Paco ha votado a Vox en estas elecciones después de muchos años votando al PSOE, pero ¿cómo es posible?

Guido Ohlenschlaeger Gómez

¡ADVERTENCIA! Este artículo es una ficción que quiere poner sobre la mesa una hipótesis: a la extremaderecha no se la combate con superioridad moral, insultos o grandes palabras, sino gobernando bien, con políticas públicas reales que afecten de verdad y en el día a día a la vida de la gente. En este artículo se ficcionaliza una situación que bien podría haber sido real. El único objetivo es comprender la genealogía de un voto de extremaderecha.

Hace unos años todos lo llamaban Paco, pero ahora le llaman Francisco. Los que regentan el bar bromean con su nombre mientras limpia los vasos tras la barra: «Paquito, que te llamas como el sinhuevo» «Franco te voy a llamar si vuelves a ponerme los calamares fríos». «El Franco de los cafés. ¡Está fuerte este!» «Hacen falta más francos y menos Sánchez»

El bar es de los de siempre, engalanado con losetas marrones, barra metálica de toda la vida y expositor con todas las tapas, frías y calientes. A media tarde el suelo está ya repleto de papeles, huesos de aceitunas y palillos. La comida está casi toda bañada en aceite, y los menús son baratos. El bar es frecuentado por los paisanos de siempre y por algunos trabajadores y trabajadores que aprovechan el rato de la comida para pedir algún plato barato.

En el bar ponen el fútbol los fines de semana. Hace unos años allí solo se hablaba de política para decir que eran todos unos ladrones que solo estaban ahí por los chiringuitos y las pagas. Y a veces alguno de ellos añadía: «Y nosotros aquí a doblar el lomo todos los días» y otro acababa: «Tiene cojones. ¡Qué les den por culo!» Paco votaba al PSOE, así que más o menos se callaba. Lo llamaban «El sociata» y se reían. Algunos votaban al PP, otros al PSOE y muchos ya no votaban. La crisis había dejado a muchos en la calle y ya solo les quedaba el bar o trabajos de mierda. ¡Qué tiempos aquellos cuando se ganaba más en la obra que de juez! pensaban algunos. «¿Y lo de las Cajas qué? Ahí metieron la mano todos» «Y el Bárcenas y los ERE y el Rato ¡Qué poca vergüenza!» Las frases y coletillas eran siempre las mismas.

Cuando Paco conseguía echar al último cliente cerraba el bar y se iba caminando hacia su casa cerca de Madrid Río. Lo habían dejado precioso, todo lleno de parques infantiles de madera, toboganes de diseño, puentes modernos y todo plantado de árboles y un césped verde, muy verde. Después con Carmena el río volvió a tener agua y con ella regresaron los juncos y los patos. La gente del centro se bajaba -y se baja- a pasear de la mano, y a hacer running vestidos con colores llamativos y las últimas zapatillas del mercado. Algunos patinan, otros van en bici y otros se tumban en el césped a leer. Muchos se sientan en las terrazas de los chiringuitos y piden un café por unos módicos tres euros, o una cerveza por cuatro. A saber cuánto cobran los sudakas que trabajan en esos chiringuitos, piensa Paco.

Todos los días desde hacía muchos años hacía el mismo camino desde su casa de Carabanchel hasta su bar. Ha visto mejorar la zona de Madrid Río y se ha dado cuenta de que el río es como una frontera que separa a los buenos de los malos, porque según se va acercando a su casa las aceras se van ensuciando y descolchando, la carretera tiene baches y agujeros y los parques están sucios, rotos y llenos de colillas y botellas. Las bolsas se acumulan alrededor de los contenedores y el alcantarillado lleva unos años dando problemas.

Paco ha escuchado a los políticos hablar de grandes problemas y pelearse. Todos han prometido soluciones, y a fuerza de escuchar a los paisanos que regentan su bar despotricar de los políticos, en las últimas elecciones municipales decidió no votar, porque su barrio sigue teniendo baches, basura y el alcantarillado jodido. Cada vez que llueve se lía la de Dios. En la última tromba salió de la alcantarilla un chorro lleno de mierda.

Esa misma mañana mientras recorría su camino de siempre para abrir el bar vio en el césped de Madrid Río a un grupo de personas mayores haciendo movimientos raros, lo que llaman Yoga, también vio a un grupo de runners vestidos como el arcoíris, y a un grupo de estudiantes de alguna carrera artística con sus blogs de dibujo pintado los patos y los juncos del río lleno de agua, y también ha visto las máquinas machacando una de los últimos pilares del antiguo Calderón.

Hoy ha abierto el bar y como siempre han llegado los paisanos que regentan su local. Es 6 de noviembre de 2019 y el frío entra desde la calle cada vez que alguien abre la puerta. En la TV está puesto Espejo Público, y hablan de los MENAS (Menores Extranjeros No Acompañados), de Catalunya y de los okupas. Por supuesto los que regentan el bar comentan las noticias. Pero esta vez, a diferencia de unos años atrás, ya no reniegan de todo: dos se van a abstener, dos van a votar a Podemos, uno al PSOE y el resto a VOX. También Paco, al que ahora llaman en tono jocoso «Franco»

«Paco venga, no te de vergüenza coño, que te llamas Francisco, como el sinhuevo» y se ríen. Uno de los que frecuenta el bar golpea la barra con la mano y dice: «Pero hombre Paquito, a Vox, si son unos fachas» y otro dice: «Paquito, no me seas paleto hombre, si esos no han abierto un libro en su vida» y Paco no dice nada. De repente el sociata dice: «Pero hombre Paco, cambia de canal por Dios, esto no hay quien lo aguante» y uno de los de Vox: «Sí, eso Francisco, ponte a La Secta que nos riamos» y Paco, que siempre hace lo que le dicen por no meterse en líos, cambia de canal. En La Sexta debaten sobre las formas de combatir a la extremaderecha y uno de los paisanos de Vox dice: «Hombre, los izquierdosos llorando» y todos se ríen. «Paco, dime cuánto es, anda, que tengo que volver al curro». Paco va cobrando a los paisanos y pasa el paño por la barra. «En serio Paco, ¿cómo se te ocurre votar a esta gente?» dice uno de los últimos. «¿Y por qué no?, A lo mejor tengo suerte y me arreglan el barrio» y finalmente se despiden.

La izquierda tiene ahora una oportunidad histórica, no la desaprovechemos con poemas en las calles y farolas de diseño. Seamos responsables. Está en nuestras manos conseguir que toda esa gente que se ha ido, vuelva y que la gente que nunca estuvo, esté.

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