«Por haber leído un panfleto en internet no estás igual de capacitado que los expertos para opinar sobre cómo hay que gestionar esta crisis sanitaria»

Por Guido Ohlenschlaeger Gómez
Voy a empezar sin titubeos: poner en cuestión constantemente a los expertos científicos supone un peligro no solo para la salud pública, sino sobre todo para la democracia. Y sí, un principio que debería regir en nuestras democracias es que tú opinión (y también la mía) no vale lo mismo que la de Fernando Simón, y donde digo Fernando Simón digo cualquiera que porte con legitimidad la bandera del “conocimiento experto”.

Hay que asumirlo. Por haber leído un panfleto en internet no estás igual de capacitado que los expertos para opinar sobre cómo hay que gestionar esta crisis sanitaria; por haber visto una entrevista o haber escuchado a un tertuliano pseudocientífico no estás legitimado para creer que tu opinión vale, sino más, igual que la de Fernando Simón. Aunque vivamos en un país que de la noche a la mañana se levantó con más de 37 millones de “epidemiólogos” expertos, aunque esa sea la ensoñación de la mayoría, tengo una mala noticia: no basta haber leído un par de mierdas en internet para opinar. ¿Cómo que no? ¿Pero tendré yo el derecho de opinar lo que quiera?

I. Más allá de la crisis del coronavirus.

Obviamente tienes el derecho a opinar; todos lo tenemos, pero a veces, y más en situaciones como estas donde nos jugamos tanto, debemos preguntarnos qué estamos haciendo con nuestras opiniones: para qué sirven. Poner en duda constantemente a los científicos y expertos (que no son lo mismo que los políticos ¡ojo!, son quienes están detrás) , que, no lo olvidemos, intentan gestionar esta crisis lo mejor que saben, puede ser legítimo, y podría ser hasta acertado, pero conlleva un peligro que va más allá de la crisis que estamos viviendo. El derecho a opinar debe estar sujeto previamente a una reflexión sobre el deber que tenemos como ciudadanos.

Cuando ponemos en duda constantemente la opinión de expertos, late en el fondo de nuestro critica un planteamiento muy de los tiempos que nos ha tocado vivir: todos tenemos derecho a opinar, porque mi opinión, igual que la del resto, es falible, o, dicho de otro modo, porque ninguna opinión puede considerarse cien por cien verdadera. “Todo es relativo”; todos podemos fallar. Da igual de que lado te pongas. Podemos dudar de la ciencia porque ejerce el biopoder, porque hay poderosos lobbys farmacéuticos y empresariales detrás, porque está al servicio de los políticos castro-chavistas o porque está al servicio del establishment progre o de la conspiración chino- masónica Este caldo de cultivo, acrecentado por una concepción errónea y extendida sobre lo que significa tener una opinión, es lo que en última instancia permite que todo tipo de afirmaciones disparatadas puedan ser oídas en los altavoces previstos por la democracia: medios, tribunas, platós, ruedas de prensa etc, y que el presidente del país más poderosos del mundo pueda llegar a recomendar beber lejía o señalar a China directamente como el culpable de un contubernio contra el resto del mundo. 

II. Mucha infromación buena bonita y barata: el mercadillo de fake news. 

Además, la democratización de la información con el surgimiento de las nuevas redes sociales y los incontables espacios donde uno puede informarse, si bien aumentan la posibilidad y el grado en el que la ciudadanía puede recabar y contrastar información, aumentan en la mismo grado la probabilidad de que a uno le pueda la pereza y acabe rebotando en sus propios prejuicios leyendo exactamente esa información que coincide con sus percepciones previas, lo que acabe por acrecentar la tiranía de la opinión. Y es que hay casi tantas perspectivas sobre el mismo asunto como posibles lectores tiene un tema: el lector escéptico, el lector vago, el lector entretenido, el lector riguroso, el lector de izquierdas, de derechas, de medio centro, el lector flipado- newtral,  el no-lector, el lector militante etc. Para todos ellos y ellas hay siempre un espacio donde poder encontrar justamente esas noticias que coincidan con su forma de entender el mundo.

Es este, entre otros, el magma del que surgen luego las fake news. Es muy difícil leer un artículo científico; también es desalentador que lo único que manejen los expertos sean hipótesis más o menos plausibles y tiempos inverosímiles, es más fácil agarrarse al primer titular que diga que en septiembre habrá una vacuna o que cuando llegue el calor el virus morirá o que está demostrado que si el confinamiento no hubiese sido tan estricto habríamos adquirido antes la inmunidad de grupo y seríamos poco menos que inmortales, o que es legítimo beber lejía para curar el coronavirus o incluso que el coronavirus es poco menos que un invento de los grandes poderes. Eso es fácil, lo difícil es entender los tiempos de la ciencia.

