«En el PSOE querían que Pablo Iglesias saliese enumerando públicamente sus exigencias para así volver a sacar aquel fantasma, el de 2016: el de los sillones y la ambición intolerable».

Rimas y fantasmas en 2016 y 2019

Escribió Manuel Vázquez Montalbán que la transición fue posible no tanto por una correlación de fuerzas, como por una «Correlación de debilidades». Lo que esta fórmula vendría a explicar es que ninguno de las partes implicadas en la transición estaba en condiciones de imponer su potencialidad, pero sí de que respetasen su debilidad. Hoy, décadas más tarde podría afirmarse algo parecido con respecto a la posibilidad fallida de construir un Gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos, y es que, parafraseando la expresión de Montalbán, esta negociación ha sido una Correlación de complejos.

Es difícil intentar negociar un Gobierno en 2019 cuando se está negociando en realidad el relato de 2016. La historia -señaló Mark Twain- más que repetirse rima. La forma trágica primordial adopta siempre después la fórmula de una opereta; de una farsa. No se repite porque nunca es ya la misma secuencia de hechos, pero sí que puede llegar a sonar igual, y ese ha sido el objetivo del PSOE, que la negociación de 2019 consiguiese sonar igual o sino igual muy parecida a la de 2016 para tumbar definitivamente a Unidas Podemos del mapa político.

La vuelta de rosca es compleja, pero efectiva. Había un fantasma, el de 2016, lleno de sillones, prepotencia, arrogancia y maximalismo que el PSOE quería reavivar a toda costa en 2019 para acabar definitivamente -o eso creían ellos- con el partido morado. Y había, por otro lado, por lo menos dos complejos, uno de cada lado de los contendientes. El complejo histórico de la izquierda a la izquierda del PSOE de partido menor y esquinado que prefiere las atalayas morales a las contradicciones que supondría tocar poder, y el complejo del PSOE descubierto tras el 15M como partido de régimen que acaba declinando la balanza siempre que tiene opción a la derecha. El complejo del partido que dice que es de izquierdas, pero que lo es solo para las cuestiones menores.

El plan del PSOE: sillones y complejos

Por eso, en el PSOE trataron de poner desde el principio el foco de la negociación en la figura de Pablo Iglesias representándolo como aquel monstruo lleno de ambición que habría de poner, como ya hiciese en 2016, su propia presencia en el Consejo de Ministros como línea roja. Debían ratificar ahora, en 2019, al Pablo Iglesias de 2016 como aquel personaje que ya frenó la posibilidad de un Gobierno progresista en España y que ahora querría volver a hacerlo. En Unidas Podemos supieron interpretar bien la jugada y Pablo Iglesias, en un gesto inteligente y honorable se echó a un lado para no dar cuartel a nuevas interpretaciones.

La segunda línea de trabajo del PSOE consistía en jugar subrepticiamente con el complejo histórico de la izquierda a la izquierda del PSOE del que hablamos antes. En este segundo caso se trataba de presionar a Unidas Podemos por un segundo flanco para dirigirlo a aceptar una negociación minimalista que entrase en contacto directamente con su complejo de inferioridad y que les hiciese sentir humillados, dolidos y enfadados. En el Gabinete de Pedro Sánchez querían que hiciesen público este enfado, para, desde ahí, volver a poner en escena el fantasma de los sillones, del partido que exige, se enfada y demuestra prepotencia.

El relato de un partido morado excesivamente ambicioso estaba camino de poder construirse. En el PSOE querían que Pablo Iglesias saliese enumerando públicamente sus exigencias para así volver a sacar aquel fantasma, el de 2016: el de los sillones y la ambición intolerable.

Pedro Sánchez intentó en varias ocasiones azuzar este complejo mediante la humillación y el pique constante tanto en público como en privado. El plan funcionó al final, cuando en las últimas horas y a la desesperada hicieron público aquel documento falsificado por vicepresidencia del Gobierno de las Exigencias de Podemos. Y ahí el PSOE consiguió poner en marcha el complejo de Unidas Podemos, provocando su enfado, por un lado, y su sensación de humillación por otro.

En la Moncloa sabían que una vez activado este mecanismo se pondría en marcha en las cabezas de los espectadores el fantasma de 2016. Si ceden será a costa de fracturarse internamente por su complejo, si no aceptan la representación de los sillones podrá ponerse en marcha otra vez en este 2019, pensaban desde presidencia del Gobierno. Desde Unidas Podemos se preguntaban: ¿Otra vez vamos a ser chantajeados por el PSOE? ¿Vamos a aceptar los sillones sin competencias que nos ofrecen? ¿Vamos a dejarnos ser un mero decorado en el Gobierno de España? ¿Vamos a volver a ser un florero del PSOE como tantas veces lo ha sido la izquierda en España? Pero, y si no aceptamos ¿nos perdonarán una segunda vez? Otra vez el fantasma, el de 2016.

El complejo del PSOE: el partido de régimen

Sin embargo, alguien podría preguntarse para qué toda esa pantomima por parte del PSOE  de representar que intentaban negociar un Gobierno de coalición. La respuesta: el complejo del PSOE, que también lo tiene. Querían evitar a toda costa que se pudiese confirmar aquel fantasma de 2016 que señalaba al PSOE como un partido de régimen que en elecciones se pinta de rojo y que después se inclina siempre a la derecha. Por eso anunciaban a bombo y platillo ante los medios que Unidas Podemos era su socio preferente, mientras con la boca pequeña le pedía la abstención a la derecha. Porque no querían que su complejo de partido de régimen se ratificase: querían mantener cierta ambigüedad necesaria para salir sanos y salvos de esta negociación.

En Unidas Podemos saben que el complejo del PSOE y la posibilidad de que este se vea confirmado era (y es) su baza para que acepten un Gobierno de coalición. También en el partido morado tenían una baza en el 2016 con aquella foto de Rivera y Sánchez o con aquella entrevista mítica en la que el ahora presidente en funciones declaraba haber tenido presiones para no pactar con Podemos.

¿El resultado? Una correlación de complejos de los obligados a entenderse.

Sea como sea, el juego del PSOE consistió desde el principio en reavivar el fantasma de los sillones de 2016 que tanto daño hizo a Podemos, utilizando los complejos del partido morado y evitando mostrar los propios. El PSOE intentó llevar la negociación a 2016 para reeditar en 2019 los personajes de aquella opereta fallida, Unidas Podemos por su parte intentó a toda costa evitar los fantasmas que azuzaba el PSOE. Aunque en el fondo se trataba de lo mismo: si Unidas Podemos conseguía entrar en el Gobierno, saltarían por los aires los complejos y las tensiones del PSOE, si el PSOE conseguía que Unidas Podemos no entrase en el Gobierno, tendrían más fácil azuzar los fantasmas de 2016 y los complejos históricos de la izquierda a la izquierda del PSOE.

Es difícil negociar con una correlación de fuerzas casi idéntica, con una correlación de debilidades si se quiere; pero cuando se trata de negociar con una correlación de complejos la cosa es más difícil si cabe. Máxime cuando de lo que se trataba en realidad era de convertir la tragedia de 2016 en la farsa que pudiese hacer creíble que los fantasmas de 2016 rimaban bien con los del 2019.

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