el trabajo, y las mujeres en los hogares y en las actividades diarias donde se producen contactos directos.

La feminización de la vejez

Junto con la feminización de los cuidados encontramos la feminización de la vejez. Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2019 las mujeres contaban con una esperanza de vida de 86 años, frente a los 80 de los hombres. Esto inevitablemente dibuja un contexto específico de la COVID-19 en franjas de edad avanzadas.

La crisis sanitaria actual ha hecho que, desde diferentes instituciones, se haya puesto de relieve el riesgo de caer en lógicas edadistas que favorezcan imágenes nocivas en torno a la vejez, que invisibilicen sus problemas o inquietudes y dificulten el acceso a servicios y prestaciones. Las personas se ven atravesadas por múltiples características y, entre ellas, la edad y el género se entrelazan. Esto puede desencadenar una doble discriminación: por ser mujer y por ser mayor.

Como vemos, las residencias son escenarios en los que la feminización de la vejez y de los cuidados aparecen de forma clara. Las personas residentes son mayoritariamente mujeres y, a su vez, son habitualmente cuidadas y atendidas por mujeres. A la vista de los datos que facilita el IMSERSO, y a falta de información de cuatro comunidades, en 2019 había en España 276 924 personas de más de 65 años viviendo en residencias, de las cuales el 70,4 % eran mujeres y el 29,6 % eran hombres.

Esta misma situación está documentada con gran precisión en otros países desarrollados como Canadá, que se ha visto muy afectado por la pandemia en las residencias. Este circuito de exposición y contagio sería una metáfora dentro de la cual están algunas de las claves de la división sexual del trabajo y su impacto en la salud de la población.

La población residente se ha tenido que enfrentar al aislamiento y, en muchos casos, con la imposibilidad de continuar con sus tratamientos habituales. Esto ha tenido consecuencias importantes en su salud, así como en el bienestar de familiares y trabajadores. Todos estos escenarios de afectación (familias, residentes y cuidadores) están atravesados por formas de organización social tradicionales en las que las mujeres son los agentes más habitualmente implicados.

No se trata de afirmar que la COVID-19 afecte más o peor a las mujeres que a los hombres, sino de ser conscientes de que la salud es otro ámbito más en el que el género introduce diferencias. Obviar esto puede multiplicar las posibilidades de discriminación o desatención de más de la mitad de la población.

De este modo, habría que preguntarse cómo poner en marcha estrategias políticas y sociales que tengan en cuenta las diferentes formas de impacto de la COVID-19 entre mujeres y hombres. Es necesario que se incorpore a las personas mayores al debate, así como que se haga efectiva la igualdad y se integre una mirada de género transversal que atraviese todos los ámbitos de participación social y los mecanismos de discusión y toma de decisiones.

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Carmen Pérez de Arenaza Escribano trabaja para el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

Gloria Fernández-Mayoralas Fernández trabaja en el Programa de Actividades de I+D Envejecimiento Activo,
Calidad de Vida y Género. Promoviendo una imagen positiva de la vejez y el envejecimiento frente al edadismo (ENCAGEn-CM, ref.H2019/HUM-5698)

Vicente Rodríguez Rodríguez recibe fondos de CSIC PROYECTO: RESIDENCIAS Y COVID-19. El reto de la salud de los mayores durante la pandemia de coronavirus. SUBPROYECTO: Entornos de las personas mayores, protectores en situaciones de emergencia sanitaria (COVID-19). REFERENCIA :202010E158. CONVOCATORIA: Medidas Urgentes Extraordinarias para hacer frente al Impacto Económico y Social de COVID-19 (AYUDAS CSIC-COVID-19) CONVOCATORIA: Cuenta la Ciencia. Línea COVID-19. Fundación General CSIC. PROYECTO: Investigar sobre personas mayores en residencias en tiempos de COVID-19 (ref. FGCCLC-2021-0012).

The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico

Matrimonios infantiles forzados: una pesadilla aún para millones de niñas

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¿Sabía que 650 millones de niñas y mujeres en el mundo se casaron antes de cumplir los 18 años? Aunque a nivel mundial la incidencia del matrimonio infantil está disminuyendo, según UNICEF cada año cerca de 12 millones de niñas contraen matrimonio antes de celebrar su 18 aniversario.

