Si protegemos y promovemos lo público, nos salvamos todos, si, al contrario, recortamos y vendemos lo de todos, nadie se salva.

Por Guido Ohlenschlaeger Gómez
No sé quién decía que la historia no se repite, pero rima. Hoy, durante la crisis del coronavirus suenan ecos de tiempos pasados, no repeticiones, pero sí resonancias. Las crisis suelen producir cambios importantes. La crisis de 2008 sirvió para profundizar el proyecto neoliberal que empezaron Reagan y Thatcher. Europa apostó claramente por la austeridad, los recortes en lo público y la privatización de la vida, y, por ende, por el abandono de las clases medias y trabajadoras en beneficio de algunas minorías privilegiadas. No olvidemos que en España el Gobierno de M. Rajoy inyectó 100.000 millones de euros a la banca, mientras dejaba tirados a trabajadores, autónomos y pequeña y mediana empresa. Un tiempo antes Zapatero firmó junto con el PP, en una aburrida noche de verano, la reforma del artículo 135 de la Constitución que ponía por delante de los intereses sociales, los intereses de la deuda. Ese fue el principio del fin del Gobierno del PSOE dirigido por Zapatero.

Algunos (o muchos) intuíamos que aquello había sido un auténtico dislate. La vía de la austeridad impuesta por Alemania y la UE dio como resultado la profundización de la crisis y la precarización radical de la mayoría de las familias. Radical, porque se trataba no de una situación coyuntural, sino de una forma de vida impuesta. La precariedad no era el paso previo a la mejora, era la nueva forma de vida obligatoria para la mayoría. Los ingenieros del lenguaje trabajaron duro. Donde decían “flexibilización” (¡a quién le parece mal ser flexible!) en realidad querían decir “Facilitar el despido”. Donde decían “Movilidad” en realidad querían decir: “Contratos temporales y eventuales”. Luego empezaron a aparecer todas esas palabras en inglés a las que las revistas de moda dedicaban secciones y que la mayor parte de las veces eran eufemismos de vivir en un piso de mierda, comer mal, no tener dinero o tener un trabajo miserable. Nos íbamos acostumbrando a la precariedad (no nos quedaba otra) y donde antes decir mileurista era un desprecio, años más tarde sería un halago. 

Sin embargo tanto el 15 M como una parte de la sociedad que se aglutinó en torno a Podemos y distintos colectivos, pusieron sobre la mesa que la salida de la crisis beneficiando a los de arriba y dejando tirados a los de abajo, no era un cataclismo inevitable, sino una decisión política. Lo decían, pero en realidad era una hipótesis más o menos verosímil y real, pero una hipótesis al fin y al cabo. La pregunta, “¿había realmente otra forma de salir de la crisis que no fuese la austeridad?”, era una pregunta legítima, pero claro, actuaba como una bomba en la línea de frotación del discurso de la crisis como estafa. La duda podía, sino quebrar, ablandar la voluntad de cambio: ese “y si…” era destructor tanto del lado de los que defendían aquella hipótesis que siempre podían estar equivocados, como del lado de los que despreciaban la hipótesis por no ser otra cosa que eso: una hipótesis.

Azares de la historia, hoy el destino ha querido que estemos viviendo una de las mayores crisis (mundiales) que se recuerdan en los últimos años, relacionada con el virus COVID- 19. Los gobiernos de todo el mundo están teniendo que tomar decisiones complicadas, pero, por lo menos en Europa, al contrario que durante la crisis de 2008, la mayoría de las decisiones se están tomando una dirección: proteger y fortalecer el Estado del bienestar y a los trabajadores. En España se anunciaron ayer medidas para salvar a autónomos, PYMES y trabajadores con un gasto anunciado, el mayor de la historia de la democracia, de 200.000 millones de euros (el 20% del PIB). También se aprobó una moratoria para las hipotecas de aquellos que no tengan ingresos o el aseguramiento del paro para aquellos que sean despedidos temporalmente. En Francia y en Italia también se han tomado medidas drásticas parecidas.

El Gobierno de España aun tendrá que anunciar nuevas medidas. Unidas Podemos y en concreto Pablo Iglesias, tal y como señalan la mayoría de informaciones, presionó con todo, dentro y fuera del Consejo de Ministros, para que el Gobierno aprobase medidas valientes que protegiesen a los más vulnerables. Ayer, tras muchos esfuerzos y una discusión importante entre el sector más conservador del Gobierno (Nadia Calviño) y el sector más progresista (Pablo Iglesias y Yolanda Díaz sobre todo), los últimos lograron que el presidente anunciase un Real Decreto-ley contundente que pone sobre la mesa 200.000 millones de euros para garantizar, en palabras del Presidente “que nadie se quede atrás”.  Sin embargo, Unidas Podemos sigue presionando, hoy en el Pleno del Congreso de los Diputados, en voz de Pablo Echenique, para que se aprueben medidas más drásticas y contundentes en el Consejo de Ministros en favor de la mayoría de las familias. Saben que está en juego no solo que salgamos de la crisis, sino el cómo salimos: protegiendo los servicios públicos, a sus profesionales y a las clases medias y trabajadoras, o dejando tirado a la mayoría en favor de unos pocos privilegiados. 

Parece, sin embargo, que algo aprendimos de 2008. La hipótesis del 15M que hoy podríamos traducir como: “La austeridad y los recortes matan, lo público cura”, tiene la oportunidad de confirmarse. Todo depende de cómo salgamos de la crisis: si con más austeridad y recortes o con más protección de las familias y los servicios públicos. Esa es la calve.

Pocas veces en política el devenir de los acontecimientos te da la oportunidad de confirmar una hipótesis de forma tan clara. Estamos ante la posibilidad de poner sobre la mesa una lección histórica: el único garante de que un país siga siendo un país, de que la comunidad siga siendo una comunidad e incluso de que los individuos podamos ser libres, es que haya detrás un Estado fuerte que de certezas, seguridad y garantías a la mayoría.

Hoy, incluso los más liberales, reclaman al Estado medidas públicas contundentes. Porque el liberal es, como dijo alguien alguna vez, un ser que tiene miedo a morir y se procura los mejores medios para vivir mejor y con más garantías que el resto cuando todo está bien, pero, cuando que, cuando las cosas están mal, busca el refugio del Estado para poder seguir viviendo. 

No importa por qué vía, el aprendizaje de 2008 parece claro: si protegemos y promovemos lo público, nos salvamos todos, si, al contrario, recortamos y vendemos lo de todos, nadie se salva. Estamos a las puertas de confirmar aquella hipótesis del 15 M: para salir bien de una crisis, salvar antes a la gente que a los bancos. Si se confirma, se acabaron las dudas; habrá certezas. Estamos ante una oportunidad para cambiar no solo el rumbo de las políticas de austeridad, sino, y, sobre todo, para cambiar el sentido común de la mayoría. Todos reconocemos hoy que nada sería posible sin los profesionales sanitarios, cajer@s, limpiador@s, reponedor@s, barrender@s y un largo etc de profesionales de todos los ámbitos que se están dejando la piel. El reto es convertir este sentir general en políticas públicas.

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