Extrema derecha, magufismo y plandemia: ¿Qué hay detrás?

«Me preocupa que partidos autoritarios estén fomentando esta vía casi religiosa de acceder a la realidad, porque solo genera fanáticos que considera a los otros gente manipulada»

Karim Agharbi

Lo preocupante de la manifestación del 16 de agosto no fue que se reunieran mil personas sin mascarilla, que también. Lo preocupante es el asalto a la ciencia como último reducto de consenso y entendimiento en la sociedad. Ataque que responde a una estrategia política nada oculta. 

En un análisis de twitter que realizaron @BarriPdmx y @SoyMmadrigal sobre las cuentas que participaron en la difusión de la manifestación, confirman lo que muchos ya sospechábamos. Las conexiones entre la extrema derecha y este movimiento. Cuentas activas contra la Plandemia se crearon en abril al tiempo que comenzaban las caceroladas contra el gobierno y el confinamiento. La cuenta que comenzó el hastag #Madrid16A pertenece al partido libertario, partido centrado en la absoluta libertad económica y la reducción del estado a su mínima expresión, tesis compartida con VOX. En la misma línea política andaría la usuaria que en más ocasiones compartieron su contenido. Y el usuario que más tweets lanzó tiene entre sus diez hastag más usados diez campañas de VOX, pleno. La pregunta sería qué interés tiene la extrema derecha en fortalecer esta tendencia.

Desde hace un tiempo la estrategia de lo que se ha llamado últimamente la altright, la derecha alternativa, ha pasado por romper el sentido común, esto es romper los consensos aceptados de forma tácita por la mayoría de la sociedad. La punta de ariete de esta estrategia, es sostener que se enfrentan a lo “políticamente correcto” y que luchan contra la “dictadura progre”. Esto lo aterrizan, por ejemplo, negando la existencia de la violencia de género al relativizar los datos  que nos hablan de la pobreza, vulnerabilidad y asesinatos que sufren las mujeres en todo el mundo. Lo mismo ocurriría con las cifras que nos hablan del calentamiento global, del ritmo frenético al que se extinguen especies, del avance del desierto y de la alteración de los fenómenos atmosféricos, se limitan a decir que el cambio climático es algo natural, no un problema provocado por el ser humano, y que solo es una excusa para coartar la libertad a usar el coche.

Y es esa misma estrategia la que están usando en esta ocasión. Se cuestionan los datos de los muertos, hay quienes dicen que no hay tal cantidad de fallecidos pero que se aprovecha la alarma para establecer mecanismos de control social, también están los que dicen que sí los hay pero que los han matado intencionadamente para ahorrar en pensiones. Hay quienes llegan a decir que el sistema sanitario esta comprado por los grandes jefes de la humanidad, que tienen a sueldo a todos los presidentes del mundo y que han comprado el silencio de todos los trabajadores sanitarios. Bajo estas tesis se definen como rebeldes defensores de la libertad, cuando en realidad su objetivo sería quebrar y desestabilizar el país. 

Puede parecer exagerada la última afirmación, pero esa es la función última de los negacionismos y de las fake news: Crear realidades paralelas, crear mundos en el que puedes elegir qué datos quieres que sean reales. Y esto acaba irremediablemente con la posibilidad de cualquier diálogo. ¿cómo debates con quien te niega que la temperatura del mar ha subido? Llevado al extremo, ¿cómo debates con quien te pide que expliques por qué los objetos siempre caen hacia abajo, pero sin recurrir “a la mierda esa de la gravedad”? Cuestionada hasta la ciencia se derrumba la base sobre la que construir cualquier debate y cualquier consenso, todo se convierte en un acto de fe porque ningún dato es confiable. 

No me preocupan tanto los negacionistas, los terraplanistas  o los antivacunas en sí mismo. Me preocupa que partidos autoritarios estén fomentando esta vía casi religiosa de acceder a la realidad, porque solo genera fanáticos que considera a los otros gente manipulada en el mejor de los casos y en el peor, siervos a sueldo del “Nuevo Orden Mundial” y por tanto enemigos con los que es imposible llegar a un entendimiento. Y entonces, solo queda la fuerza.

La incoherencia ideológica de VOX

Vox añora el siglo XVI, cuando España pretendía ser un imperio global que llevara al Cristianismo y al Mercado hasta los últimos rincones del planeta.

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Al margen de cualquier juicio moral sobre la ideología de Vox, y haciendo un análisis meramente filosófico, es evidente que los tres pilares sobre los que se asienta su discurso; España, Mercado y Cristianismo, son contradictorios, salvo que a uno de ellos se le dé prioridad.

Vox no se ha atrevido nunca a establecer este orden de prioridad. Por eso añoran el siglo XVI, cuando no era necesario poner en orden estas palabras porque las tres ideas iban en aquel momento en la misma dirección. En aquellos tiempos España pretendía ser un imperio global que llevara al Cristianismo y al Mercado hasta los últimos rincones del planeta.

España, Mercado y Cristianismo eran “tres señores” aliados en la “conquista” o “conversión” del mundo. Pero no nos engañemos, tan pronto estuviera el mundo entero conquistado, los tres señores se pelearían entre ellos, ya que los tres quieren estar en primer lugar.

El problema es que ningún siervo puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro. No es culpa del siervo, sino de los señores que le acaban pidiendo cosas contradictorias y obligan al siervo a elegir. Y si no se puede servir a dos, mucho menos a tres.

