“Frente al panorama desolador a nivel mundial que ofrece la pandemia del Covid-19, en el caso específico de Estados Unidos, éste sufrirá consecuencias aún más catastróficas. Una realidad que se da a pesar de su enorme riqueza, con sufrimiento de los sectores más pobres de su sociedad, caídas bursátiles como no se veían desde la crisis del subprime y una recesión ad portas como ha declarado la reserva federal. A pesar de esa realidad el gobierno de Trump no cesa en su conducta miserable y sigue presionando y atacando a los países que no ceden ante sus exigencias imperiales. Como el viejo cuento de la rana y el escorpión, el gobierno estadounidense y su naturaleza hostil y abominable, prefiere inocular el veneno que posee y ahogarse en lugar de optar por la colaboración y relaciones cordiales con el mundo”. Pablo Jofré Leal

Por Rafael Silva Martínez

Al momento de escribir este artículo, Estados Unidos presenta el peor dato, con casi 1.200 personas fallecidas durante las últimas 24 horas debido al coronavirus, una cifra que ningún otro país había alcanzado hasta la fecha. La tensión crece, desde el gobierno federal se deja al libre albedrío de los gobernadores de los respectivos Estados la decisión de confinar a su población, aunque la mayoría de ellos lo está ordenando. Pero además de los casi 250.000 afectados, y subiendo, Washington ha de enfrentarse a otro terrible desafío generado por la pandemia, como es el desempleo masivo de la población. Durante las últimas dos semanas casi 10 millones de estadounidenses solicitaron el subsidio de desempleo, subiendo la tasa oficial desde el 3,5% al 4,4%, de febrero a marzo. El mercado sanitario mundial está también al borde del colapso, ya que reciben solicitudes de compra de todos los países a la vez, pero además de sus respectivos gobiernos, también las reciben de sus regiones, de sus empresas, asociaciones, etc. El mercado capitalista se vuelve loco. El Covid-19 mantiene a medio planeta en estado de confinamiento, y los contagios ya superaron el millón de casos a nivel mundial. 

Mientras tanto, la Administración Trump ha pasado por varios estadíos hasta reconocer oficialmente la gravedad de la extensión de la pandemia. Al principio el mandatario despreciaba el alcance de la misma, asegurando que todo estaba bajo control, que el virus abandonaría el país “como un milagro”, y que su país no sería afectado por lo que calificaba de forma despectiva como el “virus chino” (a pesar de las advertencias de la OMS en contra de asignar nacionalidad al coronavirus). A los pocos días, ya reconocía que las cosas podrían ponerse peor, que vendrían varias semanas muy duras, y que el virus podría causar la muerte a entre 100.000 y 200.000 estadounidenses. Trump no solo ha tenido que ceder ante los temas de lucha contra la enfermedad, sino también sumarse a la idea de establecer la cuarentena total, que obligue a la población a observar ciertas y estrictas reglas sanitarias. La situación se ha ido desbordando día tras día, hasta llegar a ser el país más afectado a nivel mundial. 

Pero si la pandemia pone de manifiesto la perversión del capitalismo en su actual fase neoliberal y globalizada, aún resulta más grotesca la reacción que gran parte de la población estadounidense está teniendo frente a la extensión del patógeno por su país. ¿Se mata a un virus con una pistola? ¿Se le destruye con un fusil? ¿Con una bomba de mano? ¿Con un proyectil? No, no se trata de eso, evidentemente. Se trata de la reacción que tienen normalmente los estadounidenses ante cualquier amenaza, ante cualquier peligro, ante cualquier problema. Hemos de partir del análisis de su propia sociedad: como líderes del capitalismo mundial, los Estados Unidos son adalides en implementar todos los valores del neoliberalismo, y como consecuencia, la ausencia de un Sistema Nacional de Salud público, gratuito y universal es una característica de este país. Antes de la aparición de la pandemia, lo más que ha llegado a establecerse que se acerque a dicho modelo fue el Obamacare del ex Presidente Barack Obama, hoy día destruido bajo la Administración de Donald Trump, el magnate devenido en Presidente, uno de los personajes más ignorantes, violentos y despreciables que existen en el mundo. 

