Soy español. Eso significa por lo menos que tengo DNI español y que he vivido aquí la mayor parte de mi vida. Es decir, formo parte del entramado legal e institucional de eso que llamamos «Estado español».

Sin embargo, nunca he sabido exactamente y con certeza si me siento o no español. Quiero decir que basculo. Que me he sentido español cuando participé en el 15 M y vi como dábamos una lección de democracia y decencia al mundo. Me siento español cuando leo sobre el levantamiento del 2 de mayo en el que el pueblo de Madrid, y no sus generales ni sus hombres llenos de renombre, se levantaron contra los franceses, o cuando entendí lo que significó que en Cádiz se firmara la primera Constitución liberal del mundo (entiéndase liberal en un sentido completamente contrario al que abandera Alberto Rivera). También me sentí profundamente orgulloso de ser español el 8 de marzo con millones de mujeres en las calles de todo el país. O cuando hace unos años fui desde Andalucía, en un autobús lleno, para participar de las Marchas de la Dignidad, donde me encontré con mucha gente distinta, de lugares diferentes del Estado, que como yo viajaban a la capital para exigir dignidad. También me sentí profundamente orgulloso de ser español cuando participé, junto con gente que me era completamente ajena en un principio, en las primeras acciones y asambleas de la PAH. Jóvenes y mayores, mujeres y hombres, migrantes, trabajadores manuales y estudiantes universitarios. Daba igual quién, importaba el qué: la justicia frente al abuso de los especuladores. También me he sentido profundamente orgulloso de ser español cuando en mi pueblo, Alfacar, los paisanos pagaron entre todos unos billetes a Mali, un senegalés que había venido en patera y que trabajaba en mi pueblo de panadero, para que pudiese volver a ver a su familia después de 7 años. Me he sentido orgulloso de ser español en las luchas estudiantiles y también conociendo los datos que ponían a España a la cabeza de la mejor sanidad del mundo. O cuando nos convertimos en uno de los primeros países del mundo en legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo. Pero también me he sentido orgulloso de ser español cuando recorría pueblos de España en bicicleta y los paisanos me abrían las puertas de sus casas para alojarme o para darme algún obsequio gastronómico. 

En definitiva, muchas veces me he sentido orgulloso de ser español, más allá de la constatación meramente burocrática que establece el Documento Nacional de Identidad, que a priori me vincula solamente de una forma material con el entramado legal e institucional del Estado. 

Pero decía que basculo, porque hay muchas veces en las que no me he sentido español en absoluto. Por ejemplo cuando constataba con tristeza como la corrupción del PP y PSOE carcomía las instituciones sin que nadie hiciese ni dijese nada, o cuando el PP se dedicaba a privatizar y destrozar la educación y la sanidad pública, o cuando el PSOE dedicaba el dinero público a favorecer a sus amigotes en Andalucía en el caso de los ERE. Me he sentido de cualquier sitio menos español cuando trabajaba por tres euros la hora durante 12 horas al día sin contrato o con un contrato de 10 horas a la semana. Tampoco me sentía español mientras veía como empresas extranjeras compraban a Ana Botella vivienda pública mientras desahuciaban a familias sin darles alternativa. Me he sentido de ningún sitio cuando veía a amigos míos con carreras, másteres y doctorados, tener que irse de mi país para buscarse la vida. Entonces España me daba vergüenza. También cuando veía en la televisión el ensañamiento amarillista y sensacionalista de las principales cadenas con, por ejemplo, el conflicto catalán o la inmigración. A colación, me dan ganas de ser de cualquier sitio cuando veo a los migrantes ahogarse en el mar o directamente ser asesinados por la Guardia Civil en el Tarajal, o cuando he visto a Pedro Sánchez impedir al Open Arms atracar un barco con decenas de migrantes a bordo. Ahí tampoco me he sentido español. Tampoco cuando mi jefe me amenazaba con partirme las piernas si denunciaba a la inspección de trabajo, sindicato mediante, por las pésimas condiciones de trabajo que teníamos yo y mis compañeros. También me gustaría ser de cualquier otro sitio cuando veo las cifras de violencia de género, o cuando veo a jueces, políticos y gente anónima en los bares discutir la sentencia de la manada. O cuando vi a la policía dando de hostias a la gente que iba a votar el 1-O. 

