El 21 de enero la cuenta de Vox quedó bloqueada por incitación al odio tras quebrantar uno de los Términos de uso

Ekaitz Ortega

Durante más de un mes ha estado bloqueada en Twitter la cuenta de Vox. Se mantenía a la vista de todos, pero desde el partido no podían tuitear más contenido. Al menos hasta que cedieron y se atuvieron a los Términos de uso de la red social.

Este caso es algo casi insólito en la historia de la red social y parece que da pie a un espacio importante de discusión sobre todos los matices que lo rodean. ¿Un partido político puede vivir sin redes sociales? ¿Es Twitter parte de la dictadura progre que denuncia Vox? ¿Hay total libertad de expresión en esta red? Muchas de estas cuestiones forman parte de una serie de discursos donde es complicado llegar a un conclusión, pero otras se van a dilucidar en las próximas semanas. 

En los últimos años, en Estados Unidos un presidente se ha dedicado a usar Twitter como arma de extorsión para desprestigiar a otros políticos, activistas y presidentes en pleno auge de la extrema derecha a nivel occidental. 

Desde las redes sociales se ha optado por dos caminos a la hora de enfrentarse al nuevo paradigma. El mundo Facebook tomo la vía de una ficción de transparencia mientras han aprobado esta clase de prácticas, sea por el beneficio económico que reciben ante la avalancha de mensajes conservadores o por ideario político. En cambio, desde la red social del pajarillo se avisó que cambiaban las tornas, pero no todo lo que pedían los ciudadanos.

Twitter anunció en junio que moderaría algunos comentarios y no permitiría que los timelines se convirtiesen en un sindios anormativo. Además de permitir ocultar respuestas, bloquearía algunos comentarios, siempre que estos no viniesen de políticos, por considerarlos de relevancia pública. No habló de cuentas de partidos políticos, sino de políticos.

Desde entonces hemos visto todo tipo de comentarios y pasado por varias elecciones. Sin embargo, cuando nos habíamos olvidado de este anuncio de Twitter, todo se aceleró.

El ejemplo de Vox

En España, el activismo digital más conservador lo ha dominado Vox desde hace meses tras la desaparición de Ciudadanos y el reajuste ideológico que ha vivido el PP, siempre más concentrado en bots que en alinear a sus votantes en las redes sociales.

No se puede decir que Vox haya ocultado en lo más mínimo su verdadera personalidad en algunos aspectos. Si en lo económico puede existir un debate, en la guerra cultural se ha mostrado muy concreto. Como ejemplo, con el caso del malllamado ‘pin parental’, la censura de contenidos en los colegios, ha conseguido coger fuerza y atraer a sus idearios a personas ajenas al partido mediante un entramado de información falsa.

Ante la imposibilidad de discutirlo en otros escenarios, Twitter ha sido el espacio perfecto de confrontación  y, tras un rifirrafe, desde la cuenta de Vox se denunció que Adriana Lastra promovía la pedofilia. 

Dicho y hecho, el 21 de enero la cuenta de Vox quedó bloqueada por incitación al odio tras quebrantar uno de los Términos de uso: “No se permite amenazar o fomentar la violencia contra personas por motivo de su raza, origen étnico, nacionalidad, orientación sexual, género, identidad de género, religión, edad, discapacidad o enfermedad”.

Ante la marejada despertada por los conservadores, la compañía realizó un comunicado: “Prohibimos dirigir a las personas contenido destinado a incitar al miedo/difundir estereotipos de temor sobre una categoría protegida lo que incluye afirmar que los miembros de una categoría protegida tienen más probabilidades de participar en actividades ilegales”.

Desde entonces se intentó presionar a la red social de distintos modos por parte del partido de Santiago Abascal: organizar hashtags con la idea de airear la supuesta conspiración contra ellos,  publicitar un discurso de partido en el que se traslada la sensación de ser víctimas de la censura y, finalmente, se optó por una denuncia a la Fiscalía. Esta no prosperó al considerar que aquel no era su trabajo. En su resolución, la Fiscalía dictó que “las reglas y condiciones de Twitter deben ser aceptadas por aquellos usuarios de la red, y en todo caso, si se entiende que dichas condiciones son abusivas, será otro el ámbito al que debería acudir la formación política Vox”.

En definitiva, la cuenta de Vox continuo igual desde el 21 de enero hasta el 10 de marzo, cuando en un hilo de 11 tuits sobr el coronarivus acabó con este mensaje: “VOX ha eliminado el tuit que Twitter censuró para que, ante la alerta sanitaria que estamos viviendo, los españoles puedan recibir información directa del partido desde su cuenta oficial sin la manipulación de los medios de comunicación”. Entre los dos caminos que tenía, retractarse o esperar a que cambiase Twitter, acabó por ceder con máximo disimulo.

El leve ejercicio de dignidad de Twitter

Hablar de futuros cambios en Twitter no resulta descabellado. Si es cierto que el algoritmo utilizado suele premiar los tuits más polémicos, también es verdad que ha logrado mantenerse lejos de los sesgos más evidentes que lastran a la competencia. La polémica de YouTube con el auge de los videos de ultraderecha ha pillado de nuevas a muchos, pero no se puede decir lo mismo sobre el historial que arrastra Facebook, sea como ¿víctima? de Cambridge Analytica o en su omisión de controlar los mensaje más radicales.

Cuando Twitter anunció que no admitiría los anuncios de partidos políticos en la campaña estadounidense rompió la baraja. La red favorita de Trump pareció revolverse y gritar que iba a ser insobornable en un mundo donde todo lo que no es código abierto tiene un precio. 

Esto ocurrió a finales del mes de octubre. Desde entonces, Jack Dorsey, CEO de la compañía, está en el objetivo de mucos y Elliot Management Corporation es la escopeta que ahora le apunta. 

Este fondo de inversión que participó en la ruina de Argentina en 2002, y que está fundado por un multimillonario afín al Partido Republicano, se ha transformado en uno de los principales accionistas en la red social y tiene un conocido historial como “fondo activista” en pro de intereses políticos.

En este mes, algunos inversores de Twitter han mostrado una sincronía especialmente llamativa al preocuparse por la falta de rentabilidad de la red social y se han hecho públicos múltiples comentarios sobre la necesidad de quitar a Dorsey del liderazgo. Su falta de visión, que divida los esfuerzos en distintas empresas, lo temerario de un reciente viaje a África… Cada uno ha encontrado un argumento a medida para atacarlo.

Todo esto ha sido impulsado en la última semana, y parecen algo más que palabras. La irrupción del fondo de inversión y lo elevado del tono ha provocado que los mismos empleados de Twitter apoyen públicamente al CEO con tuits y su propio hashtag en un movimiento que pocas ocasiones se ve.

Ahora entramos es el espacio de la especulación sobre qué ocurrirá con Twitter, aunque lo más probable es que de aquí a poco tiempo lleguen los cambios. Esta es una batalla por controlar la red social que tiene sujetos especialmente importantes, capaces de luchar contra un país como Argentina, y ganar.

Twitter no es un espacio de libertad, pero puede que los usuarios nos quedemos sin los trazos que todavía quedan de ella en la red social. Y no somos los ciudadanos los únicos que esperamos, Vox y sus primos de otros países también sienten cierta urgencia por saber si tienen que matizar sus tonos, que ocurre con el algoritmo o si podrán invertir en publicidad; esto es, comprar Twitter.

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