Y así, millones de norteamericanos no poseen ningún sistema de salud público al que acogerse, y han de pagarse sus tratamientos médicos y sus medicinas frente a cualquier adversidad sanitaria que les afecte. Miles de compañías privadas del sector de la salud ofrecen un gran mercado al estadounidense medio, para que mediante sus sistemas de seguros médicos estén mínimamente protegidos ante cualquier contingencia. ¿Pero qué ocurre con las personas que no los poseen, porque no tienen ingresos para poder pagarlos? Pues simplemente, que se quedan fuera del sistema, y ante cualquier enfermedad, tienen que responder a la misma con el pago de las facturas correspondientes, y si no pueden hacerlo, cayendo en la más estrepitosa ruina física y psíquica. Estamos hablando de un prototipo de país absolutamente imbuido en los valores capitalistas, y por tanto, sumamente insolidario, egoísta, despiadado, individualista y que además de ello, se cree líder mundial por gracia divina. Estados Unidos es también el país que alberga un mayor número de milmillonarios, por lo cual la desigualdad es manifiesta, cruel, patética, inmoral y vergonzante. Además de ser paladines de la globalización capitalista, también lo son de la globalización de la angustia y del pánico. 

Y como este capitalismo cruel y depredador se manifiesta en todo el interior del país con toda su crudeza, tenemos un explosivo puzle social que se configura, entre otras características, por una escasa protección social y una democracia sumamente debilitada (los procesos electorales son tutelados por el establishment del bipartidismo estadounidense y financiados por las grandes fortunas del país), donde existen fuertes intereses contrapuestos de diferencias sociales y un extendido grado de pobreza social y cultural. Este cóctel explosivo es caldo de cultivo para la existencia de individuos/as con ciertas peculiaridades, tales como el sector de los llamados “preparacionistas”, que se dedican a acumular víveres, dinero y armas en su propia casa, para estar “prevenidos” ante un supuesto caos económico y social en el país. La crisis sanitaria sobrevenida por la pandemia del Covid-19 puede desatar ambos tipos de crisis, y de ahí la paradoja de que cierto grupo de población, realmente muy numeroso, se haya armado hasta los dientes, de que la venta de armas se haya disparado en el país, y de que este sector comercial haya sido declarado como “esencial” dentro de la escala de sectores que pueden o no parar su producción y su actividad laboral ante el confinamiento de la población. 

Bajo este clima de caos y alarma social se fomenta la visión de los “odiadores” del mundo, como un grado superlativo de su sentido de egoísmo e individualización. Muchos analistas explican este fenómeno de la sociedad estadounidense en el sentido de ser una sociedad que se ha creado a sí misma (tras el expolio y el saqueo de los pueblos primitivos), una sociedad que conoce su poder en el mundo, y por tanto, una sociedad que posee mucho miedo (está extendida la opinión de que “a mucha gente le gustaría ver a este país destruido”). En este contexto, la posesión de armas de fuego es algo normal en las casas de los norteamericanos, cuyos Estados prohíben por ejemplo fumar de una forma más exigente que nosotros, pero en cambio permiten la venta y posesión de armas de fuego, sin apenas realizar un control psicológico sobre las personas que las poseen. Con una Asociación Nacional del Rifle como una de las instituciones más prestigiosas del país, muchos usuarios de armas se molestan incluso porque dicen que “los meten en el mismo saco” que aquellos ciudadanos que provocan las matanzas. Pero una cosa está clara: los que no posean armas no podrán provocar matanzas indiscriminadas con la envergadura de las que allí se cometen. En resumidas cuentas, comprar y poseer armas de fuego es allí algo natural, estando completamente bien visto, justificado y normalizado. 

La psicosis estadounidense está servida, y llega a extremos tan patéticos como el hecho de llevar chalecos antibalas, de forma constante, durante la vida cotidiana de la gente. Todo un despropósito, fiel testigo de un modelo de sociedad completamente decadente. Bajo sus mimbres rancios y profundamente conservadores, su visión del mundo, de las desigualdades y de la justicia social es muy estrecha, y justifican una política (véase la del actual mandatario, Donald Trump) que desprecia a los ciudadanos desde las instancias públicas, una política que los hace responsables de su destino, que les echa la culpa de su éxito o de su fracaso, que les provoca una conciencia de ser ellos/as mismos/as los responsables de todo lo que alcanzan en la vida. Una cultura 100% materialista, 100% consumista, 100% capitalista. Como adalid fundamental de esta filosofía tenemos al Partido Republicano (y sus extremas derechas asociadas, como la alt-right), que siempre desean endurecer todavía más estas condiciones de vida, argumentando cínicamente que eso está en su ADN, en su tradición, en las propias entrañas del pueblo norteamericano. Y volvemos al inicio del artículo: más de 50 millones de estadounidenses carecen de cualquier tipo de atención médica, y los que están asegurados, a menudo disfrutan de un acceso muy limitado a los servicios de salud. Todo ello favorece un clima social con una clase trabajadora desnuda, caótica y con casi nula conciencia de clase, una clase obrera que incluso asume y justifica la necesidad de su propia desprotección social. 