500 años más tarde vemos que el Señor Mercado está cerca de conquistar el mundo entero, que el Señor Cristianismo va por la mitad y que el Señor España ha pasado de ser un imperio donde no se ponía el sol a ser un pequeño país donde hace mucho sol.

Es este desigual avance de los tres señores lo que hace que el proyecto ideológico de Vox no sea factible, ya que el Señor Mercado es hoy soberano, el Señor Cristianismo no lo es, pero pretende serlo y el Señor España no es ya un Señor, sino un pequeño siervo en el escenario mundial. Vox pretende llevar un carro con tres caballos de tamaños muy diferente y donde cada uno tira por un lado.

El Mercado quiere un mundo globalizado, homogéneo y con pocos impuestos al capital. De hecho, a los grandes empresarios no le interesan en absoluto las fronteras ni las divisiones nacionalistas y mucho menos los discursos cristianos que puedan juzgar moralmente su riqueza o lo que hacen con ella. Hoy muchos empresarios están abandonando Vox porque oyen demasiado la palabra España, la cual amenaza sus intereses, o porque el discurso cristiano les parece rancio y trasnochado.

El Cristianismo exige poner al mercado en su sitio. Cristo solo usó el látigo una vez y fue con este propósito. El cristianismo es terriblemente exigente desde un punto de vista moral. En la visión cristiana el dinero no está para ser acumulado sino para servir a los demás. Y esta visión, cuando se lleva a la política, conduce a una serie de regulaciones que a los empresarios no les suele gustar.

Tampoco el nacionalismo adquiere una posición de privilegio en un mundo cristiano. Las primeras palabras públicas de Jesús fueron “muchos leprosos judíos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio”. La reacción de los judíos a esas palabras fue intentar despeñarle. Si eso dijo Jesús a los nacionalistas judíos, siendo Él judío, no quiero imaginar lo que diría a los nacionalistas españoles. El problema del cristianismo es que lejos de empezar por servir a los nacionales parece empeñarse en comenzar por servir a los extranjeros, y eso choca frontalmente con la idea nacionalista de “los españoles primero”.

Hoy muchos cristianos están abandonando VOX porque echan de menos el verdadero cristianismo humanista y porque saben que uno no puede servir a Dios y al dinero.

Finalmente, la idea de España puede verse de dos maneras. Se puede aspirar a la romántica idea de un imperio universal, alguno hay que pretende esto, o contentarse con su actual tamaño y aspirar a una imposible soberanía. Esta segunda versión de España tiene el problema de que el Mercado es más poderoso y es ya casi universal, así que o bien España se pliega al Mercado o el Mercado lo aplasta.

Naturalmente algunos votantes de VOX no ven nada malo en que España sea un siervo del Señor Mercado, pero esto es porque, o bien son grandes empresarios con grandes inversiones globales que saldrían ganando al ver al Señor Mercado triunfar sobre España, o son trabajadores que no han pensado bien hasta dónde puede llegar el Mercado con su soberanía mundial. Piensan que sus vacaciones, sus pagas extras, su salario mínimo, la cotización a la seguridad social de la empresa, sus indemnizaciones por despido y su máximo de 40 horas laborales a la semana están garantizadas. Pero la realidad es que todo esto va a desaparecer. El dinero solo invertirá allá donde haya menos de todo esto. Hoy todos los países están, sin darse cuenta, en una carrera por ser los primeros en destruir la regulación laboral para atraer la mayor porción de las inversiones mundiales.

Hoy muchos trabajadores nacionalistas españoles están abandonando Vox porque la visión de una España plegada al Mercado les aterra y piensan que pueden perder todos los derechos laborales conseguidos desde la época franquista. En aquella época los gobiernos de los países, fueran demócratas o dictadores, eran realmente soberanos y podían gobernar sin ser siervos de un mercado mundial que impone sus reglas. Entonces solo se contaba con la inversión nacional y España podía atreverse a establecer regulaciones laborales sin perder la inversión. Hoy ya no es así. Hoy un país que no disminuya progresivamente la regulación laboral es un país que dejará de atraer las inversiones internacionales y que irremediablemente se empobrecerá.

La solución no es otra que acuerdos internacionales que regulen al mercado y que establezcan un mínimo de impuesto de sociedades y de regulación laboral en todos los países del mundo. De esta manera el mercado se pone al servicio de los países y los países se ponen al servicio de la Humanidad. Esta es la visión política que a mi juicio está más cerca del Reino de Dios que los cristianos están llamados a construir. Por lo tanto, si se trata de priorizar los tres pilares de Vox, el orden para los cristianos creo que debe ser: Reino de Dios, España, Mercado, por ese orden, visión que está en perfecta sintonía con una visión más inclusiva: Derechos Humanos, España, Mercado.

Jorge Serrano Paradinas

Afiliado del partido Por Un Mundo Más Justo

Fuente: Por Un Mundo Más Justo

Los fascistas no quieren censurarnos, quieren que hablemos (y cuanto más, mejor)

Si millones de personas se pasan la vida en redes sociales debatiendo si es contraproducente o no permitir crecer a los intolerancia es bueno para la extrema derecha: que todo el mundo lo haga convierte las opiniones en algo indistinto. En definitiva, irrelevante

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Javier F. Ferrero
El fascismo articula la tradición procedente de algún lugar del pasado, normalmente combinada con elementos religiosos; visión mística del orden; interpretaciones nacionalistas; valores de comportamiento tradicionales; y programa económico que puede ligarse tanto a la intervención del Estado como al liberalismo.