Las tasas de matrimonio infantil son especialmente elevadas en África Subsahariana y Asia Meridional. Le siguen América Latina y el Caribe, Oriente Medio y África del Norte y Europa Oriental y Asia Central. En EE UU también hay casos.

Los matrimonios infantiles se consideran “prácticas culturales o tradicionales perjudiciales”, junto con la mutilación genital femenina, el infanticidio femenino y la selección prenatal del sexo, la violencia relacionada con la dote, los ataques con ácido, los crímenes cometidos en nombre del honor y el maltrato de las viudas.

Estas prácticas involucran a la familia y a la comunidad (muchas son llevadas a cabo por mujeres), y cuentan en muchos lugares del mundo con la complacencia de los Estados.

Una práctica con un componente de género

Las prácticas nocivas tienen un claro componente de género, al tener una relevancia desproporcionada y negativa sobre las mujeres y niñas; y aunque el matrimonio forzado afecta a mujeres de todas las edades, el mayor número de casos concierne a niñas y adolescentes menores de 18 años.

Los matrimonios infantiles constituyen una de las expresiones más antiguas y persistentes de desigualdad entre el hombre y la mujer, así como una manifestación de violencia contra ella.

A esto hay que añadir que estas jóvenes suelen padecer otras formas entrecruzadas de discriminación que hallan sus raíces más profundas en los estereotipos de género. También en las situaciones de especial vulnerabilidad a la violencia que se derivan de su raza o etnia, de su condición de migrante o desplazada, de su situación económica desfavorable, o porque simplemente les ha tocado nacer o residir en países sumidos en conflictos.

Consecuencias devastadoras

Las consecuencias de un matrimonio infantil son devastadoras para el desarrollo de una vida humana digna y para la autonomía de las mujeres y niñas, de manera que estas prácticas contribuyen a socavar la función de la mujer en la sociedad.

No hay duda de que es muy probable que una niña, interrumpidas su infancia y adolescencia por el matrimonio forzado y el embarazo precoz, sufra violencia física y abuso sexual dentro de la pareja, o que padezca abusos por parte de la familia del marido.

En fin, una niña obligada a contraer matrimonio se verá impedida para el desarrollo de su máximo potencial, en la medida en que se le deniega su derecho a la educación, se eliminan las posibilidades de acceso al empleo, se degrada su salud sexual y reproductiva y, en definitiva, su integridad física y mental.

Además, los matrimonios en una edad temprana tienen también efectos perniciosos y constituyen una barrera para el desarrollo económico y el progreso social de las comunidades y países.

Precisamente, el impacto económico negativo del matrimonio infantil y sus costes asociados han sido analizados en el marco de un proyecto desarrollado conjuntamente por el Banco Mundial y el Centro Internacional de Investigaciones de la Mujer.

Durante décadas, la carencia de datos suficientes, la falta de registros de matrimonios y la ausencia de denuncias e investigaciones provocaron que esta práctica nociva cayera en el más absoluto ostracismo.

Faltan estadísticas

Aunque esta manifestación de violencia contra la mujer está siendo objeto de una investigación cada vez mayor, tanto en el plano estatal como en el ámbito internacional, se echa en falta la elaboración de estadísticas desglosadas por edades, sexos y etnias sobre la incidencia de los matrimonios forzados de mujeres y niñas.

La acción efectiva para luchar contra esta práctica tiene que ir dirigida, primero, a especificar en las legislaciones nacionales que la edad mínima para contraer matrimonio es de 18 años y asegurar el registro de cualquier matrimonio ante una autoridad competente.

En España, han sido infructuosos los intentos de elevar la edad para contraer matrimonio a los 18 años, a pesar de las repetidas críticas vertidas contra este país por el Comité de los Derechos del Niño.

Pero, además, es preciso comprender la dimensión compleja de este fenómeno, que hunde sus raíces en el problema de la desigualdad estructural entre hombres y mujeres en muchas comunidades, y atacar sus causas.

En definitiva, el legislador tiene la oportunidad de eliminar los estereotipos que perpetúan la discriminación, así como las prácticas culturales que afectan al bienestar, dignidad y desarrollo de las niñas y adolescentes.

Pero las medidas legales no son suficientes por sí solas para prevenir y erradicar la práctica del matrimonio infantil, ni tampoco son las más eficaces. La lucha para combatir esta práctica requiere un enfoque integral, así como la puesta en marcha de una amplia gama de políticas de protección de las víctimas, como ya se está haciendo, por ejemplo en el Reino Unido. En Europa, los poderes públicos deben disponer de instrumentos variados para impedir que una niña residente en un Estado europeo sea forzada a contraer matrimonio.

