El 11 de septiembre de 2001 un grupo de terroristas islámicos secuestran y estrellan cuatro aviones de pasajeros causando miles de muertos. Estados Unidos cierra su espacio aéreo y cientos de vuelos intercontinentales no pueden llegar a su destino y se derivan a Canadá.

En el momento del impacto del primer avión contra las Torres Gemelas, las autoridades aéreas de EEUU ordenaron a los 4.546 vuelos en el aire su aterrizaje inmediato en el aeropuerto más cercano. Varios de ellos sólo tenían una opción: aterrizar en Canadá. Las autoridades aéreas del país se encontraron con casi un cuarto de millar de aviones de fuselaje ancho que debían aterrizar a ser posible lejos de las grandes ciudades, que también podían ser objetivos terroristas.

De repente, Canadá tuvo que hacerse cargo de más de cuarenta mil pasajeros. Se decidió que los aeropuertos de Halifax y Gander recibieran la mayoría de los vuelos trasatlánticos. 47 llegaron a la ciudad de Halifax, capital de Nueva Escocia; 38 a Gander. Halifax es una ciudad de 400.000 habitantes, pero Gander ni siquiera llegaba a los 10.000.

Gander era un aeropuerto regional pequeñito: menos de diez vuelos diarios eran todo el movimiento en el aeródromo allá por septiembre de 2001. Pero de repente Gander se convirtió en el destino de docenas de aviones.

38 aviones de fuselaje ancho, incluidos varios Boeing 747 más grandes que la propia terminal, aterrizaron en Gander en las seis horas posteriores al cierre del espacio aéreo estadounidense. Seis mil setecientas personas aterrizaron en un pueblo de diez mil habitantes, aumentando su población de un 70% en seis horas. El número total de habitaciones de hotel disponibles en Gander y en setenta y cinco kilómetros a la redonda no llegaba a 500.

Las autoridades pidieron ayuda por la radio y miles de personas de Gander y todos los pueblos de alrededor dejaron todo lo que estaban haciendo y se lanzaron a ayudar. La población recibió la noticia de que había víctimas colaterales de los atentados esperando a ser ayudadas no tuvieron la menor duda de qué hacer.

Los pasajeros no podían bajar de las aeronaves ni pudieron hacerlo por seguridad durante más de 24 horas. Cuando bajaron, agotados física y mentalmente, recibieron además la noticia de que tendrían que permanecer al menos 48 horas más en aquel lugar, hasta que el espacio aéreo se abriera de nuevo.

El panorama era muy oscuro hasta que llegó la gente de Gander. Mil familias abrieron sus casas para acoger a más de tres mil personas, a las que además surtieron de todo lo necesario. Varios miles de personas más donaron ropa, productos de higiene personal, comida o pañales tras la petición de una radio. Cientos de personas llegaron desde todos los pueblos de la región cargadas con bocadillos preparados por ellos mismos, comida precocinada, botellas de agua y todo lo que se les ocurrió que podría hacerles falta a la gente de los aviones.

Los anfitriones trataron como si fueran uno más de la familia a perfectos desconocidos a los que quizás nunca volverían a ver. Amistades eternas se forjaron en aquellos días en los que una ciudad se volcó con miles de desconocidos. En agradecimiento, uno de los pasajeros abrió un fondo para pagar la universidad de los estudiantes de Gander. Esperaba recaudar miles de dólares. Recaudó millón y medio.

Gander se convirtió en un símbolo de lo que nunca será Estados Unidos, un lugar de acogida para los que tienen problemas.

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