La agenda fascista se centra en cuestiones típicamente privadas, tales como la familia, la sexualidad, la religión, la estética, entre otras, paralelamente al énfasis en las instituciones estatales y en los códigos legales/morales que deberían ocuparse de ellas. Las derechas actúan sistémicamente a favor del capital y de los capitalistas por medio de la construcción figurada del “orden”. Se opone con violencia verbal, estética y física a los que, real o imaginariamente, protestan contra el capitalismo y/o contra las desigualdades producidas por ese sistema.

Por ello, los trabajadores son, fundamentalmente, las primeras víctimas de las políticas económicas, así como sus organizaciones (sindicatos, partidos y otras formas de representación política) sus víctimas políticas.

Sin embargo, la clase trabajadora es un nicho de votos demasiado importante para tirarlo exponiendo todo lo indicado de manera clara y debatiendo sus propuestas de una manera abierta. Mientras que en una democracia como la nuestra el sistema de gobierno está fundado en la discrepancia y las opiniones son distintas y variadas, el fascismo, que antes identificaba a los disidentes y los hacía callar metiéndolos en la cárcel (o al estilo español, en una cuneta), ha tenido que adaptarse.

El fascismo quiere que hablemos, que los contrarios muestren su opinión, pero siempre, todos a la vez y acerca de todo. Si millones de personas que antes tenían la televisión y los periódicos como punto de referencia ahora se pasan la vida en redes sociales comentando, compartiendo, asintiendo o discrepando, no hay motivo alguno para impedírselo, porque el hecho mismo de que todo el mundo lo haga convierte sus opiniones en algo indistinto. En definitiva, irrelevante 

El mensaje está claro: al convencer a todo el mundo de que sus opiniones valen lo mismo, al final nadie valdrá más que nadie y todo, ideas y personas, serán perfectamente intercambiables. De esta forma, se mina todo principio de jerarquía entre las opiniones a fin de que no se pueda distinguir entre lo verdadero y lo falso en función de quien lo afirma. Para lograrlo, desacreditan a las figuras públicas que poseen una autoridad moral o científica, es decir, a los que poseen el conocimiento.

Las redes sociales tienen un gran potencial para la difusión del fascismo: se puede hablar directamente a los ciudadanos sin pasar por los mediadores sociales. El mensaje, sea cual sea, puede llegar sin filtros (y sin verdad) con mensajes breves, claros y memorizables.

Sin periodistas, sin preguntas tendenciosas, sin entrevistas…  un perfecto caldo de cultivo para los intolerantes. Y sobran los periódicos, los propios seguidores ultras difunden los mensajes.

Fuentes:
Francisco Pinto da Fonseca, Carmen Pineda Nebot. (2020). Las expresiones de la derecha en Brasil y en España: conservadurismo, neoliberalismo y fascismo.
Michela Murgia. (2019). Instrucciones para convertirse en fascista. Italia: Seix Barral.

“Yo pienso así porque soy capitalista”

Un escrito sobre la ceguera que produce un sistema económico creado para que una minoría pueda dominar económicamente (y de cualquier otra forma que se les ocurra) a una mayoría.

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Javier F. Ferrero
Jorge Majfud es un reconocido escritor y traductor uruguayo que lleva muchos años viviendo en Estados Unidos. Suelo leer sus escritos con frecuencia. En parte es porque su visión anticapitalista desde la cuna de tan contraproducente (para la mayoría) sistema social y económico es refrescante; y en parte, para que vamos a negarlo, porque nos permite usar sus escritos en Contrainformación y en Nueva Revolución y, en tiempos de estrecheces (económicas y morales) como son los actuales, es de agradecer.

Como digo, devoro sus artículos, que cuelga en su web, pero uno llamó en estos días mi atención especialmente. Solo son cuatro párrafos, pero resumen perfectamente la obcecación de la sociedad con un sistema que los engaña, ofreciéndoles caramelos en forma de «sueños» (americanos, en este caso) y que después los abandona en cuanto tiene ocasión.

Podemos verlo con los cientos de miles de muertos con los que ha tiznado Estados Unidos las portadas de medio mundo, culpando al coronavirus, sí, pero cuyos verdaderos culpables son quienes priorizan la economía por encima de los ciudadanos y ciudadanas. God money, I’ll do anything for you, que diría Trent Reznor.

El capitalismo ofrece una realización de estos valores selectiva: reduce la libertad al derecho a comprar y vender, la igualdad a un formalismo legal; desintegra la solidaridad en individualismo privatizado, y amenaza al propio planeta del que dependemos todos los humanos. Sin embargo, la inmensa mayoría de la población nació sobre una base capitalista y, tristemente, subyace en ellos el «más vale malo conocido».

Podemos verlo también en los abandonados por los sistemas sanitarios, por lo que no pueden pagarse una sanidad privada henchida por los intereses políticos y las bocas bien alimentadas de sus defensores a ultranza. «No señor, usted no es capitalista«, dice Majfud en su artículo. Nadie, salvo ese 1 % que se beneficia de él, debería serlo.