Y son de suma importancia las campañas de sensibilización, puesto que el respeto a los derechos humanos de las mujeres y niñas no puede lograrse sin la implicación de los hombres y niños, así como de las comunidades que las practican.

No puede ser aceptado como “tradición”

En pleno siglo XXI, el matrimonio infantil no puede ser aceptado como “tradición”. El respeto al principio de igualdad y no discriminación y la protección del interés superior del menor, valores que gozan de un alto reconocimiento en el plano internacional, han de ser tenidos en cuenta y deben guiar la actuación de los poderes públicos en la prevención y erradicación de esta práctica nociva, así como en la adopción de medidas específicas y multidisciplinares para combatirlo.

De esta forma se dará cumplimiento a la meta tercera del Objetivo 5 de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, que contempla, de manera contundente, la eliminación de las prácticas nocivas como son la mutilación genital femenina y el matrimonio infantil, precoz y forzado.

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Eva Díez Peralta no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico

¿Qué personas requieren más apoyo social en esta situación de crisis sanitaria?

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La actual crisis asociada al coronavirus ha impuesto en todas las sociedades un forzoso distanciamiento social, con el propósito de atajar la progresión de la infección.

El término consensuado para acuñar esta medida de seguridad sanitaria alberga connotaciones profundas. Sugiere algo más que una simple separación física. Subraya, implícitamente, la ruptura entre el individuo y sus relaciones interpersonales.

La soledad es un sentimiento muy complejo. No se reduce al número de personas que nos rodean, sino que depende del tamiz de la percepción subjetiva. Su impacto potencial sobre la vida emocional puede ser demoledor. De hecho, constituye uno de los resortes explicativos más importantes para entender el creciente sufrimiento psicológico que se aprecia en la población.

Existe abundante información sobre la íntima asociación entre la soledad y el bienestar, así como sobre su contribución a la aparición de trastornos de ansiedad y del estado de ánimo.

También empiezan a brotar investigaciones que postulan su papel en el insomnio, la fatiga y la violencia relacional durante este periodo crítico.

Por eso, ante una situación tan demandante como la actual, el apoyo social se alza como un elemento clave, pues es bien conocido su efecto como mediador entre el estrés y numerosos problemas psicológicos. En este artículo exploraremos por qué ciertas personas pueden requerir más apoyo que otras en el contexto en que vivimos.

La necesidad de apoyo social durante la crisis

Existen una serie de grupos sociales particularmente vulnerables ante las imposiciones de la crisis sanitaria. En todos los casos que se indicarán, disponer de una buena red de apoyo social puede impactar positivamente en la salud física y emocional, minimizando cualquier riesgo inherente a la soledad indeseada.

Destacan, en primer lugar, quienes padecen enfermedades graves o crónicas, físicas o mentales, y que durante estos últimos meses han visto acentuada la incertidumbre sobre su salud.

También los cuidadores informales de personas dependientes evidencian necesidades adicionales de soporte. Estas se suman a las que se desprenden de sus ya arduas responsabilidades en condiciones ordinarias.

Además, los adolescentes y las personas mayores pueden padecer más intensamente el impacto del aislamiento. Este último colectivo es probablemente el que requiere más apoyo del entorno. De hecho, existen sólidas evidencias de que tal situación acentúa su declive físico y cognitivo (o que incluso puede contribuir a la irrupción de ideas suicidas).

Asimismo, es esencial destacar que el aislamiento ha incrementado los niveles de violencia interpersonal. Esto facilita la aparición de conflictos relacionales de diferente naturaleza y magnitud. De tal forma, quienes en este contexto han padecido agresiones en cualquiera de sus formas, precisan un especial apoyo social. El objetivo es minimizar sus resonancias futuras sobre la salud.

Por último, no debemos olvidar a los profesionales sanitarios y a las personas que viven en situación de exclusión social, pues hoy más que nunca requieren el apoyo de todos.

No todos necesitamos apoyo social en igual medida

Una vez reseñados los grupos que requieren mayor apoyo social, es prioritario señalar que no todos los individuos lo necesitan de igual manera (con independencia de que pertenezcan o no a los citados colectivos).