En todos estos momentos me gustaría haber metido la cabeza en un agujero, o ser de cualquier otro lugar. Me llenaba de rabia (y me lleno). Entonces me sentía andaluz, granadino o alfacareño incluso, y, por supuesto, hay momentos en los que he sentido vergüenza ajena de los políticos de este país, al mismo tiempo que sentía una inmensa sensación de dignidad viendo a la gente en Catalunya salir a la calle a votar o a protestar pacíficamente. No comparto su reivindicación, pero comparto las convicciones y las formas. 

Ahora, con la sentencia del Procés sobre la mesa, no puedo dejar de sentir vergüenza de ser español. Y la siento todavía más cuando veo el ensañamiento televisivo y la guerrilla en redes de los que quieren seguir incendiando (quizás porque no sepan hacerlo de otra manera) tanto de un lado como de otro. Me frustra ver al presidente en funciones de mi país celebrar la condena, hablar de la fortaleza del “Estado de derecho” y de nuestra democracia, mientras cercena toda posibilidad de indulto para los presos políticos. Me frustra ver a Alberto Rivera aprovechar cualquier resquicio de conflicto para vender su mierda, pero, sobre todo, me frustra que el único beneficiado de todo esto vaya a ser un partido como VOX, y que mientras esto ocurre, desde un lado y otro de la trinchera, apedreen y lapiden, con esa maldita palabra, «Equidistantes», a los que llevan años pidiendo dialogo, entendimiento y solución por vías políticas Y me da vergüenza y asco que Armada, autor intelectual del 23F fuese indultado. O que la sentencia para los chavales de Alsasua sea mayor que la de la mayoría de los corruptos de este país que han robado a manos llenas lo que era de todos y de todas. También me da miedo que la sentencia del Procés sea más grave que la de los golpistas del 23F. Me da vergüenza y también pena. No lo puedo entender. 

Como escribía al principio, mi sentimiento de españolidad bascula, y hoy está en un lado muy claro de la balanza. Me siento andaluz ante todo, quizás granadino o alfacareño, o alemán (mi lugar de nacimiento), pero no español. Sin embargo, sé que no soy el único al que el sentimiento de españolidad le bascula con este país que es capaz de lo mejor y lo peor, y justamente porque sé que a la mayoría de los que no gritamos, como Millán Astray: «Viva España, muera la inteligencia», nos gusta nuestro país y tenemos razones más que sobradas para sentirnos parte, no quiero creer que la única alternativa es mandar a la policía, los jueces y el ejército a solucionar el conflicto. Y sé que allí, en Catalunya, muchos también basculan, porque en cuestión de sentimientos, bascular es normal (por mucho que nos hayan querido convencer de lo contrario). Les estamos dando motivos más que de sobra para que basculen todo hacia un lado. Es el deber de los que creemos en un proyecto común posible, que empujemos con razones, acciones y memoria, y también con escucha, la política con mayúsculas; la que no está contaminada por titulares, tuits ni videos sensacionalistas, sino la que está cargada de motivos. No es la única herramienta, pero ahí, elegir bien el voto el 10 de noviembre, va a ser fundamental.

Dejemos de utilizar las instituciones del estado como un arma policial, política y judicial contra los que han planteado una opción política y utilicémoslas para ofrecer una alternativa y para seducir; con políticas concretas y con hechos. Hubo motivos, los hay y los habrá. O creemos en esto, o estamos abocados a fracasar, tanto los unos como los otros.

4 Comentarios

  1. Pues yo creo que tu discurso se fundamenta en la clásica demagogia del español crítico que solamente ve lo que quiere ver según su estado de ánimo.
    Yo soy español y no basculo, lo soy y ya está.
    Otra cosa distinta es tener una opinión sobre acontecimientos o situaciones. ¿Que alguna no te gusta?, pues es que España está llena de españoles y no españoles con opiniones distintas.
    Todos somos españoles, pero ninguno somos España.
    ¿No te sientes español?¿Te avergüenzas? No pasa nada, estás en tu derecho según la Constitución.
    ¿Te sientes alemán?¿Alemania no te avergüenza? Tampoco pasa nada, sigues estando en tu derecho según la Constitución.
    ¿Te avergüenzas de los que incendian…?¿Tu discurso es mitigador de la llama? No pasa nada, sigues amparado.
    ¿No se puede enviar a políticos a la cárcel?¿A banqueros tampoco?¿A la monarquía tampoco? A ver si yo también basculo…!
    ¿Elegid bien el voto…?¿En serio? Pues explícame a quien y porque. Vamos, que estás en campaña.

      • La mierda y miserias de este país es imposible ocultar, salta a la vista aunque politicos, medios pesebreros y estamentos desde arriba hasta abajo intenten meterla debajo de las alfombras.

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