Lo cierto es que solo son un par de ejemplos de los miles que a diario pueden verse (y sentirse) en nuestra adormilada sociedad, pero vamos al tema de hoy, que es el escrito del compañero Jorge:

Un atardecer de otoño de 2008 o 2009 tuve una conversación en un estacionamiento con uno de los guardianes del campus de la universidad en Pennsylvania en la que trabajaba. El señor, un hombre en sus sesenta a quien siempre aprecié y creo que él me apreciaba igual, con una seguridad que se la envidio, me dijo:

“Yo pienso así porque soy capitalista”.

Agotado por una larga jornada le dije, sin pensar que no era el momento ni el lugar:

“No, señor, usted no es capitalista. Usted es un trabajador asalariado. Usted no es capitalista, sólo tiene fe en el capitalismo, como tiene fe en Jesús; pero de la misma forma en que usted no es Jesús, tampoco es capitalista”.

Carta abierta a mi partido, el PSOE

«La monarquía ni es necesaria, ni es esencial y cuarenta años después probablemente ya no sea útil».

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Sandra Gómez. Secretaria General del PSPV-PSOE València y Vicealcaldesa de València.
Siempre he tenido vocación republicana. Es lógico porque mi forma de entender el mundo reivindica un espacio de libertades al que se accede mediante unas condiciones necesarias de igualdad. Se construye sobre la idea básica de que el apellido no debe determinar tu condición social. No acepta la reproducción social de la pobreza, pero tampoco su contrapunto, que es la reproducción de los privilegios. Por eso siempre he entendido la idea republicana como algo más que la agrupación de diversas formas de Estado. Es la idea de la propia condición de ciudadanía. El republicanismo ejemplifica también una idea de virtud cívica, la idea de no dominación.

El republicanismo y la democracia son dos caras de la misma moneda, aunque esto no ha obstado, ni obsta para que existan democracias con monarquías o que existan repúblicas con menores estándares democráticos que monarquías parlamentarias. Tampoco para que gobiernos socialdemócratas hayan convivido con monarquías, incluso formado parte de la constitución de sistemas políticos que contemplaban esta institución.

Es cierto que no es una condición necesaria, tampoco suficiente. No invalida la democracia, tampoco es esencial para ésta. Pero hasta el más monárquico admitirá que se trata de una excepción al principio de igualdad entre ciudadanos y ciudadanas. La diferencia no residirá en considerarlo una excepción, sino en su justificación. Y, es cierto, puede estar justificada también como un ejercicio de oportunidad democrática. Un republicano podría defender la existencia accidental de una monarquía como herramienta útil para la constitución de un régimen de libertades y derechos. Probablemente este haya sido el caso durante varias décadas, incluso que haya jugado su papel como elemento para conectar a la Transición a sectores conservadores que veían en esta institución una cura de temores. Desde este prisma puede incluso justificarse, contra la esencia de su condición hereditaria, como un elemento democratizador o que puede alejar una sociedad de la ruptura. No tiene que ser una contradicción ver a un demócrata, a un republicano, asumir la monarquía como un elemento pragmático. Pero, bajo esa misma lógica ¿ese sí por las circunstancias, podría ser un no con circunstancias diferentes? No pretendo por tanto una enmienda al pasado, ni al consenso de la Transición, ni a mi propio partido. Pero sí pido una resolución de futuro.

Porque si la monarquía no es un elemento esencial, se puede juzgar desde la conveniencia democrática. Está sujeta a que la ciudadanía la considere útil. A que sume más que reste. Y aunque no es fácil saber qué opinamos los españoles y españolas sobre esta cuestión, no deja de ser paradigmático que desde hace cinco años el CIS no pregunte sobre esta cuestión. Antes de este apagón, observábamos cómo desde 2006 su valoración había sufrido un retroceso más que palpable y hoy vemos en otros estudios más recientes cómo se alimenta la idea de que su utilidad podría haber quedado atrás.

Sumémosle a esta inercia los últimos acontecimientos, las dudas más que razonables sobre el origen de parte de su fortuna familiar. La falta de ejemplaridad. O especialmente la separación abismal entre su condición y la del resto, ya no en la cuenta corriente, sino en la inviolabilidad de su figura. Si la crisis de 2008 abrió una etapa de erosión institucional que afectó como nunca había ocurrido a la corona, las consecuencias económicas y sociales de la pandemia reproducirán más condiciones para que crezca esa distancia. Y, por tanto, llegado a este punto, ¿se justifica hoy la excepcionalidad democrática que supone la monarquía? O como mínimo ¿se justifica hoy que no tengamos la opción de opinarla?

De hecho, lo mismo que justificó en su momento su necesidad hoy suma argumentos en su contra. Hoy los riesgos de nuestra democracia son otros a los de finales de los setenta, hay más peligro en la desafección o en la irritación que en los cuarteles. Es por eso por lo que pido abrir el debate. No quiero que el debate verse sobre el quién, sino sobre si ha llegado el momento de que las reglas del juego no tengan excepciones hereditarias. El riesgo de tener un Jefe de Estado que no me gusta es como el de tener un Gobierno al que no he votado, un riesgo que vale la pena defender contra cualquiera.