Existen una serie de dimensiones de personalidad, estilos cognitivos y estrategias de afrontamiento que modulan nuestras necesidades sociales. Algunos de los ellos serán abordados en esta sección. En líneas generales, la confluencia de dimensiones estructurales y de factores individuales articularía el eje sobre el cual orbitarán las necesidades de apoyo social en estos momentos de crisis.

En primer lugar, las personas con dificultad para regular sus emociones tienen una mayor necesidad de apoyo social. Sobre todo, de tipo afectivo. Esta problemática (compartida por numerosos trastornos mentales) se expresa en forma de intolerancia a los sentimientos que se juzgan subjetivamente como difíciles. Además, suele acompañarse de intentos por evitar las situaciones asociadas a ellos.

Dado que la soledad de esta crisis es difícilmente eludible, existe el riesgo de que evolucione hacia una nociva sensación de indefensión.

En la literatura científica también se describen determinados estilos de procesamiento cognitivo que precipitan una mayor necesidad de apoyo. El que ha recibido más atención es la dependencia de campo. Esta se atribuye a quienes analizan la información del ambiente de una manera general u holística (no deteniéndose en los detalles que componen el estímulo perceptivo). Se considera que quienes lo ostentan tienden a buscar ayuda social con más ahínco que los independientes de campo.

En lo relativo a la personalidad, se sabe que los sujetos con elevada extraversión (uno de los rasgos con mayor respaldo empírico) tienden a socializar en mayor medida que quienes son más introvertidos.

Esta dinámica de aproximación social se vincula con emociones agradables en condiciones normales. Sin embargo, puede revertirse tal efecto cuando las relaciones personales se hallan profundamente restringidas.

Respecto a las estrategias de afrontamiento, destaca fundamentalmente la que se conoce como actitud resiliente. Se trata de una forma general de afrontar la adversidad existencial, una fortaleza humana que permite extraer aprendizajes significativos en los momentos de mayor dificultad.

Cuando la resiliencia es deficiente existe un riesgo acentuado de padecer trastornos derivados del estrés. Ello supone un factor de vulnerabilidad que puede suavizarse con apoyo social.

Por último, el desconocimiento sobre el uso de las nuevas tecnologías (redes sociales, sistemas de mensajería, videoconferencias, etc.), como estrategias de afrontamiento dirigidas a compensar la ausencia de contacto “cara a cara”, puede ser también una variable muy importante a considerar.

En conclusión, todas las personas necesitamos la cercanía de otros, en mayor o menor medida, y especialmente el apoyo emocional que los demás nos pueden brindar. No obstante, es esencial ser más sensibles a las necesidades individuales de quienes pudieran precisarlo considerablemente, con el objetivo de tender puentes que minimicen las resonancias psicológicas del actual distanciamiento social.

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Joaquín Mateu Mollá does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico

Un año de pandemia y seguimos elucubrando respuestas

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Tras la devastación, algunas sociedades se transforman para ser capaces de afrontar los retos de un mundo nuevo. ¿Habrán sido suficientes los impactos provocados por la actual pandemia de covid-19 para una transformación de calado?

Con su llegada hace un año se confirmaron las continuas advertencias de personas e instituciones sobre la necesidad de preparación y respuesta ante crisis sanitarias , avivadas por la pandemia de gripe H1N1 de 2009 o la crisis del Ébola en 2014-2016. Lo cierto es que no estábamos preparados. Pero ahora la cuestión que subyace es cómo extraer lo más útil de lo acontecido para encarar el futuro con garantías.

La falta de preparación obedece a múltiples causas

En general, a nivel mundial, existe una escasa cultura de evaluación de riesgo a futuro ante posibles crisis, ya sean por pandemias, por los efectos del cambio climático o por cualquier otra catástrofe. Pero ha habido variaciones sensibles en las respuestas, que se han traducido en distintos resultados. Un análisis de 100 países muestra que aquellos mejor preparados para la emergencia climática también estaban mejor situados para luchar contra la crisis del coronavirus, sufriendo una menor mortalidad.

Más allá de las explicaciones a esta asociación, cabe indagar sobre las barreras que afrontan las políticas sensatas –sean de salud pública o de abordaje del cambio climático– para que se implanten con decisión en cada país.