Es entonces muy evidente que para que los estadounidenses dejen de comprar armas ante cualquier conato de alarma o estallido social a la vista, procedente de cualquier tipo de crisis, los valores de la sociedad norteamericana deben cambiar. En ese sentido, una política más social, más integradora, más justa y protectora, una política pensada para las personas y no para el dinero y las grandes corporaciones transnacionales, podría ir a la raíz de la causa misma del problema. Anular esa ideología insensible y excluyente, que legitima las desigualdades, que desprecia lo comunitario, que responsabiliza en primer lugar al propio ciudadano/a de su protección social, de su éxito laboral y familiar, donde se les insta a salir adelante únicamente por sus propios medios, donde se les educa para creer que no tienen que culpar a nadie (y menos al Estado) de sus miedos, problemas y fracasos, más que a ellos mismos, sería proporcionar un auténtico cambio en la mentalidad estadounidense, en sus modos y estilos de vida, prepotentes y obsoletos. 

¿Qué lleva entonces a comprar armas a los ciudadanos estadounidenses? Tantos millones de personas acorraladas, sumidas en un estado de desesperación por la crisis sanitaria, en el fondo lo que estamos observando es una reacción de lucha o huida hacia adelante en el plano social, como un último resquicio de supervivencia, o quizá más bien de autodefensa frente a este sistema aniquilador, frente a este capitalismo que es más peligroso que mil virus. Dicho estado de desesperación tiene su expresión más cruda en este acto de adquirir un arma, una pistola, como defensa frente al caos social que pueda avecinarse, como preparándose para un escenario de actos de violencia masiva, como un ataque frontal hacia el propio sistema, antes de llegar a la autodestrucción. En el fondo, por tanto, el retrato atroz de estos actos, su motivación última, es un reflejo de la propia decadencia del sistema social norteamericano, un retrato de su propia involución social, y un espejo de su caótica moral. 

Mientras los estadounidenses no entiendan esto, seguirán siendo víctimas de sus propios actos, de su propia barbarie. Incluso un progreso significativo sobre la política de control de armas no será suficiente para acabar con esta deriva destructora. Los cimientos del capitalismo y del propio imperialismo norteamericano son los que deben ser destruidos. ¿Qué vamos a esperar de un país cuyo mandatario, en plena pandemia mundial, y con todos los organismos internacionales pidiendo un alto el fuego internacional y el levantamiento de las sanciones, continúa bloqueando a países como Cuba, Irán o Venezuela? Sólo una administración delictiva puede ordenar y mantener comportamientos tan criminales, bajo los efectos de una pandemia que además está generando una grave recesión económica mundial. En estas condiciones, mantener las sanciones a estos países implica impedirles combatir los efectos de la pandemia, ya que el bloqueo afecta al flujo de medicamentos, al equipamiento sanitario e incluso a la posible financiación a través de organismos internacionales como el FMI. 

¿Qué se puede esperar de un país que no negocia ni dialoga, que solo quiere imponer su política y sus decisiones al resto, que abandona unilateralmente tratados y acuerdos, y cuya práctica constante es la de sancionar, embargar, bloquear, amenazar, chantajear, a los países que se enfrenten a sus designios? Es lógico pensar que un país que no atiende siquiera a las mínimas razones humanitarias en el resto del mundo, también sufre el infierno en su interior. Es lógico que un país cuyo gobierno no valora la vida de millones de personas de otros países, ni le importa nada la salud pública mundial, también sufra en su interior la desvaloración de las vidas de sus ciudadanos. También es lógico pensar que si un país, como es Estados Unidos, viola continua y flagrantemente los derechos humanos de países extranjeros, también le importarán bien poco sus propios ciudadanos. Todo ello es caldo de cultivo para las armas, el terror, la violencia y la barbarie de la que Estados Unidos es líder mundial. 

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