Sí, soy consciente de las dificultades de objetar la Corona, la necesidad de hacerlo con un apoyo transversal, pero probablemente esa transversalidad esté abriéndose camino más rápido fuera de la política representativa que dentro. Y el punto de inflexión puede estar en que desde el Partido Socialista realineemos las ideas con las circunstancias, porque las circunstancias han cambiado. Porque ni es necesaria, ni es esencial y cuarenta años después probablemente ya no sea útil.

Que el partido que más se parece a este país, más lo ha gobernado y firma la mayor parte de la arquitectura de su democracia abra esta opción no tiene porqué ser un elemento de polarización, sino de normalización de este debate. Un diálogo en el que se reconocerán muchas voces progresistas, pero al que hay que invitar con normalidad a la derecha liberal. Y aunque no será una decisión que tomar mañana, ni en lo inmediato cuando estamos pasando un episodio tan complicado, el Partido Socialista debe defender que ya ha llegado el momento de que podamos opinar en un escenario próximo. Lo hago desde la convicción personal de que es lo más coherente, pero también lo mejor para nuestra democracia. Sandra Gómez Secretaria General del PSPV-PSOE València ciudad y Vicealcaldesa de València.

Esta carta ha sido publicada originalmente en Tribuna Abierta de ElDiario.es

Ayuso contra la ciencia

Los gobiernos y las empresas deberían invertir el tiempo, el talento y el dinero disponibles en preservar la fórmula que realmente es efectiva para la limitación del daño pandémico: prueba, rastreo y aislamiento.

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Alvaro Carmona (S de Siensia)
Imagina una sociedad donde tus posibilidades de conseguir un trabajo, una vivienda o un préstamo depende de pasar un análisis de sangre. Que tu libertad dependa de la tenencia o no de ciertos anticuerpos parece más propio de una pesadilla futurística sacada de la serie Black Mirror ¿verdad?

No creas que es imposible, ya ha sucedido antes. Durante gran parte del siglo XIX, la inmunidad a la fiebre amarilla dividió a los ciudadanos de Nueva Orleans, Louisiana, entre los «aclimatados» supervivientes de enfermedad y los «no aclimatados», que no la habían pasado. Esta «aclimatación» no era una opción puesto que era la clave para ingresar a la sociedad de Nueva Orleans, tanto que se la denominaba «bautismo de ciudadanía». La inmunidad dictaba con quién podían casarse las personas, dónde podían trabajar y, para aquellos forzados a la esclavitud, cuánto valían. 

Tenemos un amplio registro gracias a las crónicas de la época; en palabras recogidas en una carta de un joven que se instaló en la ciudad en 1847, Isaac H. Charles: “Es con gran placer que puedo decirte con certeza, que tanto [mi hermano] Dick como yo estamos aclimatados». Vamos, que se sentían orgullosos ciudadanos de pleno derecho. Como todo en esta vida tiene una “Pinkfloydiana”cara oscura, la presunta inmunidad favoreció el monopolio del poder político y económico en manos de la élite rica e inmunizada, y fue uno de los principales argumentos para justificar la supremacía blanca.

Nuestro futuro distópico podría tener el mismo color si la más reciente “Ayusada” llega a buen puerto. Isabel Díaz Ayuso ha anunciado la puesta en marcha a partir de septiembre de una cartilla covid-19 en la Comunidad de Madrid. Esta sería similar a una cartilla internacional de vacunación y tendría una réplica en la tarjeta virtual, para que aquellos ciudadanos que hayan pasado la enfermedad y tengan anticuerpos, o se hayan sometido a una prueba PCR, tengan registrada esa información en la cartilla. Un momento… ¿el guionista de 2020 está de nuevo borracho?.

La idea es que dichos certificados se emitan te eximan de las restricciones de movilidad, permitiéndote regresar al trabajo, socializar, ir a crossfit o viajar. Los cimientos de esta idea tienen tanta broma (en su acepción marinera) que es difícil saber por dónde comenzar. El 24 de abril de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) se pronunció en contra de la emisión de estos pasaportes de inmunidad al no poderse garantizar su precisión. No obstante, la idea se está dando a conocer en los Estados Unidos, Alemania, el Reino Unido y, ahora, Madrid. De hecho, en China ya existen apps de control de salud, rastreo de contactos y códigos QR digitales para limitar el movimiento de personas, y no sería difícil integrar los resultados de la prueba de anticuerpos en este sistema. 

El porqué de la inefectividad de la extravagante propuesta de la presidenta de la Comunidad de Madrid se basa en una combinación explosiva de problemas prácticos y objeciones éticas que la hacen una muy mala idea:

  1. La inmunidad a COVID-19 es un misterio. Datos recientes sugieren que la mayoría de los pacientes recuperados producen algunos anticuerpos contra el SARS-CoV-2. Pero aún no se ha determinado si todos producen suficientes anticuerpos para garantizar una protección futura, cuál podría ser un nivel seguro o cuánto duraría dicha inmunidad. Si la inmunidad contra el SARS-CoV-2 imita lo que se ve con el resfriado común, el período de protección podría ser más corto de lo que pensamos. Casualmente, un reciente preprint (un artículo científico pendiente de revisión por pares) indicaría que la situación con el coronavirus iría por esta vereda. Sus resultados indican que los niveles de anticuerpos contra el virus alcanzan su punto máximo unas tres semanas después del inicio de los síntomas y  que tan solo el 17 por ciento de los pacientes analizados retuvo los mismos niveles tres meses después.
  2. Las pruebas serológicas no son confiables al 100%. Las pruebas para medir los anticuerpos contra el SARS-CoV-2 en la sangre pueden ser una herramienta valiosa para evaluar la prevalencia y la propagación del virus. Pero la oferta de test disponibles varían ampliamente en calidad y eficacia. Si los test presentasen una baja especificidad la prueba mediría anticuerpos distintos de los que son específicos del virus. Esto causaría falsos positivos, lo que llevaría a las personas a pensar que son inmunes cuando no lo son. Por otro lado, una baja sensibilidad del test implicaría que la prueba necesitaría que una persona tuviese una alta concentración de anticuerpos para llegar al umbral de detección. Esto llevaría a falsos negativos en personas que tienen pocos anticuerpos, y pese a ser potencialmente inmunes, serían etiquetadas incorrectamente como no inmunes.
  3. El volumen de pruebas necesarias es inviable. Se necesitarían decenas a cientos de millones de pruebas serológicas para un programa nacional de certificación de inmunidad. El mínimo es de dos pruebas por persona, ya que cualquier persona que haya dado un resultado negativo podría infectarse más tarde y necesitaría una nueva prueba para obtener la certificación inmunológica. Además, sería necesario repetir las pruebas, no menos de una vez al año, para garantizar la inmunidad continua. 
  4. Muy pocos inmunizados para impulsar la economía. Tras los resultados del estudio serológico realizado en pacientes COVID-19 en España, se ha demostrado que la proporción de individuos que se sabe que la prevalencia de anticuerpos varía ampliamente en dependiendo de la región de la que hablemos. El estudio concluyó en que, de media, solo un 5,2% de la población española tiene anticuerpos, variando ampliamente desde un 14,4% en Soria a un 0,7% en Ceuta. ¿Sería lógico dejar caer el peso de la recuperación económica sobre las espaldas de los inmunizados teniendo en cuenta estos números?

A parte de estas limitaciones que hacen inviable la efectividad de estas cartillas-covid, existen una serie de objeciones éticas derivadas de las posibles consecuencias sociales a las que nos tendríamos que enfrentar:

El monitoreo erosiona la privacidad. El objetivo de los pasaportes de inmunidad es controlar el movimiento y, para ello, cualquier estrategia de certificación de inmunidad debe incluir un sistema de identificación y monitoreo. Dado que la documentación en papel está obsoleta y es vulnerable a la falsificación, la documentación electrónica integrada en una aplicación de teléfono inteligente sería la opción más resistente al fraude.

En algunas provincias chinas, los códigos QR en los Smartphone controlan la entrada a lugares públicos sobre la base del estado de salud COVID-19 del individuo. Sin embargo, estas aplicaciones informan sobre las ubicaciones, el historial de viajes, contactos y otra información de salud, como la temperatura de su cuerpo. Taiwán también está utilizando aplicaciones para teléfonos inteligentes con sistemas de alerta que están directamente vinculados a los departamentos de policía. 

Los grupos marginados podrían enfrentar un mayor escrutinio. Con una mayor vigilancia, aumenta el riesgo de perfiles y posibles daños a grupos raciales, sexuales, religiosos u otras minorías. Durante la pandemia, China ha sido acusada al obligar a los ciudadanos africanos a hacerse la prueba del virus, mientras que en otras partes del mundo las personas de origen asiático han enfrentado picos en prejuicios racializados, tal y como pudimos ver con el movimiento #ImNotAVirus.

Por poner un ejemplo, durante la pandemia, entre mediados de marzo y principios de mayo en Brooklyn, Nueva York, 35 de las 40 personas arrestadas por violar las leyes de distanciamiento físico eran negras. Según el alcalde de la ciudad, esto no quiere decir que la mayoría de los infractores sean afroamericanos, sino que existe un sesgo discriminativo hacia este sector de la población.

Acceso injusto. Frente una escasez de pruebas, así como la posible saturación del sistema sanitario público, es más que probable que se produzca una brecha entre la población “pudiente” y aquella en los estratos más desfavorecidos. Cuando tu centro de salud no da abasto haciendo tests, hay quien puede permitirse marcarse un “skip the line” y pagarse un análisis completo en una clínica privada. De este modo, parece obvio que las personas que necesitasen una certificación clínica para volver al trabajo con mayor urgencia, trabajadores que necesitan mantener un techo sobre su cabeza y comida en la mesa, tengan dificultades para hacerse una prueba de anticuerpos. Podríamos, por un momento, pensar en la dificultad de evaluar a los niños antes de que regresen a la escuela, al igual que a las personas mayores.

Estratificación social. Tal y como ocurrió en la Nueva Orleans del siglo XIX, etiquetar a las personas sobre la base de su estado inmunitario crearía una nueva medida para dividir los «que tienen» y los «que no tienen»: la clase social de los “inmunoprivilegiados”. Tal etiquetado debe preocuparnos en ausencia de una vacuna gratuita y universal. Si existiese, las personas podrían optar por participar y obtener la certificación inmunológica, de lo contrario, la certificación dependería de la suerte, el dinero y las circunstancias personales. Restringir el trabajo, los conciertos, los museos, los servicios religiosos, los restaurantes, los centros de votación política e incluso los centros de atención médica a los sobrevivientes de COVID-19 dañaría y privaría de sus derechos a la mayoría de la población.