En el caso español, se conjugan la escasez de políticas de buen gobierno con unos medios de comunicación acríticos. Y eso favorece una suerte de darwinismo inverso en el acceso a los tres poderes del estado, que centrifuga a los más capacitados, que son muchos. Una de las consecuencias inmediatas es la falta de incentivos a las políticas de inversión de futuro, entre otras las relacionadas con la investigación, la salud pública y la educación. En lugar de eso, las agendas mediáticas y políticas se convierten en espacios poco propicios para considerar las cuestiones nucleares de nuestro tiempo.

Claros y oscuros durante este año de pandemia

Debiéramos también aprender de algunas respuestas excelentes del último año. A pesar de la fragilidad que arrastraba el sistema sanitario tras la crisis financiera del 2008, la capacidad del personal sanitario ha sido extraordinaria, respondiendo con flexibilidad y compromiso ante la gran presión asistencial. Su ejemplo, sin embargo, no ha bastado para que las autoridades, más allá del elogio, hayan pergeñado siquiera unas políticas destinadas a ordenar la formación en las áreas de carencia de profesionales, de gestión de personal acordes para retener y atraer el talento, o de incentivos a la excelencia.

La crisis financiera de 2008 dejó también golpeada la investigación española, sobre todo por la miopía política que hasta ahora ha sido incapaz de financiarla adecuadamente y de idear las formas ágiles de desarrollo. Algunas instituciones financiadoras limitan cada vez más la eficiencia en el uso de los recursos. Pese a ello, la dedicación de los investigadores españoles es digna de elogio y logra incluso que lideren el diseño de vacunas prometedoras, aunque se trate de investigadores ya retirados.

En general, la respuesta exhibida por un diverso arco de disciplinas científicas frente a la pandemia ha sido robusta y de alta calidad. No ha sido sólo la puramente sanitaria, en términos de pruebas de diagnóstico ultrarrápido, vacunas, terapias y otras medidas no farmacológicas. También desde las ciencias sociales, las básicas y las aplicadas, las aportaciones han sido de alto valor.

Pese a los esfuerzos investigadores elogiables, un entorno carente de infraestructuras adecuadas y de políticas sostenidas de traslación, junto a una indefinición de estrategia y prioridades, limita la efectividad, conduce a solapamientos innecesarios y desanima a la comunidad científica.

El desolador paisaje lo completan las insuficiencias del desarrollo industrial, que han impedido respuestas inmediatas a las necesidades de productos estratégicos. Todo esto hace pensar que urgen cambios profundos e inmediatos. Hay altas capacidades que, con decisiones políticas de alcance, serían el soporte de transformaciones sociales y económicas considerables.

La dimensión vertical y horizontal de la toma de decisiones frente a la pandemia ha tenido más oscuros que claros. Es cierto que la Comisión Europea ha organizado con más o menos acierto el acceso garantizado a la población de los estados miembros a las dosis de vacuna necesarias . Pero se ha olvidado de propiciar políticas de coordinación de las capacidades europeas –que son muchas– para ponerlas a la disposición de todos los países.

En España, la carencia de instituciones independientes de salud pública, por incumplimiento de leyes vigentes, y la cuasi secular falta de agilidad de los mecanismos de gobierno sanitario relativo a la coordinación y cooperación entre Gobierno estatal y autonomías ha dado lugar a ineficiencias con desperdicio de recursos cuando más falta hacían.

Pese a la magnitud de la catástrofe, las respuestas parecen de restauración, de reducción de daños. Cuando deberíamos observar un cambio radical de enfoques que permitiese integrar el programa Next generation de la Unión Europea en una estrategia general de futuro bien definida. Se esperaría que el Gobierno, en coordinación con las comunidades autónomas, hubiese diseñado un grupo de trabajo a alto nivel para trazar cambios profundos que presentar a la sociedad en diversas áreas políticas.

Estrategias de futuro

Es imprescindible priorizar el buen gobierno con sistemas institucionalizados que garanticen que los tres poderes democráticos del Estado hagan lo que deben hacer: servir a la sociedad. Baste como ejemplo de desmanes que la Ley General de Salud Pública, que contenía previsiones para la situación que vivimos ahora, tiene un cumplimiento bajísimo después de 10 años. No hay mecanismos para que la desconfianza necesaria en los poderes, necesaria y saludable, se transforme en un control eficaz.

En la vertiente de salud, la pandemia debiera ser un punto de inflexión para abordar una transformación radical de la política de salud que abordarse tanto las urgencias aún pendientes –increíble la dejación en el refuerzo de la vigilancia epidemiológica y capacidad de respuesta para controlar la incidencia en tasas bajas– como a largo plazo.

