El PSOE prepara ya el terreno para elecciones. De hecho, lleva mucho tiempo preparándolo. Hace un tiempo conocíamos que el partido de Pedro Sánchez se había puesto ya en contacto con varias empresas de publicidad. Y hace un par de días sabíamos por la prensa que RTVE había abierto un concurso para contratar las escenografías de los debates electorales. Pero estas son las pistas más obvias. El propio transcurso de la negociación ha mostrado con claridad que el PSOE nunca quiso un pacto con Unidas Podemos y que siempre prefirió la vía de unas nuevas elecciones. La pregunta es, ¿por qué?

¿Qué le ha pasado al PSOE de la campaña y la precampaña?

Si echamos la vista atrás podemos recordar aquella advertencia del PSOE -que resultó ser ciertA- por la cual, si Unidas Podemos no sacaba los escaños suficientes en las elecciones, el PSOE miraría a Ciudadanos. Al final los morados sacaron más de lo esperado, pero menos de lo que tenían en la anterior legislatura. En cualquier caso, suficiente. Los números daban entre Unidas Podemos y PSOE, contando con el apoyo de PNV y ERC. 

Desde el 28 de abril, Pedro Sánchez se mantuvo en un escrupuloso y ambiguo ejercicio de funambulismo político con respecto a la coalición con Unidas Podemos. Todo eran buenas intenciones, e incluso insinuaciones de Gobierno de coalición, tal y como deseaba el partido morado desde un principio y como votaron los españoles en las urnas, pero nunca llegó a producirse un pronunciamiento claro. 

Dos semanas después de las elecciones, el 7 de mayo, auspiciado por una pequeña reprimenda del rey Felipe VI a Sánchez, PSOE y Unidas Podemos se reúnen por primera vez. De allí sale la famosa frase de Pablo Iglesias: «Estamos de acuerdo en que tenemos que ponernos de acuerdo». El tono parecía cordial y unos meses después descubrimos que en aquella reunión se habló de ministerios y de Gobierno de coalición. Pedro Sánchez consideraba a Unidas Podemos su socio preferente. De ahí el optimismo de Iglesias. 

Sin embargo, había sobre la mesa un factor a tener en cuenta. Todavía faltaban por resolverse las elecciones europeas, municipales y autonómicas. Y el relato que le funcionaba al PSOE es que ellos eran el voto útil de la izquierda para frenar a la derecha y a la extremaderecha. Claro que ese relato solo funcionaba si parecía haber entendimiento entre Unidas Podemos y PSOE. No podían existir dudas acerca de si el PSOE miraría o no a la derecha.

Así fue hasta que el 26 de mayo, una vez conocidos los resultados de las elecciones, Sánchez viajaba al Eliseo francés para reunirse con Macron y mandar un mensaje a Rivera: «Es indigno hacer un cordón sanitario a un partido como el PSOE». Pedro Sánchez golpeaba donde más dolía a Rivera, robándole a su homólogo y espejo francés. El PSOE se dirigió a Ciudadanos esperando una reacción y una rectificación que posibilitase un pacto de centro derecha y evitar así depender de Unidas Podemos. Pero las urnas habían dado a Rivera un número de votos considerable y lo habían hecho fuerte en su posición a pesar de la campaña mediática de acoso y derribo, de las presiones de la CEOE y los grandes poderes, y de las divisiones internas. La fuerza de los votos asentaron a Rivera en su negativa rotunda a Sánchez.

Entre tanto, el 11 de junio, Adriana Lastra dejaba de considerar a Unidas Podemos su socio preferente y abría la puerta a un apoyo circunstancial de PP y Ciudadanos a los que pedía la abstención para tener las manos libres. Se habló de Gobierno de cooperación y se abandonó la idea de Gobierno de coalición. Ahí se produjo la primera gran ruptura, cuyo único origen era el hecho de haberse podido quitar la máscara que hasta el 26 de mayo estuvieron obligados a llevar puesta. 

Las cuatro excusas del PSOE

Luego apenas se pronunciaron y comenzó una estrategia orquestada desde Moncloa que consistió en buscar una excusa que permitiese a Pedro Sánchez tener un buen pretexto para romper las negociaciones. Encontramos la primera excusa con el argumento de que no daban los números. A los pocos días Pablo Iglesias escribió un artículo en La Vanguardia en el que pedían al PSOE intentarlo en la primera sesión y prometían cambiar su posición si efectivamente los números no daban. El PSOE rechazó la propuesta. 