Las desigualdades sociales y financieras se amplificarían. Los empleadores podrían caer en la tentación de evitar a los trabajadores susceptibles de enfermarse y podrían privilegiar a los han pasado la enfermedad y contratar preferentemente a aquellos con inmunidad «confirmada».

Los pasaportes de inmunidad también podrían alimentar las divisiones entre las naciones. A las personas de países que no pueden o no quieren implementar programas de pasaporte de inmunidad se les puede prohibir viajar a países que los estipulen. Actualmente, y aunque te parezca sacado de Years and Years, las personas positivas para VIH ya están sujetas a restricciones para ingresar, vivir y trabajar en países con leyes que afectan los derechos de las minorías sexuales y de género, como Rusia, Egipto y Singapur. No es difícil pensar que la implantación de estas cartillas no nos dejaría en una situación muy diferente.

Los pasaportes de inmunidad de hoy podrían convertirse en los pasaportes biológicos de mañana. Esto introduciría un nuevo riesgo de discriminación si los empleadores, las compañías de seguros, los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley y otros pudieran acceder a información de salud privada para su propio beneficio.

Una amenaza a la salud pública. Los pasaportes de inmunidad podrían incentivar la irresponsabilidad con el fin de adquirir estos privilegios buscando voluntariamente la enfermedad, poniéndose a sí mismas y a otras personas en riesgo. Las dificultades económicas podrían amplificar el incentivo si un pasaporte de inmunidad es la única forma de conseguir un trabajo. La amenaza para la salud recae en que las personas que reclaman inmunidad podrían continuar propagando el virus, y esto llevaría a una montaña rusa de rebrotes, con la consecuente posible saturación del sistema sanitario público.

Como reflexión, debemos pensar que las estrategias que se centran en el individuo, utilizando concepciones de ética arraigadas en el libertarismo, contradicen la misión de la salud pública. El éxito frente a la pandemia depende de la solidaridad, de la apreciación colectiva de que todos estamos juntos en esto. Una ética basada en la autonomía individual es extremadamente peligrosa durante una crisis de salud pública.

En lugar de los pasaportes de inmunidad, los gobiernos y las empresas deberían invertir el tiempo, el talento y el dinero disponibles en preservar la fórmula que realmente es efectiva para la limitación del daño pandémico: prueba, rastreo y aislamiento. Junto a esto, es fundamental el desarrollo, producción y distribución global de una vacuna de acceso universal, y gratuito, solo entonces sería ético requerir la certificación inmunitaria.

Las cloacas monárquicas: quienes lavaron durante años la imagen de Juan Carlos I, lo intentan ahora con Felipe VI

«Los poderes político, económico y mediático no actúan de modo separado, sino que son los tres vértices de eso que estamos llamando las “cloacas monárquicas”».

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“Que toda la ponzoña que acecha en el fango salga a la superficie”. (Claudio, Emperador Romano)

“La conclusión es clara. Estamos gobernados por un Estado opresivo, reaccionario, enemigo del pueblo y de la clase trabajadora en particular, con su pata mediática adosada que le sirve de altavoz, y por encima de ellos una oligarquía parásita y corrupta que maneja las 35 empresas españolas más grandes, el llamado IBEX35, más las 65 grandes empresas restantes que configuran la Bolsa de Madrid. Todo ello en mano de 20 familias (…) con ramificaciones hasta alcanzar 200 familias de súper ricos y explotadores que controlan el 85% de la riqueza del país”. (David Rey)

Hemos sospechado siempre que nuestro actual “Rey Emérito”, dotado al igual que su hijo de inviolabilidad, había sido un corrupto y un mujeriego, pero las noticias que desde hace varias semanas se agolpan en diarios nacionales e internacionales ya no nos dejan lugar a dudas. Debajo de ese disfraz de “campechano” se escondía un especulador que había amasado una fortuna personal incalculable, procedente de sus muchos trapicheos cada vez que acompañaba a nuestros “grandes empresarios” a esos viajes de negocios. De ahí que las grandes empresas, esas que David Rey menciona en la cita de entradilla, sean las primeras defensoras de “Su Majestad”, y ahora continúen haciéndolo con Felipe VI, así como las fuerzas políticas que las representan, la derecha extrema y la extrema derecha del trío Ciudadanos-PP-Vox, que en seguida salen a defender la figura del Jefe del Estado, como si les fuera la vida en ello. Hasta el ex Presidente Felipe González ha salido recientemente en defensa del Emérito, contra lo que pueda sostener un “policía corrupto” (refiriéndose al ex Comisario Villarejo), o “una señora” (refiriéndose a Corinna Larsen). Cuantas más pruebas se acumulan contra la figura de Juan Carlos I (en este caso por una trama de comisiones ilegales en la construcción del AVE a la Meca), más enconada es la defensa que recibe de las cloacas. 