Las cuestiones claves son la política de personal, la sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud apostando con decisión por las políticas generadoras de salud que hagan improbable que la población requiera atención médica, las políticas de innovación social, y la gestión apoyada en la digitalización.

La política de salud debe acompañarse siempre de políticas de equidad que reduzcan las desigualdades sociales, es una exigencia normativa y una cuestión de justicia, que, no obstante, se olvida con frecuencia.

Qué decir de la investigación: o se pone en la primera página de la agenda política y se trabaja intensamente en una política de calado o seguiremos con las inercias actuales. La partida destinada a ciencia en los recientes presupuestos inducen a cierto optimismo, habrá que comprobarlo.

Por último, es tiempo, de alinear las políticas públicas con la consecución de la Agenda 2030 y los Objetivos del Desarrollo Sostenible. Con lo que ha pasado, y en asuntos de sostenibilidad y cambio climático, la banda sigue tocando, llena de retórica hueca y ninguna acción. Parecería que nadie se da por enterado de que es un asunto trascendental, del que dependen las próximas crisis sanitarias y no sanitarias. Y que en el día a día está ausente de la agenda pública de todos los niveles pese a las oportunidades de desarrollo social y económico que tiene para nuestro país.

Quisiéramos ser optimistas y pensar que se presentará en breve una agenda política de cambios radicales que producirán una transformación social y económica similar a la que en su día alumbró el estado de bienestar.

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Ildefonso Hernández Aguado es miembro de Intermón Oxfam, Acnur, Cruz Roja. El ha recibido fondos en concepto de actividades docentes o para la redacción de documentos sobre: políticas y gobernanza en salud pública, salud global, legislación sanitaria, ética e independencia de salud pública de: Fundación Grifols, Fundación Gaspar Casal, UIMP, ISGLOBAL, Fundación Innovación Salud y Sociedad, Academia Española de Dermatología. Recibe honorarios por evaluar proyectos de investigación de la ANEP y de ACIE.

Blanca Lumbreras Lacarra does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

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El día que la lengua de los sefardíes fue tendencia en Twitter

_Fiesta judía en Tetúan_ (Alfred Dehodencq, 1865). Wikimedia Commons

Un tuit de la Embajada de España en Turquía hizo que el domingo 21 de febrero el #ladino se convirtiera en tendencia en la red social Twitter. Se trataba de un mensaje dirigido a la comunidad sefardí de Turquía con ocasión de la celebración del “Día del Ladino”:

Tal vez por las prisas, los lectores no repararon en la diptongación en el verbo pueder, en el género gramatical de una grande onor ni en que el sustantivo ambasada proviene del francés ambassade y no del español embajada.

Lo que más llamó la atención fue la extraña ortografía del tuit, que dio lugar a la mofa de muchos usuarios de esta red social, propiciando con ello los primeros retuiteos. Sin embargo, quienes conocen el ladino –también llamado judeoespañol– no tardaron en entrar en la discusión, arrojando luz sobre esta variedad lingüística que los sefardíes han conservado de generación en generación durante más de cinco siglos.

Como resultado, muchos de los primeros tuits ofensivos fueron borrados, aunque todavía permanecen muchos de estos mensajes que dan cuenta de lo ajeno que resulta el ladino para la mayor parte de los hispanohablantes.

Cinco siglos de historia

A pesar de que a menudo se habla del judeoespañol como una lengua de transmisión oral, lo cierto es que en sus más de cinco siglos de historia los sefardíes también han atesorado un valioso acervo cultural de literatura escrita. Sin embargo, la mayor parte de estos textos presenta una característica muy especial: están escritos en caracteres hebreos. Esto se conoce como aljamía hebraica. Y durante varios siglos se utilizó el alfabeto hebreo para representar, de forma casi unívoca, los sonidos de la lengua sefardí.

Con la modernización traída por las escuelas de la Alliance Israélite Universelle (fundada en París en 1860), el alfabeto latino empezó a ser conocido entre los sefardíes y, paulatinamente, fue ganando adeptos como síntoma de la vida moderna y de los nuevos aires que soplaban en las comunidades orientales. Sin embargo, este desarrollo quedó truncado en la Segunda Guerra Mundial, puesto que muchos de los hablantes de judeoespañol perecieron en los campos de concentración nazis.