III. Hay que creer en el conocimiento experto

Y ahora toca pedir un salto de fé: si no queremos que la democracia perezca hay que tener fé en el conocimiento experto (científico, riguroso). Y sí, digo fé, porque efectivamente existen motivos ya conocidos por lo que podríamos dudar constantemente. Siempre se puede cuestionar, pero es una cuestión pragmática: volvemos al deber: puedo cuestionar, pero ¿debo hacerlo? ¿Qué gano cuestionando? ¿Puedo cuestionar al sistema de salud en su totalidad si un remedio no ha funcionado del todo bien en mi caso? Puedo, eso está claro, pero quizás no deba. Tengo derecho a ponerme triste, a frustrarme un poco, a rabiar, o incluso a insultar al médico en la intimidad, pero por el bien de todos y todas, tengo el deber de seguir confiando. Es una cuestión pragmática. Poner en cuestión hoy a los comités científicos y a los expertos es abrir la puerta a que mañana Abascal pueda decir que hay que beber fairy para curar el coronavirus y que eso valga lo mismo que decir que es recomendable tomar Paracetamol. 

En momentos como estos, los políticos tienen que agarrarse al conocimiento experto y trabajar con él siempre que les sea posible. Los medios deben dejar de dar altavoz a “ciudadanos preocupados” o pseudo expertos y afectados. Un ejemplo: que el padre de Diana Queer sea un afectado por un asesino desalmado no le da más legitimidad para opinar acerca de la reforma del código penal que a un penalista experto con treinta años de carrera. De igual modo, que tú hayas pasado el coronavirus o que hayas tenido un familiar muy afectado no le da a tu opinión mayor peso. Y así con todo. Los tertulianos son el vivo ejemplo de este tipo de sociedad: igual opinan de los criterios epidemiológicos, que de la bajada del PIB, que de la reforma del Código Penal. Y sí, su opinión tampoco vale lo mismo que la de los expertos. La mesa de las tertulias quieren representar la barra de un bar y nos envían un mensaje: queridos ciudadanos, para opinar solo necesitas tu opinión. 

Nada más terrible: el auge de la extrema derecha populista bebe de aquí. Si no hay ninguna institución fiable que otorgue certezas y criterios a nuestras sociedades, cualquier opinión o afirmación tiene cabida. Si no somos capaces de salvaguardar la esperanza en eso que llamamos “conocimiento experto” poner ahí nuestra confianza,  la sociedad está abocada a que valga lo mismo mi opinión que la de Fernando Simón, y algo así es simplemente el fin de la sociedad. La opinión de un niño de 14 años sobre cómo se hace una ecuación no importa nada ni resuelve nada sobre cómo se hace una ecuación. Si un médico te dice que debes tomar X, tu opinión importa poco sobre si es lo más recomendable o no, por muchos artículos que hayas leído en Google sobre el tema. 

En España tenemos a Fernando Simón, doctor con más de 30 años de experiencia en tratamiento y contención de epidemias y coordinador del centro nacional de emergencias sanitarias con un equipo médico y científico a sus espaldas que han trabajado de forma continúa durante más de 15 años con gobiernos de distinto signo. A este buen hombre le ha tocado la titánica tarea de tener que explicar todos los días, en un país de 38 millones de “epidemiólogos” expertos y criticadores profesionales, qué se está haciendo durante la crisis, y, sobre todo, le ha tocado luchar contra el escepticismo reinante y la “democratización de las opiniones” y lo hace con un aplomo que asombra. 

¿Quiere decir esto que no podemos criticar al Gobierno? Por supuesto que sí. El Gobierno hace y hará lo que pueda o lo que sepa, si no va bien la ciudadanía tendrá derecho a echarlos, en esto consiste la democracia, pero, por favor, dejemos al conocimiento experto en paz. Y vuelvo al principio: si asumimos el principio de que la opinión de gente como Fernando Simón vale lo mismo que la tuya que estas en tu casa bebiendo café en taza de porcelana, nos irá mal a todos, no por lo que pueda pasar en esta crisis, sino por lo que esta crítica a los expertos puede dejar detrás: un país escéptico al que le parezca que es igual de riguroso recomendar beber lejía que recomendar quedarse en casa. Sino al tiempo. Cuando todas las opiniones valen lo mismo, ninguna opinión vale.  Por el bien de todos y todas dejemos a los expertos hacer su trabajo y creamos en ellos y ellas. 

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