Hay que comenzar recordando que Juan Carlos I fue siempre un admirador de Franco, que su proclamación fue lanzada recordando la figura de Franco, y que por tanto, es una figura ilegítima que se crea para ofrecer continuidad al régimen, bajo un halo de democracia, una apariencia de que el pueblo elige, sin elegir. Ahora quieren desligar la figura de Felipe VI de la de su padre, y hacen desmedidos esfuerzos en lavar su imagen, insistiendo en que las corruptelas del padre no afectan al hijo, que está llevando a cabo desde su proclamación grandes esfuerzos por ofrecer una imagen de la monarquía limpia y honesta. Pero esto es imposible mientras no sea el pueblo quien verdaderamente elija la forma de Estado, luego la única manera de que Felipe VI pueda desvincularse de su padre es renunciando a su cargo, mientras no sea el pueblo quien lo elija democráticamente. Pero ante tamaño asedio al poder, el CIS hace ya varios años que ni siquiera pregunta por la figura del monarca. Otra pata del régimen del 78, para tenerlo todo “atado y bien atado”, son los partidos del régimen, incluido el PSOE, que en medio de tanto escabroso escándalo, continúan defendiendo un silencio cómplice encogiéndose de hombros, sin denunciar abiertamente el obsceno comportamiento del Rey Emérito, y oponiéndose a cuantas iniciativas solicitan en el Congreso una Comisión de Investigación sobre el asunto, con los insostenibles argumentos de que las Cortes no pueden investigar a la Corona. 

Hemos de tener en cuenta que los poderes político, económico y mediático no actúan de modo separado, sino que son los tres vértices de eso que estamos llamando las “cloacas monárquicas”, es decir, el entramado de poder que va a intentar por todos los medios que dicha institución no se venga abajo, puesto que es la última garante de que sus privilegios continúen intocables. Estas cloacas se fueron gestando durante el franquismo, sistema que estaba inundado de criminales, torturadores, vividores, parásitos y represores que acumularon enormes privilegios por arrimarse a la sombra del dictador, y que vienen disfrutando del pago a los servicios prestados a la clase dominante en España durante casi 80 años (los 40 primeros del franquismo, más los que llevamos viviendo en aparente “democracia”). La aparente contradicción a todo ello que representa el Caso Villarejo es explicada por David Rey en este artículo:La razón por la cual la justicia burguesa no ha tenido más remedio que atacar a Villarejo, encausarlo con múltiples denuncias y mantenerlo en prisión preventiva (…) es porque, henchido de su sentimiento de impunidad, se ha considerado “intocable” y ha ido más allá de lo permisible en sus oscuros negocios, afectando algunos intereses empresariales relevantes con el peligro de desacreditar al propio aparato del Estado y al “fair play” entre grandes empresas”. 

Son las cloacas monárquicas, con todas sus ramificaciones, las que han intentando durante décadas lavar la imagen de Juan Carlos I, esconder sus escándalos, mejorar su imagen pública, manipular los relatos, impedir los ataques hacia su figura, así como también, en la misma línea, atacar a Podemos, neutralizar a los independentistas catalanes, o suavizar los casos de corrupción del bipartidismo. Todas son piezas de un mismo puzzle. Y todas ellas son muestras de la escasa democracia que padecemos. Un día sí y al otro también aparecen nuevas informaciones, incluso en la prensa internacional, con nuevos datos inculpatorios sobre las mafiosas actividades del Rey Emérito, pero nuestras instituciones y sus líderes políticos se empeñan en defenderlo. ¿Hasta cuándo van a estar protegiendo a la monarquía? ¿Es eso lícito y soportable en cualquier democracia que se precie? Es absolutamente intolerable que a medida que conocemos el alcance y la gravedad de las implicaciones del ex Jefe del Estado en actividades corruptas, las instituciones de ese mismo Estado se empeñen en protegerlo a toda costa, alejando también ese mismo fantasma de la imagen de su hijo, el actual Rey Felipe VI. No valen parches ni paños calientes, como los que quieren aplicar en torno al posible desalojo del Rey Emérito hacia otra vivienda, para separarlo de la vivienda oficial del monarca. No es un asunto de dónde se aloja, sino de dilucidar hasta qué punto el Rey Emérito ha representado al Estado Español con dignidad durante su mandato, o más bien ha contribuido a su deterioro institucional. 

Y en las cloacas monárquicas también se encuentran las Fuerzas Armadas, uno de los reductos sociales más rancios y conservadores, capaces de tomar las armas en cuanto se produjera un cambio de Gobierno tal, que se tomaran medidas profundamente transformadoras, tanto como para poner en serio peligro el status quo de las clases dominantes, y atacar a sus privilegios (recuérdese la firma del Manifiesto en apoyo al dictador y contra su salida del Valle de los Caídos que elaboraron multitud de altos cargos militares, retirados y en activo). Como ya ha ocurrido en el pasado (piénsese en el Golpe de Estado de 1936), las Fuerzas Armadas, al no haber sido democratizadas, se levantarían en armas contra el pueblo, para volver a restituir el orden social dominante. No tenemos otra salida que aglutinar un contrapoder ciudadano con tal fuerza que sea capaz de plantar cara a la hegemonía de los poderosos, y forzar un referéndum popular contra la Monarquía. Mientras esto no ocurra, seguiremos padeciendo el continuismo y la decadencia de los Borbones. En palabras de David Rey: “La lucha por democratizar el aparato del Estado, por limpiar y eliminar su basura acumulada en décadas y siglos, está inextricablemente unida a la lucha por una república democrática que derribe de raíz este aparato de Estado y su monarquía corrupta, para crear uno nuevo bajo el control democrático de las familias trabajadoras y demás sectores oprimidos de la sociedad”. 

Rafael Silva http://rafaelsilva.over-blog.es