Judeoespañol con caracteres latinos

Después de la Shoá, gran parte de los supervivientes sefardíes encontró refugio en el Estado de Israel. Al poco tiempo, comenzaron a publicar periódicos en judeoespañol, ya empleando los caracteres latinos, cuyo uso no fue sistemático, puesto que dependía en gran medida del conocimiento previo de otras lenguas. Así, por ejemplo, una palabra como chico podía ser escrita como tchico –con influencia del francés– o çiko –a la manera del turco–, aunque no había ninguna diferencia desde el punto de vista oral. Del mismo modo, el cambio gráfico a los caracteres latinos tampoco había supuesto ninguna diferencia con respecto a la pronunciación de ג’יקו, la misma palabra, pero en escritura aljamiada.

Estas alternancias gráficas aún se mantienen entre los sefardíes, ya que el ladino no es una lengua aprendida en la escuela y la mayor parte de su literatura no está escrita en caracteres latinos.

La grafía ‘oficial’ del ladino

No obstante, en 1979 Moshe Shaul, director de la emisión en ladino de la radio Kol Israel, funda la revista Aki Yerushalayim con la intención de difundir en judeoespañol contenido de interés sobre la cultura sefardí. Para poner un poco de orden entre tanta variedad de grafías, crea un sistema de escritura propio de la revista, que en la actualidad es el más seguido por quienes escriben en ladino.

De hecho, cuando en 2005 comienza a publicarse en Estambul el periódico El Amaneser, no se recurre a las tradicionales grafías de influencia turca, sino que –al igual que el tuit de la Embajada de España en Turquía– emplea el sistema de la revista Aki Yerushalayim. Esta es, asimismo, la grafía adoptada por la Autoridad Nasionala del Ladino (fundada en 1997) y la recién creada Akademia Nasionala del Ladino de Israel.

Puentes rotos, ¿reconstruibles?

Resulta curioso que, después de tantos siglos de historia desde la expulsión, el judeoespañol o ladino siga siendo tan ajeno a la cultura hispánica de la que partió. Cada cierto tiempo se produce un pequeño “redescubrimiento” de la cultura sefardí, como la conmemoración de la efemérides del quinto aniversario de la expulsión en 1992 y, más recientemente, la “Ley 12/2015, de 24 de junio, en materia de concesión de la nacionalidad española a los sefardíes originarios de España” o la “Convención académica del judeoespañol” que se celebró la sede de la Real Academia Española en 2018, con el objetivo de crear una academia nacional en Israel, recientemente constituida a finales de 2020.

Hechos así convierten de forma efímera en tendencia a los sefardíes, como ha vuelto a suceder a raíz del tuit de la Embajada de España en Turquía, pero también ponen de manifiesto la necesidad de reivindicar y divulgar este patrimonio cultural de origen hispánico al que no se le termina de conceder el lugar que por derecho histórico le corresponde.

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Cristóbal José Álvarez López no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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No es incesto, es abuso de poder

Shutterstock / Marko Subotin

El problema del abuso sexual de menores emerge con fuerza y la sociedad va tomando conciencia de sus dimensiones y de las graves consecuencias que puede tener para las víctimas.

Recientemente ha provocado un gran escándalo en Francia la divulgación de casos de abuso intrafamiliar, a partir de la publicación de un libro de Camille Kouchner, hija del exministro de Relaciones Exteriores y Europeas Bernard Kouchner, en que se relataban los abusos que sufrió su hermano cuando tenía 14 años, cometidos por su padrastro, el famoso politólogo Olivier Duhamel. Tras el escándalo se ha abierto un encendido debate sobre lo que en muchos medios se ha denominado “incesto”.

Hablar de incesto es una mala manera de abordar la cuestión. Incesto es la relación sexual entre personas unidas por vínculos de consanguinidad, lo cual infringe un poderoso tabú, bien conocido por la antropología.

En algunas legislaciones ciertas relaciones incestuosas son definidas como delito, pero un principio básico de un derecho penal democrático establece que el Estado tan solo debe intervenir en las relaciones entre ciudadanos cuando uno de ellos ha resultado lesionado en un bien jurídico esencial.

Si dos o más sujetos practican actividades sexuales como personas libres e iguales prevalece la libertad y toda intromisión del Estado es ilegítima. La situación es bien distinta si uno fuerza a otro o bien saca ventaja de una situación de superioridad.