Luego encontraron una segunda excusa en la consulta que Podemos hizo a sus inscritos e inscritas. En La Ser Sánchez dijo dar por rotas las negociaciones, porque consideraba esta consulta un provocación, aunque luego las retomó.

Finalmente dio una entrevista en Telecinco en la que argumentaba que el Gobierno de coalición era inviable por sus enormes diferencias con el partido morado en asuntos de estado como Catalunya. Esta fue la tercera excusa. Días antes desde el partido morado habían anunciado que serían leales al Gobierno y que no impondrían en el ejecutivo su visión sobre la cuestión catalana. El PSOE pareció renunciar en parte a este argumento que ha rescatado en los últimos tiempos. 

Sin embargo, no acabarían aquí las excusas. La cuarta excusa, ya más que conocida, es la que Sánchez explicitó en una entrevista con Ferreras un 18 de julio en la que consideraba a Pablo Iglesias el principal escollo para formar Gobierno. Un día después Iglesias se echaba a un lado para sorpresa de todos. En Moncloa no daban crédito. Les parecía una excusa consistente y creíble para la mayoría de los votantes del bloque progresista. Lo que no esperaban bajo ningún modo es que Iglesias renunciaría. Eso pilló al PSOE a traspiés y no le quedó más remedio que ponerse a negociar en serio un Gobierno de coalición con Unidas Podemos. Apunto estuvo de irse todo el plan al traste. Por suerte para ellos, en el último momento, en una jugada sucia de Moncloa, vicepresidencia filtró los documentos de la negociación con Unidas Podemos cambiando el título de «Propuestas» a «Exigencias». Luego filtraron un documento que más tarde hemos sabido que nunca fue entregado como tal a los negociadores de Unidas Podemos.

En la propuesta del PSOE se mencionaban tres ministerios y una vicepresidencia con apenas el 5% del presupuesto total y con apenas competencias. De hecho, dos de los Ministerios eran antiguas Direcciones Generales de otros Ministerios, como el de Fomento. No se ponían de acuerdo. El PSOE no daba su brazo a torcer, y en el último momento, ya desde la tribuna de oradores, Pablo Iglesias renunciaba al Ministerio de Trabajo si les daban competencias activas de empleo como le había aconsejado el expresidente Zapatero. El PSOE lo rechazó. 

Historia de un fracaso buscado

Llegó el fracaso anunciado de la investidura y el verano. El 20 de agosto, Unidas Podemos entrega al PSOE un documento de 120 páginas de acuerdo de programa y estructura de Gobierno que definía hasta 4 opciones distintas. El PSOE las rechazó en 40 minutos. Desde entonces hubo silencio entre ambos, hasta que llegaron las “300 propuestas del PSOE para un acuerdo programático”. Para este momento ya habían renunciado definitivamente a la coalición. Unidas Podemos insistía en que tan solo había que retocar alguna cosa de julio y estaría hecho. Pero el PSOE ya no se mueve. Las preguntas son, ¿qué ha cambiado del 21 de julio hasta hoy? ¿Por qué lo que valía hace un mes ya no vale ahora? Esas son las preguntas que se hacen en el ejecutivo morado. El PSOE ha cerrado la puerta a la coalición. Tienen una retahíla más o menos inconexa de excusas, fechas y ofertas que esgrimen de forma caótica y poco fidedigna en cada entrevista, y en realidad, lo sabe todo el mundo, preparan ya la convocatoria de unas nuevas elecciones. En realidad, lo llevan preparando ya desde el principio, desde que aquel 27 de mayo en el Eliseo, aún utilizando toda su artillería para presionar a Rivera, se dieron cuenta de que éste no daría su brazo a torcer. Desde ese momento, el juego del PSOE sería doble. Por un lado, necesitaban paso lento y buena letra para dibujar un relato que consiguiese culpar a Unidas Podemos de unas nuevas elecciones, mientras por otro lado hacían intentos para conseguir la abstención de PP y Ciudadanos. Incluso miembros del PSOE llegaron a mandar una carta al PP recordando su abstención en 2017 para que gobernase el PP.

Desde aquel 27 de mayo, quizás algunos días después, la maquinaria del PSOE se engrasa para unas nuevas elecciones en las que esperan subir en escaños y aprovechar la bajada de Ciudadanos y su debilidad para desbloquear el pacto que esperan las élites: el pacto fallido de 2016: el pacto entre PSOE y Ciudadanos.

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