Esto sucede cuando alguien mantiene relaciones sexuales con una persona que no tiene las condiciones biológicas o psíquicas necesarias para comprender la trascendencia de los hechos o para decidir libremente. En tales casos nos encontramos ante un abuso sexual.

El abuso sexual es una forma de abuso de poder. Afirmaba Oscar Wilde que todo va de sexo menos el sexo, pues el sexo va de poder. La hipérbole nos ayuda a percibir el problema. En el abuso sexual lo esencial es el abuso, no el sexo.

Es el abuso lo que daña, lo que no es tolerable. A la sociedad no solo le ha costado tomar conciencia sobre la gravedad del abuso sexual a causa de la pesada herencia del puritanismo (el sexo como tabú), sino también a causa de una reacción emancipadora que a veces no ha sabido distinguir el sexo del abuso de poder.

El abuso de poder

En el poder habita el abuso como potencia. Que la potencia lleve al acto depende de las circunstancias concurrentes. La criminología estudia los factores de riesgo y los factores de protección que impiden que el poderoso dañe a otros.

Cuesta hablar de abuso sexual. Es todavía un tabú, especialmente cuando ocurre en el ámbito intrafamiliar, porque aparece asociado a otro tabú que nos resistimos a cuestionar, el mito de la familia feliz.

Queremos pensar que la familia es el oasis de paz y bienestar que nos protege de los peligros del mundo. Sin embargo, hoy la ciencia nos permite saber que la familia está lejos de esta expectativa para muchas personas. Esta constatación es especialmente dolorosa cuando pensamos en personas que se encuentran atrapadas en relaciones abusivas, como sucede con los niños víctimas de los abusos de sus padres, padrastros, abuelos, hermanos o tíos, entre otros.

Cuando no se denuncia

Para muchas personas es difícil entender por qué la mayoría de víctimas no denuncia y, si lo hace, por qué muchas luego no son capaces de mantenerse firmes. La investigación con víctimas de abuso sexual infantil ha mostrado que hay una serie de barreras que estas tienen que superar.

Ante todo están las barreras intrapersonales. Las personas abusadas pueden no recordar los hechos, a causa de amnesia disociativa, o pueden no ser capaces de reconocerlos. El carácter crónico de los abusos y la adaptación a la realidad dificulta la comprensión.

En un estudio basado en entrevistas a adultos que habían experimentado abuso sexual infantil algunos explicaron que les costó tiempo poner nombre a lo que habían vivido. Vemos de nuevo la importancia de hablar del abuso sexual y utilizar el lenguaje adecuado para elaborar y contar la experiencia.

No menos relevantes son las barreras de carácter interpersonal. El abuso sexual frecuentemente surge en un entorno familiar en que concurren otros problemas. Además de los abusadores puede haber encubridores, personas que anteponen sus necesidades y miedos al deber de proteger a sus hijos menores.

Los abusadores prohíben hablar a sus víctimas y tejen una red de manipulación y mentira en torno a ellas, en la que pueden participar otros miembros del grupo. Romper el orden familiar construido sobre esta red persistente exige una inteligencia y una valentía que pocas personas tienen en estas situaciones.

Una víctima nos contaba el conflicto de lealtad que su madre tenía entre protegerla y proteger a su hermano abusador de la justicia. Las propias víctimas pueden estar atenazadas por dilemas semejantes y sentir la necesidad de proteger a sus abusadores.

Las barreras institucionales

Finalmente, existen las barreras institucionales. El sistema de justicia penal no ha sido diseñado para hacer frente a la victimización intrafamiliar y resulta un espacio hostil para las víctimas, especialmente las menores de edad.

Son necesarias reformas y una mayor formación y sensibilización de los profesionales para proteger a las víctimas, tanto del abuso sexual y sus consecuencias como del sistema de justicia.

También hay que reclamar una mayor concienciación de todos quienes tienen contacto con los menores. La justicia penal es solo el último remedio y un mal remedio. Hay que hablar del abuso sexual, conocerlo y reconocerlo, para poder reconocer y proteger a las víctimas y diseñar intervenciones profesionales adecuadas con las familias que necesitan apoyo.

Solo detectando los casos y actuando a tiempo con mecanismos adecuados podrá impedirse que los patrones de abuso instaurados en ciertas familias se sigan reproduciendo.

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Josep-Maria Tamarit Sumalla no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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